Cristian Fernando Guevara Hincapié

Don Ezequiel llevaba más de veinte años viviendo en el mismo rancho, heredado de su padre muerto, a mediodía de camino monte adentro, donde el aire era espeso como un caldo y los insectos zumbaban en un cántico perpetuo. Alrededor, ceibas retorcidas, helechos gigantes y lianas sofocantes marcaban la frontera entre el monte y lo humano. Criaba chanchos y pollos, cortaba leña y cuidaba de su mujer tullida, que ya no hablaba desde que una yarará le lamió el tobillo hace seis años. Desde entonces, ella pasaba los días mirando el techo, con la mirada fija y los labios apretados como si mascullara algo en su interior que nunca lograba soltar.

Una tarde de junio, cuando la lluvia había empapado el suelo por casi una semana, Ezequiel salió a excavar una zanja cerca del pozo viejo. Buscaba canalizar el agua estancada que comenzaba a pudrir los cimientos del galpón donde estaban los chanchos. Fue ahí cuando la pala golpeó algo con una textura diferente: una capa de materia negra, espesa, parecida a brea, con textura de cuero quemado y olor a moho rancio.

Inquieto, escarbó más de lo necesario hasta que el anochecer lo obligó a detenerse. Descubrió que no era un simple pedazo. Esa costra se extendía por todo su terreno…

Esa noche soñó con su padre muerto. El viejo estaba cubierto de un barro, como esa costra bajo tierra, con los ojos blancos como cal, entre tanto, gritaba aterrorizado sin abrir la boca:

—No sigas cavando, Ezequiel…

Pero Ezequiel, al despertarse, continuó cavando.

Durante cuatro días, entre la lluvia y el barro, insistió en seguir explorando esa capa. Cada palada traía consigo el mismo hedor, el mismo vapor verdoso que exudaba la costra. Hasta que, al quinto día, la pala golpeó algo duro rebotando con el impacto. Ezequiel, aterrado, desenterró por completo un esqueleto humano de huesos negros como la obsidiana. Dentro del pecho del esqueleto había un amasijo endurecido, parecía un corazón, palpitante. Latía lento y el monte entero pareció suspirar sincrónico con los latidos.

Ezequiel no supo qué hacer. Se hacía de noche y consideró que al día siguiente tomaría una decisión con su mente en frío.

Pero entonces todo cambió…

Esa noche Ezequiel volvió a soñar con su padre muerto. Esta vez no hubo advertencia. Hubo una sentencia…

—Te advertí que no siguieras cavando, Ezequiel… ya está despierto…

—¿Quién padre? ¿Quién está despierto?

Su padre lo miró con una fijeza malsana.

—Es el alma del monte… intenté detenerlo, pero me reclamó, ahora quiere reclamarte también…

Ezequiel se despertó bañado en sudor. Su mujer —que no hablaba desde hace años— empezó a reírse de forma aguda, rascada, como la risa de un niño enfermo. 

Ezequiel sintió un corrientazo en su espalda, como si cientos de hormigas escalaran hacia su nuca. Encendió la lámpara, vio a su mujer que lo miraba de manera horrenda como con una expresión depredadora. Entonces se movió, ¡Increíblemente se movió!, señaló hacia la puerta y reveló una silueta humana envuelta en hojas y en raíces. 

—¡Ezequiel! —habló la figura—. Reclamaré sus cuerpos y almas, para el monte…

Ezequiel corrió hacia una esquina de la habitación antes de terminar desmayado. 

Cuando despertó estaba acostado en su cama… Su esposa estaba dormida, profundamente dormida… Sintió un silencio, sepulcral, aterrador. Corrió afuera para comprobar ese ominoso silencio y descubrió, aterrado, que esa costra se había extendido fuera de la tierra y había vuelto a devorar el esqueleto que Ezequiel había encontrado. Y con él, las vidas de sus animales. Observó que esa costra estaba moviéndose lentamente, reptante, hacia el rancho, como un animal gigantesco, hambriento.

Ezequiel escuchó un grito… Su mujer había salido corriendo del rancho, saltó hacia la costra, y de inmediato se hundió. Como si se estuviera sumergiendo en un líquido espeso que la devoraba, consumiendo sus tejidos. Una boca en la costra empezó a formarse con dientes de piedra, y cuando estuvo formada por completo, terminó de devorar a su mujer.

Ezequiel no lloró. No gritó.

Permaneció arrodillado frente a la boca, y comprendió. Aquello no era parte del monte. Era el monte.

Era como una gangrena bajo la tierra. No era una criatura. No era una cosa. Era una voluntad fosilizada, apetito antiquísimo, que había crecido mucho antes que los humanos, permaneció dormida bajo el calor y la humedad, esperando… ¿esperando? ¿Esperando qué?

Los árboles empezaron a inclinarse hacia la boca. Las aves dejaron de cantar y se elevaron al cielo en una bandada. Un vapor denso se alzó por las tardes, llenando la zona de una niebla amarga que quemaba los ojos. Seguía extendiéndose de manera imparable. 

Ezequiel tenía que hacer algo, en ese momento, en ese lugar, ahí mismo. Corrió dentro del rancho, tomó un bidón de gasolina y empezó a verterlo alrededor y entonces, al notar que la costra rodeaba el rancho, encendió un cerillo.

Una semana después, los peones del campo vecino encontraron el rancho quemado, con la tierra alrededor cubierta de un mantillo brillante. Dentro, Ezequiel yacía en el suelo, calcinado, pero con la piel cubierta de una costra que parecía tierra.

En una única pared de madera que sobrevivió al calor abrazador estaba escrita una frase:

“Ya no somos nosotros los que habitamos el monte. Es el monte quien nos habita…”.


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