Le dije al pendejo del Chino que dejara eso por la paz. Pinche joto, por andar de puto es que me van a linchar. Llegamos aquí por prácticas de la escuela. Era fácil, sólo debíamos ayudar a limitar los campos de los campesinos. Veníamos a ayudar, ese era el plan. Cuando llegamos, el profe nos contactó con los encargados del programa de regulación de vivienda por parte del gobierno. El delegado del pueblo nos recibió, nos dieron alojamiento entre los habitantes y nos alimentaron, pero el pinche Chino la tenía que cagar. Nos dijeron que nada de andar de problemáticos con las chicas del pueblo, que la gente aquí era muy brava y desconfiada de los extraños. Si nos están aceptando, era nomás porque el delegado nos estaba respaldando. Pero allá nosotros si alguna de las muchachas se quejaba de que la estábamos molestando. Nos dijeron que el matrimonio aquí es sagrado y que varias de las muchachas ya tenían arreglado el casorio, así que era mejor dejar eso por la paz. “No queremos accidentes”, dijo por último uno de los voceros del pueblo.
A mí me tocó estar con unos viejitos bien buena onda. Sus hijos se habían ido al otro lado y les mandaban dinero. Acá los tenían abandonados en un pueblo cerca de las faldas del volcán Popocatepetl. Me platicaron de sus nietos, a los que sólo han visto por videollamada. Ah, porque puede estar bien austero el pueblo, pero aquí todos visten marcas gringas y andan con teléfonos de última generación. Bien curiosa la mezcla y el desarrollo del pueblito ese. Pero las costumbres de antaño no se perdían. De rigor había que ir los domingos a misa y después la junta dominical para resolver los problemas que podía tener una comunidad tan pequeña. Por eso, y como ahora andaban construyendo casas al estilo gringo, es que el gobierno quiso “echarles la mano” para regularizar la vivienda y que cada quien tuviera sus papeles en regla. Nada tiene que ver con que así podrían agregar el impuesto de la vivienda y a un costo bajo, reclutando estudiantes para hacer su chamba… En nuestro último semestre se nos presentó la oportunidad de hacer el servicio social en el campo como becarios del gobierno y la neta era mejor estar aquí un par de meses poniendo en práctica lo aprendido en la carrera, que en una oficina sacando copias a lo pendejo. Por eso, el Chino, yo y otros tres compas nos aventamos para sacar la chambita, ¿qué podía salir mal?
Bien dicen que pueblo chico, infierno grande. Cuando noté que el Chino andaba quedando bien con un chamaco, hijo de la familia con la que se estaba quedando, ya sabía yo para dónde iba la cosa. “Deja eso” le dije. “Aquí no van a ver bien eso”, pero el muy cabrón, nomás se le mete alguien por los ojos y cada pendejada que hace. “Dijeron que nada con las muchachas, pero no dijeron nada de los muchachos” Me dijo el muy cretino del Chino. El morrillo era un tortolito en comparación del colmilludo de mi compa. Toda la experiencia por delante frente un chamaco que nomás conocía su pueblo y los pueblos vecinos. Aun así, era de la familia que más animalitos tenía, además de varias hectáreas de terreno que se debían medir y registrar concienzudamente. O sea, era uno de los meros meros del pueblo el papá del chamaco. Con más razón sabía que esto no iba a terminar bien.
No se pudo aguantar las ganas. Los veía irse pa’l monte, disque a trabajar, pero el morro a penas y se podía sentar cuando regresaban. Dos hombres trabajando duro en el campo, qué de raro tiene eso. Muy chamaco y lo que quieran, pero éste sabía trabajar la tierra, ya era considerado un adulto y por lo mismo, ya debía comenzar a buscar esposa o empezar a ver si se iba a quedar a cuidar la tierra o se iba con sus parientes a los Estados Unidos. Entre los planes del padre no estaba cogerse a los becarios…
—¿Ya supiste que se escapó una parejita? Huyeron para Puebla, me dijo el profe, pero Adrián dice que sí los encontraron. La muchacha ya estaba emparentada con otro…
—¿Qué van a hacer con ellos? —pregunté.
—Adrián no me dijo, pero pues qué más van a poder hacer que separarlos por un tiempo, ¿no?
—Pues sí. —le dije. ¿Qué más podían hacerles a dos chamacos que huyeron para estar juntos?
En la casa donde me estaba quedando no oí nada de aquel chisme. Tampoco me importaba tanto como para preguntar.
[…]
El cielo estaba tupido de estrellas. Tomaba café de olla frente a una fogata para calentarme. El frío se sentía más vivo desde que los volcanes amanecieron nevados. El señor me contó que “Don Goyo” estaba tranquilo porque se le hacían ofrendas: flores, fruta, licor… y, sobre todo, lo que envenenaba al pueblo. “Allá se deja lo malo —dijo—. Así el volcán duerme, y deja que la gente trabaje en paz.”
Esa frase se me quedó clavada sin que supiera por qué. Me imaginé a la gente caminando de madrugada, llevando sus pecados envueltos en canastas hasta un altar de piedra, como si las montañas pudieran digerir la culpa.
