Xochitl Toto

Eran las tres de la madrugada. Las agujas del reloj, recién reparado, no mentían. Ricardo Adonis llegó puntual, como siempre. La enorme puerta de vidrio del consultorio de hemodiálisis se abrió. A un costado de la puerta, un vigilante cadavérico con mirada de sueño lo saludó:

—¡Pase adelante, don Adonis!

La pistolita desgastada que portaba en su cartuchera, amarrada al cinto, estaba a punto de caer. El desvelo y el hambre de la madrugada le habían arrebatado la lucidez que caracterizaba a aquel hombre sobrio de espuela plateada. Al sentir el olor a sudor que despedía don Adonis, el vigilante abrió de par en par los ojos con gallardía militar. Con fortaleza, sujetó el cinturón que le bailaba en su portacinchos desgastado. Sujetó la hebilla con firmeza de garra de águila, tal como le enseñaron en el cuartel, y levantó el pecho para no tirar aquella vieja pistola que a diario le salvaba la vida. La sujetó con el alma hasta guardarla con celo en su funda y asegurarla con el broche mohoso y descascarado.

—¿Ya puedo entrar? Espero que haya máquinas disponibles —dijo Adonis.

—A esta hora, ni las almas en pena vienen —le respondió el vigilante.

—¿Qué le parece si entro solo a pesarme y después nos echamos un café? —propuso Adonis, sacando de un morral chapín un termo que chorreaba un líquido marrón.

—Eso no es parte del protocolo. Mejor vaya a pesarse y pase al cuarto de al lado a esperar a la enfermera que lo conectará a la máquina —le indicó el vigilante.

—Está bien —contestó Adonis.

Con diez años de bregar con la insuficiencia renal, Adonis era un experto en el arte de conectar su cuerpo. Pesarse era uno de los procesos más sencillos. Subió a la báscula y la pequeña pantalla marcó tres kilos extra sobre su peso seco.

—Debo regular la ingesta de alimentos —se dijo a sí mismo.

Se dirigió al cuarto contiguo con la idea de tomarse unos tragos de café mientras esperaba. Al entrar, el cuarto estaba frío. Las paredes color hueso desprendían una especie de hálito sepulcral. El techo destilaba un aroma tétrico, similar al de una sala de velación; el conjunto parecía un féretro pálidamente diseñado, opaco y sin vida. Un hormigueo nervioso le recorrió la espalda de golpe, pero se le pasó de inmediato al encender las luces.

Al fondo, en silencio, estaba una mujer de blanco sentada en una posición estática, como si llevara allí una eternidad. Su aspecto sereno inspiraba confianza; sonreía en paz y había una inexplicable dulzura en su rostro.

—¡Hola! —saludó Adonis.

—Hola, Adonis —respondió ella con firmeza.

—¿Es que… ya me conoce? —preguntó él dubitativo.

—¡Claro! Observo a diario a todos los pacientes que vienen aquí —afirmó ella.

—¡Se me hace raro, porque es la primera vez que la veo! —exclamó él, sorprendido.

—Soy la encargada de revisar sus expedientes. Me interesa mucho que tengan vida eterna —aseguró la mujer.

—¿Cómo es eso? —cuestionó Adonis.

—Que lleguen al final del camino marcado en su bitácora por Dios —expresó ella.

—¿Usted dice cuidar nuestra salud? —insistió Adonis.

—Algo así… —respondió ella—. Me vine para acá para ver si me tomo un cafecito antes del tratamiento —dijo él, sonrojado.

—Está bien. Si quiere acompañarlo con un pan, aquí traigo estos panes rellenos de fiambre. Puede tomar los que quiera; yo misma los preparé —le ofreció ella.

—Si usted me invita, con gusto me comeré uno.

—No tenga pena, tome los que desee. Los hice exclusivamente para todo aquel que tenga hambre. ¡Pruébelos, le van a gustar!

—Bueno, si usted insiste, le daré una mordida a este que se ve más cargado de fiambre y tostadito.

Ricardo Adonis dio una mordida voraz a aquel pan suculento. Al instante, sintió que los sabores lo transportaban al antiguo Egipto, disfrutando de los banquetes de Cleopatra. Su rostro se llenó de felicidad extrema. En un abrir y cerrar de ojos devoró aquel manjar. En medio de la alegría gustativa, recordó que el vigilante se veía cansado y hambriento. Detuvo su travesía culinaria y, con la garganta reseca, preguntó:

—¿Puedo llevarle un pan al vigilante?

—Seguro, lleve los que quiera. Precisamente para eso los traigo. Comer estos panes puede ser el último deleite de los seres humanos.

Ricardo Adonis tomó un pan en cada mano y salió apresuradamente:

—¡Vigilante! ¡Vigilante! ¿Dónde está? —gritó.

El vigilante salió a su paso.

—¿Qué le pasa? ¿Ya vio a la niña que camina por los pasillos como alma en pena? —preguntó el hombre.

—¿Qué niña? ¿Qué alma en pena? ¡Solo le traigo este par de panes de fiambre que le manda la enfermera que está en el cuartito! —aclaró Adonis.

El vigilante, con el rostro pálido como un cirio, le dijo:

—Ya se desgració, amigo. Hace un año, esos panes los traía Serena. Ella murió de un infarto precisamente en ese cuartito, junto al salón de hemodiálisis. Según sus compañeras de trabajo, ella los rellenaba con la carne de los difuntos renales olvidados en la morgue.

El vigilante bajó la mirada y añadió:

—Lo siento… ella viene a traerlo. Los panes rellenos de fiambre son el último disfrute terrenal que Serena ofrece a los enfermos renales que han llegado al final de su existencia. Ricardo Adonis, esta es tu última visita a este nosocomio. La tumba te espera.


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