Daniel Greene
Cuando la comida se volvió un problema, mamá me envió a una clínica de trastornos alimenticios, aunque más bien era un grupo de doce pasos con la supervisión de un psicólogo. Nos reuníamos dos veces al mes en una casona de Polanco; yo nunca había visto esa zona, la más lujosa de la Ciudad de México. María Luisa destacó desde la primera vez que la vi en el grupo, volteaba hacia la puerta con la expresión de un pájaro que quiere ser libre, el cabello rubio y muy lacio le caía como una cascada sobre los hombros frágiles y una constelación de pecas atraía la atención sobre sus enormes ojos azules. Mientras todos los demás usábamos sudadera y pantalones varias tallas más grandes, ella mostraba sus huesos en un vestido primaveral. Usaba zapatos color beige y una vincha delicada con moño, y se sentaba de forma tan perfecta que me dolía el cuerpo de solo mirarla. Supongo que nos interesaba a todos por igual porque siempre que hablaba con su voz diminuta, el círculo de sillas se apretaba a su alrededor. Queríamos conocer el lado desagradable de Doña Perfecta porque todos teníamos un lado desagradable. Las cuatro horas del grupo pasaban más rápido así.
La primera vez salimos todos y me senté contra el portón metálico, calentándome con el sol. Ya sentía los párpados pesados cuando una presencia se detuvo junto a mí. No la escuché sentarse, pero su falda me rozó los dedos. La ignoré y nos quedamos unos minutos inmóviles como lagartijas, absorbiendo el calor para nuestros cuerpos helados por falta de grasa corporal. Cuando decidí verla, me encontré con sus ojos: tenía la expresión curiosa de una niña, pero la postura agarrotada de una marioneta. Entonces declaró, tan formal como siempre: «Espero al chofer”. Ella no quiso decir más. Yo tenía ganas de comprarme algo de comer y luego ir a vomitarlo en las macetas del parque, pero cuando me levanté, ella se levantó conmigo. Me siguió sin palabras como un cachorro. Cuando íbamos a cruzar la calle, se aferró a mí: cruzar calles no es común para las niñas ricas. Y como no quería que me viera vomitar, solo rodeamos la cuadra hasta volver a la casona: el Jeep negro y el chofer ya estaban esperándola.
—Nos vemos.
—Seguro.
Se fue sin despedirse, sonriendo de boca cerrada, como una geisha.
En el grupo hablábamos con retorcida libertad de los recovecos más oscuros de nuestras mentes: Jessica hablaba del sexo casual que tenía en las fiestas, tan borracha siempre que no recordaba rostros ni nombres; Luz, que llevaba dentadura postiza desde los treinta, se la quitó una vez para mostrarnos sus encías hinchadas y confesó que, a pesar de las lesiones, no podía dejar de vomitar. Anita, de no más de doce años, habló sobre la noticia de una muchacha que murió porque se le reventó el estómago de tanto vomitar, y de cómo la envidiaba. Charly, el único otro hombre, contó sobre sus escapadas a antros gay para ‘codearse con gente del mundo artístico’; todo era bajo la pobre excusa de que quería ser actor. Durante las sesiones nunca saludé a María Luisa y ella no me dirigió la palabra, pero al salir se cuadraba conmigo dispuesta a caminar: Aquella segunda ocasión que me la encontré al salir le dije —Voy al metro—, —Te acompaño— y un sentido del deber se apoderó de mí: ¿Cómo iba a devolverse sola si le costaba trabajo siquiera cruzar la calle? Le hubiera ofrecido esperar juntos al chofer, pero ella ya caminaba hacia la esquina. Entre una cuadra y otra, de pronto empezó a hablar. Hilaba un tema tras otro sin esperar mi opinión; a veces se me quedaba mirando, como para asegurar que yo existía, pero yo estaba menos concentrado en oír y más en que no nos atropellaran o que su chofer no nos viera caminando por la calle porque seguro iba a pensar que estaba secuestrándola. No la llevé al metro, mejor rodeamos la manzana una vez más. El chófer aún no llegaba.
—Quiero ir a las vías—.
Supuse que le pidió al chofer llegar más tarde, tenía tan pocas ganas de estar en casa como yo; caminamos hacia Ejército Nacional mientras ella hablaba, cuando empezó a hacer frío se sujetó a mi codo y se pegó a mí. Su cabello olía como a miel y detergente.
A veces quería caminar solo pero entonces no podía decirle a mamá que cuidaba a una chica de la clínica, que socializaba con gente de mi edad. Hablarle de María Luisa la dejaba satisfecha, entornaba los ojos con una sonrisita de lástima. «Pobre niña rica». De todas formas, mamá presumía con sus hermanas que me «enganché una rubia de dinero en el voluntariado de los domingos». Incluso en el grupo murmuraban de nosotros dos, pero me daba igual. Esos años los pasé en el limbo de la certeza, el esperanzador abandono de «me voy a morir y nada importa»; además en el grupo yo no hablaba con nadie. Oía sus monólogos, veía a las muchachas compararse entre ellas. María Luisa hablaba de su miedo a estar sola, hablaba de morir como hablábamos todos.
