Rebeca Perez Gutiérrez

Nunca le dije a nadie sobre el miedo (paralizante) que me recorría al llegar el atardecer. No lo hice porque no existían palabras para describirlo, y no encontraba la manera de contarlo sin que pareciera una fantasía, de esas que tienen a menudo los niños, y que provocan que los tachen de exagerados e imaginativos. De adulto tampoco me atreví a decírselo a mi esposa, y menos a mis tres hijos varones, era difícil expresar aquella situación siendo mayor. Me costaba desnudar mis debilidades ante las personas que me tenían en un pedestal. Incluso en este preciso instante, al escribir estas palabras me cuesta acomodar los recuerdos para que mi relato no parezca irreal. Y al final, supongo que, no importa tanto si me creen o no, porque cualquier fantasía se le puede pasar a este viejo que ya rebasa los ochenta años.

Nunca se lo dije a nadie, pero sé que es verdad, y aun cuando pienso en esos momentos en que caía la noche, se me erizan los vellos de la piel, y me siento pequeño e indefenso como en esos ayeres donde todo me parecía enorme, difícil e insuperable. Me tiemblan los dedos de las manos, y me suda la frente, pero ahora le puedo echar la culpa a los achaques de la edad.

Mi padre estaba comprometido en hacer de mí un hombre fuerte y seguro de mí mismo, él quería que yo fuera como nuestros antepasados, sí, como esos guerreros que acudían al humedal y regresaban cargando en los hombros un jaguar muerto. Quizás la línea de sangre de aquellos hombres —que parecían indestructibles—, corría por mis venas, pero esa chispa de guerrero estaba muerta. Aún sigue muerta.

Las piernas me temblaban, como las varas débiles de un árbol ante un fuerte viento, al ver a mi padre encender el copal en los recipientes de barro, y luego los cirios. Para cuando él se me acercaba con el jarro que contenía la infusión de hierbas la voz se me iba, mi cuerpo estaba rígido, y se volvía rebelde, no me obedecía. Yo quería correr lejos. Vomitar el brebaje para evitar que mi cuerpo se transformara en ese pequeño animal, pero la mirada de mi padre me clavaba a la tierra, como se hace con una semilla, y en esa misma oscuridad me perdía. El sabor amargo de la infusión desaparecía con la transformación.

Para mi hermano era diferente. A él le emocionaba la caída de la noche, yo veía avidez en sus ojos de depredador. Él bebía el brebaje con ansia, como se hace cuando se muere de sed. Él era apenas dos años menor que yo, pero la fuerza de su andar, la manera en que erguía la espalda y la forma firme en que hablaba, dejaba florecer su grandeza. Yo debía de ser el valiente, el hermano que cuidara al menor, pero no podía porque hasta mi propia sombra me asustaba.

Mi padre estaba orgulloso de mi hermano, se notaba en la manera en que lo miraba cuando conversaba con él. Mi hermano podía convertirse en el animal que quería, mi problema era que yo dejaba que la magia decidiera por mí.

Yo quería ser fuerte como mi padre, practicaba mi mirada recia, mi postura altiva y mi voz de hombre, cuando cuidaba las vacas, pero algo dentro de mí estaba mal, porque me rompía muy fácil, al llegar el atardecer toda esa determinación se iba en las alas de los pájaros que corrían a sus nidos. 

Las palabras mágicas entonadas por mi padre desfiguraban más que mi cuerpo, atrapaban mi alma, y hacían con ella lo que deseaban.

Cuando la voz de mi padre se perdía entre la oscuridad de las paredes de barro, lo primero que veía eran mis pies, tan pequeños, debiluchos y feos; los de un ratón. Había visto cantidad de ratones huyendo de nuestros gatos, y sabía cómo se sentían ante la inmensidad de todas las cosas. Los olores se intensificaban, podía oler el delicioso trozo de pan de pulque que estaba sobre la mesa, o las migajas de queso que se habían quedado a la hora de la comida, entonces corría para saborearlas, olvidándome del chico que era momentos atrás, de ese que era quejumbroso y que se sentía fuera de lugar. 