[…]
Los encontraron, al Chino con los pantalones abajo y la cara del chavo bien metida entre las bolas del Chino. Luego luego se armó el zafarrancho. En la casa donde me estaba quedando me dijeron “váyanse del pueblo que aquí se van a armar los chingadazos, a tu amigo ya ni lo busques”. Me quedé esperando, intentando conectar lo que me estaban diciendo. Yo creo que me puse bien pálido porque el señor, a empujones me decía “apúrate, antes que vengan por ti también”. Me vestí y con lo que logré agarrar salí de la casa. Todos corrían en dirección a la casa del Chino. Vi pasar al profe corriendo. Me quedé como pendejo esperando que regresara, con la noticia de que todo había quedado en un chisme, con el drama que ya me tenía acostumbrado el Chino cada que me contaba de “su peor es nada”. Entonces escuché varias detonaciones. Un silencio bien culero llenó la calle. El señor salió y me vio ahí, con la cara de terror que tenía. “Ya se los echaron, mejor vete. Jálale pa’l monte, allá vas a estar más seguro”.
Corrí, como si la culpa de algo me persiguiera. Me adentré entre los pinos y árboles, con el frío de otoño que calaba. Corrí hasta que una pendiente me hizo rodar varios metros. La piel me ardía. En la caída había chocado con ramas y varias piedras. Un árbol detuvo mi caída. El poco aire de mis pulmones salió despedido con el choque. No podía respirar, a penas y podía jalar aire. Quedé tendido entre la tierra, quieto, el sol comenzaba a ocultarse. Intenté levantarme. Arranqué varias astillas de mis brazos y mi rostro. Las rodillas y la pierna izquierda sangraban, ¿qué chingados podía hacer? El pinche teléfono lo había olvidado o habría salido disparado en la caída. El caso es que no lo tenía. Ya ni para regresar, no sabía para dónde había jalado. Recordé que a las faldas del volcán suele haber retenes y ahí podía buscar ayuda, pero por más que caminé, el pinche volcán parecía igual de lejos. Caminé hasta que la noche y la oscuridad me impidieron seguir viendo el horizonte. Nunca el cielo nocturno, repleto de estrellas, me pareció tan aterrador, tan basto, tan infinito. El frío me estaba entumiendo los dedos de las manos y los pies. La pierna ya me impedía caminar. Salí de la casa con lo primero que tenía a la mano. En qué estaba pensando cuando agarré el chaleco, en vez de la chamarra. Pinche Chino, no lo sabía entonces, pero pinche Chino. Me dejé caer recargado en un árbol, exhausto, con el corazón todavía palpitándome. Intentaba pensar qué carajos había pasado. Todo me daba vueltas, no podía creer nada de lo que me estaba sucediendo. Miré las copas de los robles altísimos que me rodeaban. Entonces sentí el silencio del monte. Estaba cansado, quería dormirme y despertar de la pesadilla. A la chingada me dije, “ya nadie debe venir por mí”, me arrepegué a los árboles, intentando buscar calor en lo que fuera y entonces escuché que alguien venía corriendo, tropezando con todo a su alrededor. No veía nada aun cuando me había acostumbrado a la oscuridad. Intenté escuchar por donde venían, esconderme de cualquier rastro de luz que viera a lo lejos y entonces, de entre los pinos, vi salir al profe que se desplomó. Al principio nomás vi un bulto caer. Fue hasta que me acerqué que noté que era el profe. Estaba herido, sangraba de un costado. No podía ver la gravedad de la herida. A penas y logró decirme qué había pasado antes de quedar muerto entre mis brazos. “Se echaron al Chino… Me dispararon. Están bien encabronados. Saben que te diriges a los retenes, sigue corriendo”. El frío se me olvidó y regresé a la huida hasta que las piernas no me dieron para más. Llegué hasta el altar del volcán que estaba sobre una elevación de rocas. Había flores y frutas. Me abalancé sobre lo que aún era comestible. La oscuridad no me dejaba ver en su totalidad el lugar. Podía ver las luces del pueblo desde aquí. Aquí se deja lo malo, recordé y me quedé dormido.
Son las 6 o 7 de la mañana. No siento mi rostro y apenas puedo mover las manos. El sol no calienta. Desde donde estoy puedo ver el pueblo. La mañana apenas me dejaba ver lo que me rodeaba. Entonces lo noté: a pocos pasos de donde me había quedado dormido, el altar de piedra estaba cubierto de flores mustias y frutas podridas. Y, en el centro, empalados sobre troncos negros, los cuerpos desnudos de dos jóvenes. Los que habían escapado…
Estoy bien pendejo… Anduve corriendo en círculos toda la noche… El pueblo no está para nada lejos. Sabían que llegaría hasta aquí. Sólo tuvieron que esperar y allá abajo, sobre el sendero los escucho venir. Vienen con flores y ofrendas, justo como me contó el Don aquella noche. En medio de todo, traen la cabeza del Chino y otros las de dos compas clavados a un palo. Entonces entendí lo que aquí significaba “dejar lo malo” en el altar. Y que, desde anoche, yo ya era parte de la ofrenda.





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