Yo, más bien, estaba sin estar incluso mientras hablaba, mientras era la escolta de María Luisa en nuestros paseos por Polanco. A los seis o siete meses de caminar, ella me regaló un mapa de la zona, como el que usan los turistas. Me dijo que quería ver las vías y de nuevo la ignoré. Trazamos rutas frente al acuario, recorrimos la ciclopista con esa grava que nos pintaba los zapatos de marrón. Me gustaba pasear delante del museo, donde las exposiciones incluían esculturas o instalaciones al aire libre. Y conforme pasaron los meses, María Luisa hablaba menos y caminaba más despacio; entonces caminábamos en silencio, pausando para ver las luces, los maniquíes y las joyas. Nuestros paseos se alargaron hasta el atardecer, cuando el sol le sonrosaba los pómulos salientes y su melena parecía una cascada en llamas. Para mí esas horas eran un método para quemar calorías, mejor opción que encerrarme en mi cuarto haciendo abdominales sin que mamá se diera cuenta. Cuando devolvía a María Luisa al portón, a la seguridad de su Jeep y su chofer, se despedía con la mano, su sonrisa apretada y formal. Una vez, mientras mirábamos los empalagosos escaparates de San Valentín, su mano huesuda se acercó a la mía. Intentó entrelazar nuestros dedos y mi interior se contrajo con una punzada instintiva de repulsión. Quería irme, cruzar la calle corriendo y dejarla sola a mitad de Masaryk. Pero la dejé actuar sin moverme ni un poco. Se me quedó mirando y, derrotada, me soltó. Desde entonces caminé con las manos en las bolsas, ella cruzaba la calle sin ayuda.
La última vez que María Luisa y yo caminamos juntos faltaban dos semanas para Navidad. La terapeuta había decidido darnos vacaciones y, uno por uno, nos dio planes de contención para fiestas. «Tú, no salgas tanto», «tú debes salir más», «tú, no comas chatarra». No recuerdo lo que me dijo particularmente pero sí recuerdo que María Luisa llegó al grupo con una bolsa de regalo que me entregó frente a la clínica: una sudadera negra que me había comprado en su último viaje a Roma. El frente tenía estampado las palabras VENI, VIDI, VICI. Me la puse porque hacía frío y, como no tenía nada que regalarle, le ofrecí ir a las vías. Pasamos frente a autos último modelo, judíos ortodoxos con su vestimenta oscura, anuncios parpadeantes: colores, siluetas y las mismas canciones de Navidad una y otra vez. Me preguntaba por qué ella quería ver las vías, seguro vio decenas de trenes en Italia. Daba igual.
Junto a las vías solo quedaba la carretera; el paso continuo de camiones de carga convirtió los cuatro carriles en una agreste sucesión de baches por los que debía serpentearse. Ya ni siquiera quedaba el tren, solo los rieles descuidados, degradándose como un cadáver en descomposición. Caminamos por las vías y ella volvió a hablar; tengo la impresión de que decía algo importante; de todos modos disocié. A ella no podía importarle menos, tal vez el hambre no le permitía darse cuenta. El hambre nos bloquea de muchas cosas. Por el rabillo del ojo vi sus pies en punta, girando sobre el riel como una bailarina. Me senté, llenándome de necesario silencio. Ella bailaba. Cerré los ojos para absorber los últimos rayos de sol.
El frío de la noche me despertó de golpe, ella se había echado junto a mí y la levanté sacudiéndola de un hombro. Decidí cortar por el descampado junto a la carretera porque ya íbamos tarde a la casona, muy tarde. Pero ella sonreía, se puso a caminar al borde de la carretera, pasando sobre la línea amarilla conforme se tornaba oscura. La piel helada de sus dedos me rozó como aquella vez: quise no quedarme inmóvil, empujarla, salir corriendo. No la escuché gritar, solo el crujido. Un empujón de aire me hizo caer sobre el costado.
El tráiler pasó junto a nosotros, tan grande y rápido que rebotaba en los baches. Supongo que no la vio, su cuerpo debió haberse sentido como pisar una hoja seca. En la oscuridad solo noté una masa informe, un poco de la vincha con el moño aplastado. Silencio, me levanté. De pronto ya estaba en el vagón del metro, la salpicadura de sangre en mi sudadera contrastaba con el piso verde de linóleo. Llegué a casa, me quité la sudadera y la guardé en una de las mochilas olvidadas en mi clóset. Me duché.
Mamá no me presionó para volver al grupo después del Año Nuevo, así que no volví nunca más. No escuché nada sobre María Luisa, mamá no preguntó y el mundo siguió adelante como un camión de carga por una carretera. Terminé la preparatoria, la universidad, me inventé un equilibrio entre la vida cotidiana y la obsesión. Me fui de casa con la sudadera entre mis cosas y en mi nuevo apartamento la escondí apretada entre un cajón y un muro. A veces la tomo para comprobar que María Luisa existió y la escondo para no echarla a lavar por accidente. Un día la voy a sacar a la basura, con la arena del gato y un montón de ropa vieja, para dejar de preocuparme si la que vino y venció fue la muerte o la memoria.






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