La felicidad se acababa cuando veía a ese monstruo en el que se convertía mi hermano, una familia enorme de ratones, parándose unos sobre otros, no alcanzaba a tocarle las orejas erguidas. Su piel sin pelo parecía robarse la negrura de la noche, y con ella la maldad que ocultaba. Al igual que siendo persona se paraba altivo y desafiante, daba la impresión de que nada en el mundo lo intimidaba. Al principio sus ojos parecían una piedra ámbar, parecían humanos, y parecía reconocerme, me miraban detenidamente, y entonces yo me sentía tranquilo, porque en el fondo sabía que él iba a protegerme de todo peligro, pero después de un rato la maldad se instalaba en ellos, despertaba ese instinto de depredador, y ya no me miraba como a su hermano, sino que como a un a presa jugosa que saciaría su hambre.

El juego comenzaba cuando el primer gruñido sacudía mi pelaje, y yo imaginaba que sus incisivos me tronaban los huesos. Entonces yo corría, a todo lo que mis pequeñas patas daban, debajo de las sillas, a donde no podían alcanzarme sus patas o su hocico. Para cuando él ponía las sillas patas para arriba, yo ya corría sin mirar atrás, y me metía debajo de la mesa, en la esquina donde él no me alcanzaba, solo pensaba en correr y correr, y escapar para mantenerme a salvo. ¿Cómo podría dejar que mi hermano cometiera el pecado de asesinar a su propio hermano? Seguro que aquel ser superior que nos enjuicia por nuestros pecados, después de la muerte, me castigaría a mí y no a él, por ser débil y entregar mi cuerpo como ofrenda.

Mi cuerpo se estremecía como lo hacen los gusanos de maguey en el comal, cuando olía su aliento, o escuchaba las vibraciones en el suelo causadas por sus arañazos, y le sentía cerca, a nada de atraparme. Pero por suerte, lograba meterme en el agujero de la esquina de la pared principal, el cual era lo suficiente pequeño como para que él solo asomara las aletas de su nariz y me llenara de sus exhalaciones.

No sé cómo lograba correr más rápido que él, yo era el débil y mi hermano el fuerte.

A veces pensaba que, si una noche la suerte me abandonaba y moría en el hocico de mi hermano, al menos quizás él podía acompañarme en el recorrido al más allá, y al final me sentía miserable por desear que mi padre lo asesinara y lo enterrara en mi tumba, donde estaría un cuerpo inexistente. Quizás en el fondo de mi corazón, aunque no lo deseara conscientemente, odiaba a mi hermano y a la fuerza que él representaba.

No comparo a nada con el alivio que me traía el fin de la transformación, cuando podía tocar mis piernas y el resto de mi cuerpo. Era cuando esperaba una disculpa de mi hermano, quien recordaba todo, pero fingía que no lo hacía. Lo sabía porque yo hacía lo mismo, así se eliminaban las rupturas de nuestra convivencia y le evitaba dolores de cabeza a mi abnegada madre. 

Sé que a mi padre le divertía ese juego al que él llamaba: el cazador y su presa, o nunca nos hubiera orillado a jugarlo, más nunca se lo tomé a mal, ya que siempre se justificaba diciéndome que yo debía volverme fuerte, y que si no quería ser una presa debía convertirme en un cazador (pero yo nunca supe cómo hacerlo, quizás ya nacemos con eso o no todos servimos para ser cazadores, de lo contrario las presas no existirían), que en el juego miserable de la vida sobreviven los más fuertes. Le doy cierto porcentaje de mérito a sus palabras, lo que nunca le he dicho a nadie es que nunca supe cómo ser un cazador, aunque no pareciera que sobreviví de pura maña, la misma que adquirí cuando escapé de mi hermano. 


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