En una noche de whiskey, cervezas y pizza fría, un amigo me preguntó cuál era mi gusto culposo y, sin pensarlo, le dije que no tenía gustos culposos, que no me avergonzaba de la música que me gusta. Él —devoto del power metal, de Sonata Arctica, Rhapsody of Fire y, para mi sorpresa, también de Arjona— confesó que su placer inconfesable era “Para ti sería”, de Nek. Mientras la escuchábamos, yo seguía pensando en una canción que, en otras circunstancias, no le compartiría, y no encontré ninguna. Pusimos Shakira, Paulina Rubio, Nek, Laura Pausini, algún reguetón (del viejo, obviamente), y yo seguía sin encontrar algo en la rocola que ocupa el 85% del espacio de mi hipocampo y de mi corteza cerebral.

Hace aproximadamente un año, en el lugar donde trabajo, pusieron una playlist casi igual a la de los demás días —el horrible “90s Pop Tour”—, con una única diferencia: incluía una canción que tenía más de dos décadas sin oír. Bastaron unos segundos para reconocerla. La canté completa, sin error alguno, como si aún tuviera 12 años. La canción me trajo los pocos buenos recuerdos de mi época de secundaria y la viva imagen de mis compañeras obsesionadas con la boyband del momento, recortando revistas, pegando posters, viendo programas de televisión solo para ver cómo los presentadores los humillaban por un poco más de fama.

Yo también decía que me encantaban, inconscientemente, para no ser excluida de nuevo, y si bien no mentía, tampoco compartía esa frenética devoción de profesarles amor eterno. Recuerdo a una de ellas suplicándole a su padre que la llevara al concierto en Nogales, y no en la Ciudad de México, donde vivíamos.

Me dio nostalgia recordar ese grupo de mi casi infancia y corrí a buscarlos en Youtube para ver qué era lo que me había gustado de su música (sobra decir que casi todos eran muy guapos, es una regla en las boybands, ¿no?), encontré un par de canciones que me gustaron —no las mismas que me gustaban en la adolescencia—. Después de un par de semanas redescubriendo sus discos, decidí borrar mi historial de Youtube, no fuera a ser que alguien lo viera o, peor aún, lo divulgara; que otra vez se burlaran de mí por eso. Porque sí: en la escuela se burlaban, en la casa se burlaban. ¿Cómo iba a escuchar eso si en casa sólo se oía rock? Pero bueno, a esa edad uno apenas está descubriendo lo que realmente le gusta.

Por fortuna —o por misericordia—, en Tidal no está el disco que trae las dos canciones que me gustaron porque no sé qué pasaría si un día salen estando acompañada.

Mientras eliminaba mi historial de Youtube, me repetía que no tengo gustos culposos, que no debería sentir vergüenza alguna, y, sobre todo, que no debería estar haciendo eso. Y no debería sentirme ridícula solo por escuchar eso si hay personas que con treinta o cuarenta años siguen idolatrando a una boyband como si aún tuvieran 12, Backstreet Boys, NSYNC, One Direction o como sea que se llame la boyband de su generación.


[1] Sumo. (1985). Mejor no hablar de ciertas cosas. En Divididos por la felicidad [Digital]. Argentina.: CBS Records


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