Desde niños nos enseñan a ocultar algunas cosas, como la abuela que le da dulces al nieto antes de la comida acompañando el acto con la frase: “será nuestro secreto”. En ese momento no hay malicia; el secreto se presenta como un juego, como un pequeño pacto de complicidad que incluso provoca ternura. Nadie nos advierte que ese gesto aparentemente inocente es, en realidad, el primer contacto con una práctica que nos acompañará toda la vida: callar.
El problema aparece cuando crecemos y esos secretos crecen con nosotros. Ya no son dulces escondidos en los bolsillos, sino frases que se dicen en voz baja o pensamientos que se tragan antes de salir por la boca. “No le digas a nadie que me gusta Pedro”. “Me escapé a la fiesta de Luisa”. “Besé a Óscar aunque anda de novio con María”. Al principio parecen inofensivos, casi inevitables. Los secretos siempre serán parte de nosotros y, sin embargo, aunque todos los tenemos, casi nadie habla de las consecuencias de guardarlos.
Cuando escuché el tema “Lo que nunca le dije a nadie”, me di cuenta de lo mucho que me estaba costando escribir. No porque no tenga experiencias, sino porque, hasta este momento, no recuerdo tener un secreto que sea únicamente mío. Mi novio, mi psicoanalista, mi mejor amiga… siempre hay alguien a quien le he podido confiar esas cosas. A eso yo le llamo vómito verbal: decirlo todo, sacarlo rápido, como si al nombrarlo dejara de doler o de pesar. Por eso decidí no centrarme en el secreto como tal, sino en las consecuencias de intentar guardarlo.
Hay cosas que he hecho de las que no me enorgullezco. Cosas que solamente una persona sabe, o que quizá nadie sabe del todo. El peso de guardar eso es simplemente demasiado, y ese demasiado suele recaer sobre alguna mentira, aunque sea por omisión. Porque callar también es una forma de mentir, una forma silenciosa de acomodar la realidad para que no se nos venga encima.
En lo que a mí respecta, tener que guardarme esas cosas que pienso “ojalá nadie se entere” conlleva una gran carga de ansiedad. Existe siempre la sensación de que, tarde o temprano, alguien se va a dar cuenta. Ese miedo se instala en el cuerpo: en el pecho apretado, en el estómago revuelto, en la mente que no descansa. Y como una cadena maldita, lo hecho lleva a una mentira; la mentira, a la ansiedad; y la ansiedad, a decisiones impulsivas que terminan dañando a quien esté cerca de mí, incluyéndome.
Guardar un secreto, al contrario de lo que se piensa, no es un acto pasivo. No es simplemente cerrar la boca y seguir adelante. Es un trabajo constante de vigilancia: cuidar lo que se dice, cómo se dice, a quién se le dice. Por ahí escuché decir a alguien que para ser un buen mentiroso tienes que tener una memoria excelente pues tiene que recordar versiones, acomodar historias, corregir detalles para que todo encaje y con el tiempo, ese esfuerzo agota. El secreto empieza a ocupar un gran espacio en la vida cotidiana.
Y ni qué decir de la culpa. No siempre por lo que se hizo, sino por lo que se calla. Culpa por no ser completamente honesta, por mostrar solo una parte de mí mientras escondo otra. A veces me pregunto si quienes me rodean conocen realmente quién soy o si solo conocen la versión editada, esa que no pone en riesgo la imagen que he construido. El secreto, entonces, no solo separa hechos, sino que crea una distancia invisible entre los demás y yo, lo que lleva a la depresión pues no dejo de pensar “ si en verdad me conocieran, nadie me querría, nadie me amaría”.
Con el paso del tiempo he entendido que muchos secretos se guardan únicamente para protegernos a nosotros mismos; para evitar el juicio, el rechazo, la decepción. Callamos porque tenemos miedo de perder algo: una relación, una imagen, una tranquilidad aparente. Pero lo que no se dice se transforma en pensamientos repetitivos, en ansiedad, en una tensión constante que no permite estar en paz ni siquiera a la hora de dormir.
Paradójicamente, lo que nunca le dije a nadie no es una confesión concreta, sino el cansancio de cargar con lo no dicho. Es el agotamiento de fingir que todo está bajo control cuando por dentro mis pensamientos no dan tregua. Es la sensación de que, al no decirlo, me voy alejando poco a poco de mí misma, enfrentándome, siendo consciente de que en ocasiones no soy la persona que quisiera ser.
Escribir este texto se ha convertido en una forma distinta de hablar. Reconocer que los secretos duelen, que ocultar desgasta y que el silencio también deja marcas. Quizá decirlo en papel sea el primer paso para entender que no todo lo que se oculta desaparece; algunas cosas, simplemente, aprenden a pesar más.
Al final, lo que nunca le dije a nadie no es solo aquello que se guarda, sino todo lo que se sacrifica en el intento de mantenerlo oculto: la tranquilidad, la honestidad y, en ocasiones, la posibilidad de ser realmente libre.






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