Pablo Samuel Haro Reyes

La primera nevada del invierno comenzaba a cubrir los escombros humeantes. Dos guardias avanzaban entre las hileras de cuerpos, sus botas crujiendo sobre la escarcha rosada.

—Definitivamente es un demonio —afirmó Kovac, deteniéndose frente a una figura femenina—. Joven. Pequeña y escuálida, como los del grupo de hace unos años.

Lysander se frotó las manos, intentando expulsar el frío que le trepaba por los huesos. —¿Qué número es?

—Cuarenta y siete y cuarenta y ocho. Ella y el pequeño.

—Como los de aquella vez —murmuró Lysander, escupiendo al suelo—. Pensé que ya los habíamos limpiado todos.

Kovac no respondió. Sus dedos congelados pasaron una página. Unos trazos torpes que representaban a cuatro figuras sonrientes. Bajo el dibujo, una leyenda escrita con la misma letra temblorosa de la última anotación: «Pronto, Tom. Pronto estaremos todos juntos de nuevo. Te lo prometo.»

Lysander tosió, impaciente. —¿Qué miras tanto? Son solo animales. Vamos terminando, que este frío no perdona.

—Tenían nombres —murmuró Kovac, casi para sí mismo.

—¿Qué? —preguntó Lysander, ajustándose la bufanda.

—Nada —cortó Kovac, cerrando la libreta con un golpe seco—. Vamos a acabar. La siguiente hilera.


—¿Y si no están allí? —La voz  de Tom era un hilito de duda, un susurro que se perdía entre los gruesos pliegues de su capucha.

Ruth ajustó la pesada mochila en sus hombros y forzó una sonrisa que no sentía. El viento cortante del páramo helado le azotaba el rostro.

—No digas tonterías —respondió, y su voz sonó estridente incluso para sus propios oídos—. Claro que estarán. Mamá y papá nos están esperando. Te lo prometí, ¿recuerdas?

Era su ilusión más grande, la que sostenía su mundo y el de él. La que había repetido tantas noches, acurrucados en la cabaña, con el sonido de los lobos como única compañía. «Pronto iremos con ellos, Tom. A un lugar cálido, con comida y gente amable». Cada vez que lo decía, un retazo de la verdad se le enredaba en la garganta, afilado como una cuchilla. Ella recordaba. Recordaba los gritos. El olor a humo y sangre. La mano fría de su madre soltando la suya para siempre.

Pero Tom era demasiado pequeño entonces. Su mente, bondadosa, había enterrado el horror bajo un manto de nieve y olvido. Ruth se lo había permitido. Lo había alimentado con cuentos de un hogar feliz, un hogar al que algún día regresarían. Y ahora, tras semanas de caminata, con los pies entumecidos y las provisiones agotadas, estaban a punto de traspasar las empalizadas de madera del pueblo. El mismo pueblo.

—Mira, Tom —señaló con un dedo tembloroso hacia las luces titilantes en la distancia—. ¿Ves? Ahí está. Nuestro hogar.

El niño apretó su mano con una fuerza inesperada. No era de alegría, sino de un miedo instintivo y profundo. Ruth sintió cómo su propio corazón se aceleraba, un tambor de guerra que anunciaba una batalla perdida de antemano. Bajó la mirada hacia la libreta que asomaba en su bolsillo. Dentro, entre sus páginas, estaba el dibujo. El de la familia completa. La prueba de la promesa que había hecho y que hoy, sabía, cumpliría de la única manera posible.

El guardia en la empalizada les gritó algo, pero el viento se llevó sus palabras. Ruth solo atinó a asentir, arrastrando a Tom tras de sí hacia la plaza principal. Cada paso era un suplicio. Reconocía la curva del sendero, la textura de la madera en las casas.

—Ruth —murmuró Tom, escondiendo el rostro en su abrigo—. La gente nos mira raro.

Era verdad. Las miradas no eran de curiosidad, sino de un reconocimiento lento y venenoso. Murmullos crecían a su paso como enjambres. Ruth apretó la mano de su hermano.

—Es… es porque llevamos mucho tiempo fuera —tartamudeó, buscando desesperadamente un rostro que no existía—. Mira, ¡ahí está la casa de la señora Rose! Seguro tiene galletas de miel para ti.

Señaló una casa que en su memoria estaba calcinada. Ahora tenía la puerta pintada de verde. Tom la miró con los ojos muy abiertos, una confusión profunda nublando su mirada.

—Pero… esa casa no es…

Un grito agudo, desgarrador, cortó el aire.

—¡Es ella! ¡La niña! ¡La que escapó!

Todo se detuvo. Ruth giró la cabeza y vio a una mujer señalándola con un dedo tembloroso, la boca deformada por el horror. En los ojos de esa mujer, Ruth no vio odio. Vio recuerdo.

El silencio se quebró de golpe. El murmullo se convirtió en un rugido. «¡Demonios!». La palabra resonó como un latigazo. Gente que salía de sus casas, empuñando herramientas, palos, rostros contraídos por un miedo que se transformaba en furia.

Tom se aferró a ella, un gemido de terror escapando de sus labios. —¡Ruth!

—Shhh, hermanito —susurró, acunando su rostro contra su pecho—. No tengas miedo. Todo está bien. —Su voz era un hilo de calma en medio del caos—. Mira —señaló hacia la multitud enfurecida— Lo que nunca te dije, Tom, es que este siempre fue el plan. Papá me lo pidió. «No nos dejes solos aquí, en la tierra fría». Hoy, por fin, toda la familia estará completa. Por fin… vamos a casa.

Tom la miró, confundido por la paz en sus ojos. Ruth le acarició la mejilla con una mano, y con la otra —en el mismo movimiento— sacó el cuchillo de su cintura. Tom, aterrado, vio el destello del acero y sus ojos se abrieron con un entendimiento primordial. No hubo tiempo para más.

—¡Te amo, hermanito! —fueron las últimas palabras que Tom escuchó, un susurro desgarrado justo antes de que el mundo estallara en un dolor blanco y ardiente

Ruth lo apuñaló.

No fue un golpe limpio y misericordioso. El acero se hundió en el costado del niño con un sonido sordo y húmedo. Tom emitió un jadeo, un quejido de absoluta traición y confusión, sus pequeños dedos aferrándose al abrigo de ella. Ruth no retrocedió. Lo sostuvo con una fuerza sobrehumana, abrazándolo contra su pecho mientras el cuchillo subía y bajaba de nuevo, y otra vez, en movimientos cortos y brutales.

—Shhh —susurró, mientras su visión se nublaba—. Ya estamos llegando.

La sangre caliente empapó sus ropas, una unión final, grotesca y amorosa.

La turba se detuvo en seco. El griterío cesó por un segundo que se sintió eterno. Lo que veían no encajaba en su lógica. Era un horror tan profundo, tan antinatural, que congeló la sangre en sus venas.

Y en ese silencio cargado de terror, Ruth alzó la mirada. Sus ojos, oscuros y vacíos, barrieron la multitud. Su rostro y sus manos estaban manchados con la vida de su hermano. Con un movimiento que era a la vez de infinita ternura y de suprema violencia, recostó el cuerpo inerte de Tom en la nieve, arreglándole la capucha con dedos temblorosos.

Luego, se levantó.

El cuchillo goteaba en su mano. No miró a la turba. Miró a través de ellos, hacia un lugar que solo ella podía ver.

—¡Regreso a casa!! —vociferó, y esta vez su voz era un canto fúnebre, un himno demente de triunfo.

Y entonces, se lanzó hacia adelante.


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