Midori

El portón de roble del búnker se cerró con un golpe sordo que resonó como un latido en el silencio súbito. El general Marcus se ajustó el cuello impecable de su guerrera y esbozó su sonrisa de hielo, una fina línea de desdén.

—Caballeros, disculpen. El Primer Ministro está preocupado por la banda que tocará esta noche. Parece que el destino de la nación depende de un buen solo de violín.

Una risa tensa, casi un suspiro colectivo de alivio, recorrió la sala de estrategia. Se extinguió al instante bajo la mirada gélida de Marcus.

—Basta de distracciones. Vega, el frente este.

El coronel Vega se irguió, un brillo de sudor en sus sienes. —La Séptima División está completamente cercada en Piedrahuerta, mi general. Las fuerzas de la Confederación del Norte cerraron el cerco anoche. —Carraspeó, buscando fuerzas—. La única opción es enviar a la Novena y la Duodécima. Es la única manera de romper el bloqueo.

Marcus no miró el enorme mapa extendido sobre la mesa de madera pulida. Sus ojos, fríos como el acero, estaban clavados en Vega.

—Incorrecto —su voz fue un susurro cargado de una autoridad absoluta—. La Novena y la Duodécima no irán a Piedrahuerta. La nueva orden es avanzar sobre Liria, cruzar el río Karn y tomar la capital enemiga.

Un silencio sepulcral se apoderó de la estancia. Los otros cuatro generales presentes parecieron contener la respiración.

—¡General! —la voz de Vega se quebró en un tono cercano a la imploración—. ¡En Piedrahuerta hay doscientos mil de los nuestros! ¡Y casi un millón de civiles! No podemos…

—Piedrahuerta ya está perdida —cortó Marcus con una calma aterradora, la de un cirujano anunciando una amputación—. Su sacrificio será la cortina de humo perfecta. El enemigo concentrará allí todo su poder, creyendo que vamos a rescatar nuestro principal puerto y centro de manufactura. Mientras ellos se distraen con un trofeo, nosotros les arrancamos el corazón.

—¿Sacrificio? —Vega palideció, como si la palabra misma le hubiera extraído toda la sangre—. ¿Van a morir… sin saberlo? ¿Creando una distracción?

Marcus se levantó, y su sola estatura pareció dominar aún más la sala.
—Escúchenme, y escúchenme bien —articuló con lentitud—. Lo que se ha decidido en esta sala no saldrá de ella. Oficialmente, la Séptima División se inmoló con heroísmo supremo para darle a la patria su victoria final. Serán los Mártires de Piedrahuerta. Los héroes que, con su valor, hicieron posible la toma de la capital enemiga. —Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara como una losa—. La única verdad que conocerá la Historia es la que nosotros escribamos hoy. ¿Está claro?

Ninguno de los hombres movió un músculo. Asentir habría sido aceptar su parte de culpa; negarse, una traición. El silencio fue su aquiescencia.

—Transmitan la orden —continuó Marcus, implacable—. Código: «Fuego Púrpura». Que destruyan todo. Instalaciones industriales, almacenes de suministros, puentes. Que no quede nada que el enemigo pueda utilizar. Y les dirán… —su mirada recorrió a cada uno de ellos— que la ayuda está en camino. Que resistan. Que la patria nunca olvida a sus hijos.

—Es una mentira… —logró articular Vega, horrorizado, mirando sus propias manos sobre la mesa como si no las reconociera.

—Es la estrategia que nos dará la victoria —lo corrigió Marcus, glacial—. La mentira más útil y gloriosa que jamás habremos dicho.

Horas más tarde, el Palacio de Cristal brillaba como una joya artificial. La Gala de la Unidad Nacional estaba en su apogeo. Entre el fulgor de las lámparas de araña y el rumor sedoso de los vestidos, el general Marcus era el centro indiscutible. El Primer Ministro, con una copa de champagne en la mano, le palmoteaba la espalda con familiaridad.

