Miguel Ángel Diaz Barriga N.

Si el infierno tuviera un departamento de marketing —y seamos honestos, seguramente lo tiene—, el morbo sería su producto estrella: adictivo, accesible, gratuito y siempre con nuevos lanzamientos cada lunes. Las sociedades humanas, tan orgullosas de sus avances tecnológicos, siguen cayendo con la misma torpeza que Pandora cuando abrió la caja, sabiendo perfectamente que no debía hacerlo. Y aun así la abrió, porque nadie soporta quedarse con la duda. He ahí el problema: la humanidad entera vive atrapada entre el deseo de mantener sus propios secretos y el deseo aún mayor de abrir los ajenos con un abrelatas emocional.

El chismoso, criatura inquieta que se reproduce por necedad en juntas de trabajo, fiestas familiares y chats de WhatsApp, se mueve bajo una lógica inconsciente: “si lo sé, lo controlo; si lo ignoro, me angustio”. Lacan llamaría a esto un intento desesperado por taponar la falta con significantes ajenos, como quien rellena un hueco en la pared con chicle porque no tiene cemento. Freud, más simple y más honesto, lo habría llamado directamente una regresión al placer anal: hurgar, oler, desenterrar lo ajeno. El morbo como síntoma de la pulsión escópica (mirar por inercia) mal encauzada. Qué elegante forma de decir “meterse donde no te llaman”.

Y, sin embargo, existe una paradoja delicada: el mundo suele indignarse con quienes guardan secretos o mienten “para proteger su privacidad”. En el imaginario moral popular, ocultar algo es automáticamente sospechoso: si no lo dices, es porque algo escondes; si algo escondes, es porque algo malo hiciste; y si algo malo hiciste, la colectividad tiene derecho a meter la nariz.

Pero ¿quién hace más daño: el que calla algo de su vida porque no tiene, o no quiere, contarlo, ¿o el que necesita saberlo para sentirse moralmente en paz? Porque, en la práctica, el morbo invade, interpreta, distorsiona, inventa. El silencio, en cambio, sólo guarda.

Si el Comité Olímpico Internacional aceptara nuevos deportes, el chisme competitivo tendría ligas, patrocinadores y medallas. No habría VAR que pudiera detenerlo. El morbo es un impulso colectivo que funciona como sistema de homeostasis emocional: nos distrae del vacío propio concentrándonos en el desastre ajeno. Como mirar un incendio desde la ventana: no es mi casa la que se quema, así que puedo disfrutar las llamas sin culpa.

Este proceso tiene raíces profundas. En términos antropológicos, el chisme sirvió para regular comportamientos dentro de la tribu. En términos contemporáneos, sirve para no trabajar. Y, en términos filosóficos, el morbo es una forma de ejercer poder sin asumir responsabilidades. Quien mira controla. No hace falta castigar al otro: basta con observar, desnudarlo simbólicamente, convertir su intimidad en propiedad pública. Un México contra Ángela Aguilar, pues.

El problema es que el morbo rara vez se detiene en los límites éticos. Su hambre no es informativa: desea sentir algo. Desea el escalofrío. Desea ese microsegundo de superioridad moral que aparece cuando descubrimos un defecto ajeno que no es el nuestro. Por eso los chismes nunca tienen contexto, análisis ni matiz: sólo necesitan ser jugosos.

A diferencia del morboso, el ser humano que guarda secretos no necesariamente busca engañar, sino proteger espacios internos. La privacidad, contrariamente a la sospecha popular, no es una estrategia de manipulación, sino una forma de salud mental. Todos necesitamos una reserva íntima donde nuestra identidad pueda respirar sin observadores.

Hoy, sin embargo, la cultura del “quiero saberlo todo” ha vuelto pornográfica la vida privada. Se espera transparencia absoluta no sólo en lo político, sino en lo cotidiano: parejas que exigen acceso a contraseñas; jefes que quieren saber tu ubicación; redes sociales que presumen “autenticidad” mientras monetizan tu intimidad. El secreto, en este contexto, es un acto de resistencia.

