Lourdes Kyra Wolf

Lo que nunca le he dicho a nadie es que, en el día a día, mientras lo cotidiano transcurre como un río ajeno, camino con el resto de la humanidad; me fundo en su paisaje mediante saludos cordiales y risas que se desvanecen al chocar con el suelo.

Que hay mañanas en que despertar es un acto de violencia sutil contra mi ser. Que el simple hecho de abrir los ojos y encontrar la luz filtrándose por la rendija de la ventana se siente como una traición. Mi cuerpo es de plomo; mi mente, una bruma espesa, y el mundo exige de mí una ligereza que no poseo.

Cada amanecer me encuentra esperando que el final llegue por su propia voluntad, arrastrado por una corriente silenciosa, porque mi cobardía es más grande que mi hastío; por eso persisto en la sonrisa, en la farsa de que todo prosigue, que los pequeños naufragios cotidianos no logran calar en este barco ya anegado, y que, sobre todas las cosas, soy una persona resiliente.

Resiliente. Cuánto se ha romantizado esta palabra, vaciándola de su verdadero significado. Hoy el mundo te exige serlo o, de lo contrario, eres un débil, un cobarde que no merece la luz del día. Te ordenan cargar con las penas como si fueran medallas y mirar al horizonte con una fe ciega en que lo mejor está por llegar. Pero, ¿qué sucede cuando tu realidad es un eco de derrota?, ¿cuándo intuyes que el futuro no es más que un pasillo que se oscurece con cada paso?

Lo que nunca he confesado es que bajo esta máscara de alegría y esos «buenos días» pronunciados al vacío, anida el anhelo profundo de gritarles a todos que existen jornadas grises, pesadas como losas, en las que solo aspiro a confundirme con el polvo, a rendirme al abismo y a la nada, y permitir que mi cuerpo se descomponga para nutrir la tierra y florecer en otra esencia más pura y silenciosa.

Que envidio la paz de los objetos inanimados. La silla que no tiene que fingir ser cómoda; la pared que puede estar agrietada sin que le exijan sonreír; el libro que puede permanecer cerrado en un rincón sin que lo llamen perezoso. Su existencia es simple, honesta. No están rotos; solo son lo que son.

Nunca he revelado que mis sueños más recurrentes no son de vuelo, sino de hundimiento. Sueño con caminar sobre un suelo que se vuelve lodo negro y tibio, que me absorbe lentamente, sin dolor, sin lucha. Y en ese sueño, hay una paz profunda, un rendirse a una gravedad que por fin me concede el permiso de dejar de luchar.

Que he desarrollado un ritual secreto con la noche. Cuando todos duermen, yo me despierto. Me asomo a la ventana y susurro mis verdades a la luna, confidente fría y distante que no me pide resiliencia; que acepta mi quebranto como parte natural de su paisaje nocturno. Es en esas horas robadas al sueño cuando mi alma respira, sin máscaras, sin expectativas.

Lo que no digo es que la palabra «mañana» a veces suena a amenaza. Es la promesa vacía de tener que repetir el mismo ciclo de supervivencia decorada. «Ya pasará», me dicen. Pero ¿y si no quiero que pase? ¿Y si lo que anhelo no es que la tormenta cese, sino poder gritar en medio de ella sin que me señalen con el dedo?

No menciono, que hay jornadas en las que el sol se avergüenza de su propia luz, porque sabe que no basta para incendiar mi voluntad; y su calor es un fantasma que se desliza sobre mi piel sin dejar rastro, sin conmover el hielo que habita en mi alma.

Que hay tardes en que la lluvia se convierte en mi única cómplice, porque su llanto me presta el mío; y porque todos se alejan de ella, dejándonos solas en un dueto melancólico donde ninguna debe explicaciones ni justificaciones.

Lo que nunca he dicho es que mi sonrisa es la mejor de mis mentiras. Un escudo brillante forjado a base de miedo y de una desesperada necesidad de pertenecer. Cada «estoy bien» es un clavo que fija mi máscara; un acto de fe en la posibilidad de que, si finjo con suficiente convicción, tal vez un día la ficción se convierta en mi verdad.

Pero hoy, como ayer, y probablemente como mañana, la máscara está en su lugar. El sol ha salido y yo me preparo para otra jornada de camuflaje; para caminar de nuevo entre la humanidad, siendo un fantasma con sonrisa de ser humano, cargando con el peso de todo esto que, hasta ahora, nunca me había atrevido a confesar.


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