Álex Long Yuntao
La melodía del choque entre las copas a medio llenar de vino espumoso, el favorito de Alfredo, fue la protagonista en el momento en que ambos se demostraban con la mirada la profunda admiración y amor que sentían el uno por el otro. ¡Por tu trabajo!, gritó con suma alegría su marido, Jorge. Las flamas mortecinas de las velas de tersas notas aromáticas a manzana danzaron a su alrededor. Reflejada en las pupilas de Jorge, la alegría de Alfredo salpicaba todo en la habitación. ¡Por las nueva metas y sueños!, respondió éste.
Aquella misma semana, Alfredo comenzó a laborar en una empresa que era reconocida en todo el estado. Cada día llegaba puntual, atendía a las capacitaciones con la mayor disposición, resolvía cualquier contratiempo, incluso, de ser necesario, se quedaba media hora extra para tener su trabajo en orden. Así pasó el primer trimestre hasta que, un viernes por la tarde, la secretaria le pidió que subiera a la sala de juntas porque el jefe deseaba hablar con él. La orden lo tomó por sorpresa. En un momento subo, gracias, le contestó el contador. Se puso de pie y preparó las cuentas, facturas y posibles notas que pudiera requerir. Sus manos eran dos masas de hielo. Se preguntaba qué habría hecho mal o si sus informes tenían problemas. Se dirigió hacia el elevador. No quería subir las escaleras para evitar sudar su camisa almidonada y, así, generarle una mala impresión al jefe, a quien, por primera vez, vería. De camino, tomó una de las perlas de miel que dejaban las secretarias a los costados de las puertas, dentro de un tazón con decorados infantiles de abejitas. Se metió una a la boca con la idea de tener un aliento acaramelado y, de paso, quitarse algo de la tensión con la que cargaba. Mientras esperaba la llegada del ascensor, notó un hilito de hormigas rojizas y negras que rodeaban el tazón. No le dio mayor importancia. Escuchó el timbre de llegada y se subió al aparato. Marcó la opción señalada con la leyenda Oficina del jefe.
Al abrirse las puertas metálicas, Alfredo se sobresaltó cuando vio frente a él emerger a un grupo de gente que trabajaba en sincronía, como si cada uno tuviera, en la cabeza, la misma canción que les marcaba el ritmo. Vestían uniformes idénticos, como si uno fuera la copia del otro. Incluso, los cortes de cabello eran iguales. Conforme atravesaba el pasillo para llegar a la puerta que sostenía la placa dorada con la palabra jefe, fruncía cada vez más el ceño ante el desconcierto que le provocaba la escena.
Llegó a la oficina mencionada. Tocó. La puerta se entreabrió. ¿Hola? Buenas tardes… ¿puedo pasar?, preguntó. ¡Adelante!, llevo tiempo esperándote, retumbó el vozarrón de aquel hombre que estaba de espaldas. Cada vello de Alfredo se erizó. El contador sintió un cosquilleo en la nuca. Toma asiento. He estado observando tu trabajo de cerca. Me agrada que te hayas comprometido con la empresa, te has puesto la camiseta, como se suele decir por ahí, le dijo el jefe. Alfredo sintió que, de manera súbita, las toneladas de miedo y presión que soportaba en sus hombros se desbarataban, liberándose. Dentro de lo que pudo, se relajó pues, el color estridente de la camisa carmesí que vestía su superior, lo mareaba. Necesitamos más gente como tú, que dé todo por la empresa, que se la juegue por el bienestar de la familia. Desde ahora formarás parte del equipo de este piso. Así, trabajaremos mano a mano, muy de cerca, como las abejas o las hormigas. El joven se puso de pie en un impulso de alegría. ¡Muchísimas gracias por su confianza! No lo dude, daré todo por la compañía, de eso puede estar seguro, respondió mientras le extendía la mano. El corpulento ejecutivo se dio la vuelta y le dio un apretón de manos tan fuerte a Alfredo que sus huesos rugieron con un sonido seco. El contador retiró la mano con velocidad, le pareció tan doloroso como si hubiera recibido la mordedura de una hormiga bala. ¡Estoy seguro de que así sera!, sentenció aquel hombre de camisa escarlata y pantalones negros.
Por la noche, Alfredo llegó con el corazón desbordado de alegría. Entró con las emociones materializadas en gritos, ¡me subieron de puesto! ¡me ascendieron!, gritaba sin parar. Jorge, que estaba viendo el noticiero nocturno en la sala, se levantó de un salto para estrujarlo entre sus brazos y felicitarlo. Pasando a otras noticias, un hombre, de nombre Paulino, muere a la deriva del río Paraná tras la mordida de una serpiente venenosa, se escuchó de fondo en el noticiero al tiempo que Jorge llevaba a su esposo de la mano hacia el comedor para que le contara los pormenores de la reunión de esa tarde.