Y aquí aparece la ironía: a menudo, quienes mantienen secretos lo hacen para evitar daño; quienes buscan descubrirlos lo hacen por impulso excitado. La moralidad, torpemente invertida, termina culpando al silencioso y disculpando al curioso.

No toda información ilumina. Algunas hieren. Saber por saber es como operar sin anestesia: una violencia innecesaria. El morboso exige saberlo todo, pero rara vez sabe qué hacer con lo que obtiene. Es frecuente que la verdad que exige no le sirva de nada y, en cambio, haga daño a quien la revela.

El chismoso, además, fabrica sus propias realidades. Falta un dato y lo rellena. Falta un motivo y lo imagina. Cuenta la historia no como fue, sino como le hubiera gustado que fuera. La fantasía, esa herramienta tan útil en la literatura, es devastadora cuando se usa para explicar vidas ajenas. Y aquí es donde los que “sólo quieren saber” hacen más daño que los que callan.

En psicoanálisis existe la figura del sujeto-supuesto-saber: aquel a quien atribuimos conocimiento y poder. El chismoso ocupa su versión enferma: se supone a sí mismo sabedor, juez y biógrafo involuntario de su prójimo. Cree que entender al otro es un derecho, cuando en realidad es apenas un delirio.

Defender la privacidad no es huir del mundo, sino habitarlo sin ser devorado por él. La intimidad no es un lujo; es una frontera ética. Cuando el morbo se normaliza, la sociedad pierde la noción de que cada individuo es dueño de su historia. La privacidad es, en última instancia, un límite que impide que la mirada del otro se convierta en arma.

Frente al morbo, la privacidad es casi revolucionaria. Es negarse a convertir la vida propia en espectáculo. Es declarar que no todo pertenece al consumo público. Es recordar que no somos personajes secundarios en la novela emocional de nadie.

Porque, al final, el secreto no es una amenaza. El morbo sí. Quien guarda silencio elige proteger; quien espía, elige invadir. Y aunque ambas acciones puedan parecer pequeñas, sus efectos no lo son: uno construye espacio interior; el otro lo destruye.

El morbo seguirá existiendo; es parte de nosotros. Pero también lo es la capacidad de poner límites. Y, si hemos de elegir entre quienes callan y quienes husmean, quizá sea momento de reconocer algo incómodo: nunca ha sido el secreto lo que daña, sino la insistencia obscena en revelarlo.

En un mundo obsesionado con ver, revelar y exponer, la privacidad es el último refugio digno. Y defenderla, incluso con humor negro y cierto cinismo, es también defender la libertad de seguir siendo humanos sin convertirnos en mercancía emocional para el entretenimiento ajeno.

Y si después de todo esto aún están hambrientos de morbo, aquí les dejo tres chismes terribles, algunos delitos. Sólo uno de ellos es verdad. Ustedes decidan cuál es:

  1. Cuando inicié la universidad salí de fiesta a beber con mis amigos. Tomé y volví manejando a casa. Atropellé a un señor que paseaba a su perro por accidente y huí de la escena. Nunca supe qué pasó con él, pero sí sé que estaba malherido.
  2. En las fiestas navideñas, hace unos años, comencé a robar en grandes tiendas, no por necesidad, sino por adrenalina, para tener regalos para mis familiares. Cuando estuvieron a punto de cacharme, dejé la bolsa a una pareja que estaba en la plaza comercial. Fueron ellos a quienes detuvieron.
  3. Tuve una novia a la que se me simplificó manipular de tal manera que le hice creer que era tan mala hija, mala amiga, mala persona, que sólo yo podría quererla de verdad. Ella terminó con depresión severa y ansiedad crónica, tomando medicamentos por años.

Sé sincero: quieres saber cuál es verdad, ¿cierto?


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