Fredy Tlatelpa Ozeda

Mi abuelo Hilario, o como le decían en el pueblo de la Galarza, Lalo, siempre decía que no hay peor sombra que la que uno lleva en casa.

Cuando éramos niños, solía contarnos muchas historias y leyendas a mí y a mis hermanos; era 1990, todavía no había tanta tecnología y, cuando llovía o el clima se ponía feo, se iba la luz en el pueblo.

Eran esos los momentos que él aprovechaba para contarnos sus historias. Pero de todas las que escuchamos, hubo una que me dejó helado hasta el día de hoy. A veces, todavía me cuesta dormir cuando la recuerdo.

Mi abuelo decía que aquello le pasó cuando tenía como nueve años, allá por los cerros de la Sierra de Ocotitlán, en Puebla, en una casita de adobe que su papá había levantado con sus propias manos. Su mamá había muerto cuando él era muy chico, y al poco tiempo su padre se juntó con otra mujer, una que, según los vecinos, venía de más arriba, de un rancho que ya ni existe, envuelto entre neblinas.

—Era buena al principio —contaba—, pero luego… luego empezó a cambiar—.

Decía que su madrastra se levantaba en la madrugada, cuando todos dormían, y que él la oía arrastrar los pies por el patio. A veces hablaba bajito, como rezando, y otras se reía sola. Una noche, curioso, se asomó por entre las rendijas de su cuarto, hecho de carrizales, porque la mujer no quería que él durmiera en el de adobe. Y fue ahí donde empezó todo.

Contaba que había una luz azulita, como de luciérnaga, flotando frente al fogón, y que su madrastra estaba ahí, con el cabello suelto, murmurando cosas raras, como si hablara con alguien invisible.

Pero lo más raro sucedía cuando su padre, que se dedicaba a vender tomates, se iba muy temprano y tardaba dos o tres días en regresar. Era entonces cuando la mujer se ponía más extraña.

Cada vez que él oía aquellos ruidos, se hacía el dormido, temblando en su petate, y empezaba a orar.

Una de esas noches, el ruido lo despertó. Entre los carrizos del cuarto, alcanzó a ver que la mujer caminaba arrastrándose, con su bata blanca y el cabello suelto. Temblaba y no hacía ruido.

Entonces la vio prender el fogón y poner los pies sobre las brasas.

Mi abuelo juraba que sus pies se prendieron fuego, y que, frente a sus ojos, ella empezó a elevarse, convirtiéndose en una gran ave negra. Él, muerto de miedo, se tapó la cara y empezó a rezar.

Desde esa noche, cada vez que su padre se iba, oía el mismo sonido: el crepitar del fuego, el aleteo sobre el techo, y luego, al amanecer, el soplo del viento regresando por las rendijas del carrizal.

Pero una vez pasó algo que lo marcaría para siempre.

Fue una noche antes del Día de Muertos. Escuchó los mismos ruidos, pero ya no se movió. Se hizo el dormido, hasta que de pronto escuchó un golpe fuerte, como si un bulto hubiera caído al suelo, y luego una voz jadeante que gritó:

 —¡Lalo!… ¡Lalo!…

Él se levantó asustado, se puso los huaraches como pudo, se envolvió en su sarape y salió. En el patio, a la luz temblorosa del fogón, vio una figura tirada en el suelo, sangrando y tocándose el pecho. Era Doña Octavia.

—Escúchame —le dijo con voz ronca—. Ve y dile a tu padre que venga por mí… que le tengo que decir algo… algo que no sabe…

Luego gritó con desesperación:

—¡Ándale, corre!… ¡Corre, te estoy diciendo!

Mi abuelo corrió como pudo. No sabía si lo movía el miedo o el deseo de encontrar a su padre. Pero apenas una cuadra adelante se topó con una muchedumbre: hombres con palos, antorchas y machetes. Uno de ellos lo reconoció.

—¡Hey, Lalo! ¿Dónde vas a estas horas? —le gritó.

—Voy a buscar a mi papá —respondió temblando.

—Debe de estar en la cantina —dijo el hombre—, pero tú deberías estar en tu casa. ¿No sabes que la bruja anda al acecho?

Mi abuelo, con la voz quebrada, preguntó:

—¿Qué bruja?

El hombre lo miró serio.

—La bruja que se ha llevado a medio centenar de niños recién nacidos. Dicen que deja solo la piel tirada en el monte, como muda de culebra

Entonces mi abuelo, sin pensarlo, soltó:

—¡Pero si la bruja está en mi casa!

En cuanto lo dijo, se tapó la boca con fuerza, dándose cuenta de lo que acababa de decir.
 Los hombres se quedaron mudos un segundo, hasta que uno gritó:

—¿Escucharon eso? ¡Dijo que la bruja está en su casa!

El silencio del grupo se rompió con el sonido de los machetes desenvainados y el chisporroteo de una antorcha que encendieron de prisa.

—¡Vámonos para allá! —ordenó uno de los mayores.

Y todos empezaron a caminar con paso firme rumbo a la casa, con Lalo detrás, temblando de miedo.

Cuando llegaron, el aire olía a humo y a azufre. El fogón seguía encendido, pero Doña Octavia ya no estaba.

Solo había un rastro de ceniza, y sobre el piso algo que parecía una piel vieja, arrugada, como si alguien se la hubiera quitado del cuerpo.

En el techo, manchas negras formaban figuras parecidas a alas abiertas.

—Dios nos ampare —dijo uno de los hombres—, era ella…

Mi abuelo buscó a su padre por todos lados, pero nunca lo encontró.
Esa noche huyó del pueblo, sin mirar atrás. Vivió como huérfano toda su vida, y jamás volvió a saber de ninguno de los dos.

Y aunque pasaron los años, cada vez que el aire olía a humo o la luna se ponía roja, mi abuelo Lalo se quedaba callado, mirando hacia el monte, como si escuchara una voz que lo llamaba desde lejos.

Una voz que decía bajito, casi como un susurro entre las hojas:

—Lalo… no corras…


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