Llegó el lunes y Alfredo se preparó con una camisa celeste, un traje color gris y una corbata azul marino. Jorge lo despidió con un beso. Minutos antes de la hora señalada, el joven se presentó en la empresa. Tomó el elevador. Observó que esa mañana habían metido en el montacargas varias plantas de hojas anchas como parte de la decoración. Remolinos de hormigas bailaban alrededor de las macetas. Pensó que quizá debería de recomendarle al asistente de limpieza el uso de un insecticida para el control de aquella plaga. Sin darse cuenta, llegó al piso en donde su nueva familia lo acogería. Su corazón casi se detuvo cuando, al salir del ascensor, se topó con filas de trabajadores que vestían lo mismo que él. Pasó saliva, comenzó a sudar. Tal vez es una coincidencia, este tipo de traje es muy común, pensó. Buscó su cubículo. Se instaló en su nuevo lugar de trabajo. Un piquetito en el índice lo tomó por sorpresa al intentar encender su equipo. Fue un simple toque eléctrico, se dijo a sí mismo.
Al anochecer, cuando Alfredo llegó a su hogar, Jorge estaba tumbado sobre el sofá viendo el noticiero. Alfredo se dirigió al comedor. Arrastraba los pies y parecía cabizbajo. Amor, el mundo está cada vez más loco. Salió en las noticias que cuatro niños terminaron con la vida de su hermanita mientras los padres estaban fuera… ¡es algo macabro! A ti, ¿cómo te fue en tu primer día? Dame tu saco, te ayudo, le propuso mientras iba tras él. Cuando lo giró por los hombros para quitarle la prenda, se dio cuenta de que poco quedaba del joven que se había despedido con tanto entusiasmo. Alfredo lucía cansado y demacrado; su piel se había tornado pálida como la de un cadáver. Luego te cuento, por ahora estoy un poco cansado, le respondió. Se sentó en el comedor y se quedó dormido con los brazos sobre la mesa. Su pareja lo cargó hasta la recámara. La historia se repitió durante las siguientes tres semanas. A Jorge se le partía el corazón cada vez que lo veía entrar. El muchacho apagado y enfermizo que cruzaba la puerta en nada se parecía al que otrora había ingresado a la infernal compañía con tantas metas e ilusiones. Alfredo llegaba cada vez más tarde a casa por quedarse a resolver pendientes. Durante la noche, las pesadillas lo abrumaban y se levantaba entre las tres y cuatro de la madrugada gritando que todos sus compañeros de trabajo eran clones de él. Sus ojeras se pronunciaron y resaltaban su apariencia cadavérica y cada vez más frágil. Apenas podía mantenerse en pie. No paraba de repetir que tenía que terminar el trabajo hasta que caía rendido. En ese instante, Jorge aprovechaba para cargarlo y recostarlo en la cama. La situación también estaba devorando su salud física y mental. No sabía qué hacer ni cómo ayudar a su amado.
Un lunes por la mañana, Jorge se despertó sorprendido de que Alfredo no se hubiera despertado por culpa de las alucinaciones nocturnas o pesadillas. Se volteó para abrazarlo. Fue entonces cuando sintió que la reseca piel de su pareja estaba fría. Se incorporó de un salto. Se acercó a verlo. Tenía los ojos abiertos, al igual que la boca, de donde brotaban hileras de hormigas. Jorge se quebró en llanto. Las paredes de su hogar guardaron los gritos de dolor que resonaron frente al rígido cadáver de Alfredo.
El viudo dejó atrás su hogar. En un golpe de furia y resentimiento, se dirigió a la empresa en la que trabajaba su pareja para reclamar por la explotación en la que éste había vivido al grado de llevarlo a su final. No encontró a nadie en la recepción. Tomó el ascensor. Sus piernas temblaban mientras sus lágrimas ahogaban a las hormigas que parecían danzar alrededor de las macetas dentro del elevador. Las puertas se abrieron. Descendió. Dejó atrás el elevador. Las puertas se cerraron. La imagen inusual que apareció frente a él quebró su psique. Estrepitosas risotadas desgarraron su garganta y golpearon las paredes del recinto. La presión en el pecho le impedía respirar. Pronto, su rostro estaba empapado. Intentó ir de regreso al ascensor. Ya era tarde. La familia le daba la bienvenida.





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