—¡Este es el hombre! —anunció a un grupo de dignatarios—. ¡El arquitecto de nuestra victoria! Mientras el enemigo celebra su avance en Piedrahuerta, nuestro león prepara la garra que les destrozará la espalda. ¡Brindemos por Marcus, el salvador de Piedrahuerta!

Las copas se alzaron. «¡Por Marcus!». Él sonrió, sereno, y alzó la suya en un gesto de falsa modestia. Su mirada, sin embargo, se posó un instante en el coronel Vega, quien, pálido y rígido, bebía su copa de un trago en un rincón. Sus ojos se encontraron por una fracción de segundo: un destello de horror compartido y silencio cómplice.

Fue entonces cuando la hija del Primer Ministro, la joven Clara, se le acercó. Sus ojos, grandes y azules, brillaban con lágrimas de admiración y alivio. Tomó las manos de Marcus con una fe conmovedora.

—General… —susurró, con la voz emocionada—. Gracias. Mi prometido, Daniel, está en Piedrahuerta. En la Séptima. Todos me decían que estaba perdido, pero yo sabía… yo sabía que usted no los abandonaría. Usted los traerá de vuelta. Usted lo traerá a casa.

Marcus sintió el frío del metal de su propia medalla contra el pecho. Miró a la joven, a sus ojos llenos de una esperanza que él mismo había fabricado y que ahora era más letal que cualquier bala.

—La patria cuida de los suyos, señorita Clara —respondió, y su voz sonó tan firme y creíble como siempre—. El honor de un soldado es saber que su sacrificio, si llega, no será en vano.

Ella sonrió, radiante, y se alejó flotando, segura de la promesa implícita en sus palabras. En ese momento, un ayudante repartió entre los invitados los ejemplares frescos de imprenta del «Diario del Pueblo». El titular era una explosión de letras negras: «¡MARCUS AL RESCATE! EL PLAN SECRETO PARA SALVAR PIEDRAHUERTA».

Marcus tomó uno. Sintió el papel áspero bajo sus dedos. Leyó su propio nombre y la mentira monumental que ahora era noticia. Era la Historia naciendo en tiempo real, de su propia y retorcida voluntad.

Se dirigió hacia el balcón, necesitando escapar del ruido, de las sonrisas, de los brindis envenenados. Afuera, la noche era fría y despejada. Y entonces comenzaron los fuegos artificiales. Estallidos de luz verde, dorada y… púrpura. Un púrpura intenso, vibrante, que iluminó su rostro impasible.

Cada explosión púrpura en el cielo era, para él, el Fuego Púrpura arrasando Piedrahuerta. Cada fogonazo era un almacén estallando, un puente desplomándose, la orden de muerte para doscientos mil hombres y la esperanza de una joven llamada Clara. El sonido de los cohetes era el estruendo de su propia farsa alcanzando su cénit.

Y entonces, solo en la penumbra, con la máscara del héroe nacional perfectamente soldada a su rostro, algo se quebró en el interior del general Marcus.

No fue un sollozo. No fue un grito.

Una risa seca, temblorosa, le brotó de los labios. Un sonido ronco y carente de alegría, la risa de la absoluta y grotesca ironía. La risa de un hombre que, desde la cima de su triunfo público, podía ver el abismo de su propia condena privada. La reprimió al instante, mordiéndose el labio inferior con fuerza hasta sentir el sabor metálico de su propia sangre.

Se apoyó en la barandilla, los nudillos blancos por la fuerza con la que se aferraba a la cordura. Por fuera, el salvador de la nación, el héroe de Piedrahuerta. Por dentro, el arquitecto de una verdad tan monstruosa que, si alguna vez saliera, lo destruiría todo junto al país que pretendía salvar.

Era el guardián de la mentira más grande de la guerra. Y el eco de esa risa histérica, ahogada en sangre y silencio, era lo que nunca, jamás, le diría a nadie.


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