Victor D. Manzo Ozeda

El que lo encontró fue mi sobrino. Iba al río a pescar charal, y volvió blanco como tortilla sin cocer.
—Está colgado, tío. De un árbol. Con algo que es como una rama.

Fui yo, machete en mano, quien se metió al claro. Lo vi desde antes de llegar. El cuerpo de Julián meciéndose, flaco y ya verdoso, colgado de un bejuco. No de una cuerda, ni de un cinturón, ni de nada que uno tenga en casa. Un bejuco. De esos que trepan los árboles como serpientes.

La cara de Julián era todo menos cara. Hinchada, morada, con la lengua de fuera como si le hubieran querido sacar el corazón por la boca. El bejuco, eso sí, estaba fresco. Verde. Limpio. Como si no hubiera soportado el peso de un hombre, sino el de una camisa colgada.

Y ahí empezó todo.

Porque el bueno del Julián no tenía motivos. No estaba enfermo. No lo dejó la mujer. No debía. No bebía más de lo normal. Tenía chamba en el rastro, donde lo veíamos diario degollar reses sin hacer mueca. Si alguien aguantaba la vida, era él. Y, sin embargo, ahí estaba: suspendido, torcido, con las piernas colgando en el aire.

Lo bajamos. Lo velamos. Nadie dijo palabra sobre el bejuco. Todos decían que fue “la desesperación”, pero nadie se atrevió a decir de qué.

A los tres días, el chivo de don Efraín amaneció colgado del mismo árbol. Igualito. Mismo bejuco. Atado del cuello, sin señales de forcejeo. Como si se hubiera muerto sin luchar.

—No son coincidencias —dijo mi hermana—. Ese bejuco no es normal. Esa cosa mata.

Yo no dije nada, pero ya no dormía. Cada vez que cerraba los ojos, soñaba que alguien me amarraba la garganta con algo húmedo. No como mecate. Húmedo. Como lengua mojada enrollándose.

Y así siguió.

A la semana, el hijo menor del carnicero se perdió en el monte. Lo encontraron dos días después, caminando en círculos, con la mirada ida y el cuello rojo como si lo hubieran apretado con alambre.

Nadie quería hablarlo en voz alta, pero todos sabíamos que era el árbol. Que era ese maldito bejuco, que parecía mudarse de ramas y árboles como si tuviera voluntad.

Lo cortaron. Lo machetearon. Lo prendieron fuego.

Y volvió a salir.

Dos metros más arriba. Fresco. Vivo. Como si creciera más rápido mientras más lo odiábamos.

Una noche, agarré valor y regresé solo. Llevaba una lámpara, un machete, una botella de caña. No iba a rezar. Iba a mirar.

Y lo vi.

El bejuco colgaba como si nunca lo hubieran tocado. Suelto. Largo. Como esperando. Lo miré por diez minutos sin moverme. Hasta que empezó a girar. Lento. No por el viento. No había ni una brisa. Era como si estuviera… tanteando.

Ahí entendí: el bejuco no era una planta, era un depredador.

Y el primero de sus presas fue Julián.

Me fui de ahí despavorido, caminando sin mirar atrás. Pero no me quede tranquilo, esa noche, cuando me lavé la cara en el lavamanos, sentí algo en la nuca.
No era una picadura.
Era una línea delgada.
Una marca.

Como si algo ya me hubiera elegido.

Al día siguiente me salió un sarpullido en el cuello. Anulado. Justo donde empieza la manzana de Adán. Fui al centro de salud. Me dijeron que era una reacción alérgica. Me recetaron ungüento. No sirvió.

A la semana, me empezó a doler la garganta como si tuviera un pedazo de bistec atorado. Un nudo, literal, no de esos de emoción: como si algo se me estuviera enrollando desde dentro. Y entonces empecé a soñar.

En el sueño, estoy de pie bajo la ceiba. El bejuco cuelga en frente. No se mueve. Solo cuelga. Y sin embargo, siento que me habla. Que me espera. No me obliga. No me jala. Me aguarda. Como si supiera que tarde o temprano me voy a rendir.

Una noche me desperté con tierra en los pies. No barro. Tierra negra, de monte profundo. Como si hubiera caminado dormido. Como si hubiera estado allá. No recuerdo haber salido.

Fui a la iglesia. Hablé con el padre Benito. Le conté todo. Pensé que iba a rezar por mí. Pero nomás me miró y dijo:
—Eso no es del Diablo. Es más viejo.
—¿Y qué hago?
—No lo mires. No lo pienses. No lo nombres. Y no vuelvas.

Me quedé callado. Pero ya era tarde.

Porque al bejuco no le importa quién seas. Solo quiere colgar a alguien.

Una tarde, pasé por el claro. No para entrar. Solo para mirar de lejos.

Y ahí estaba.

No en la ceiba.
En otro árbol.
Más cerca del camino.
Más cerca de mí.

Y colgado del bejuco… había una rata.

Una maldita rata negra del tamaño de un conejo. Tiesa. Muda. Con las patas estiradas y los ojos fríos. El bejuco la sostenía como si la estuviera presumiendo. Como si fuera un mensaje.

“No hay salvación.
Toma un turno.”
Eso pensé.

Me fui corriendo, dando trompicones.

Ahora duermo mal. La puerta siempre cerrada. El machete está ahí, por si el bejuco aparece otra vez. No sé si sirva de algo, pero al menos no me va a agarrar desprevenido.

A veces despierto sintiendo que me asfixian.

Otras, con la lengua dormida.

Y cada vez que escucho el viento mover los árboles, me dan ganas de llorar.

Pero no lloro.

Porque el bejuco no mata por tristeza.

Mata por costumbre.


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