Víctor D. Manzo Ozeda

El verdadero terror en esta ciudad —y por “esta ciudad” me refiero al laberinto caótico y sobrediseñado que es el Valle de México— es la insignificancia. La gente cree que la soledad se esconde en forma de secretos. Falso. La soledad es el secreto que nadie escucha.

Mi secreto, lo que nunca le confesé a mi prometida (Valeria, que está obsesionada con los smoothies de kale y mi cuenta bancaria), era que la mitad de mis llamadas de negocios en el Porsche Cayenne S (negro ónix, interiores en piel Cognac) eran puro teatro. El manoteo era vital. El tono agresivo, pero sutilmente educado. El auricular Bose QC incrustado en la oreja. Gesticulaba en el tráfico de Reforma:

—No, Federico, te dije que el asunto de la deuda inmobiliaria en Juriquilla es una obscenidad fiscal. Necesitas la palanca, no la paja. Mándame el reporte al correo. Y un flat white con leche de avena. Ahora.

Todo falso. Mi mente estaba, en realidad, calculando cuánto tiempo podría aguantar fingiendo interés en la conversación de Valeria sobre el crossfit. Yo era un producto bien empaquetado y vendido: el hombre-importante-siempre-ocupado.

Y entonces, ese 10 de mayo —el día que el aire estaba más denso que la deuda nacional y yo estrenaba unos mocasines de Gucci—, el sistema falló. Mi teléfono vibró. Número desconocido. “Desconocido, 55”. Un prefijo local.

Contesté, aplicando mi filtro de “ejecutivo saturado”:

—Diga. Alonso, al habla. Hábleme claro.

La voz del otro lado era ligeramente grasosa, con ese tono que nunca sabes si es de cajero de banco o de poeta frustrado.

—Disculpe, ¿es la taquería El Califa? Pedí unos de pastor sin piña hace más de una hora y aún no me han llegado.

—No soy la taquería, amigo. Número equivocado. Habla Alonso Talamantes —espeté.

—No, no, claro que no es. Pero… espere. ¿Alonso? ¿Alonso Talamantes? ¡No mames, eres tú!

Mi nombre completo. Talamantes. Un apellido que huele a privilegio rancio.

—¿Quién diablos habla? No tengo tiempo para esto —dije, sintiendo ese escalofrío que produce el reconocimiento no deseado.

—Soy yo. Octavio. Octavio Cienfuegos. De la primaria, Colegio Del Bosque. ¿Tercer año? El ridículo festival del Día de las Madres donde te tocó bailar con una máscara de pato. Nos cagamos de risa juntos esa tarde, ¿recuerdas?

Octavio Cienfuegos. Un flash fugaz. Un error de casting social que eliminé de mi base de datos mental hace más de 30 años.

—¡Octavio! —dije, con esa falsa euforia corporativa—. ¿Qué onda, güey? ¡Qué sorpresa!

—Pero mira qué casualidad. O quizás no es casualidad. Sabes, los números de teléfono se consiguen tan fácil como si fueran monedas de un peso, Alonso. Y tú… siempre has sido bueno con los números. Desde hace años quise decirte algo, pero no me atrevía. Pero ahora tengo el suficiente valor para decirte algo que nunca le dije a nadie. Sabes, es algo sobre ese 10 de mayo en la primaria —dijo Octavio, y su voz se hizo sospechosa, cercana, como si estuviera a un centímetro del micrófono.

—¿Qué cosa? —pregunté, la adrenalina ya disparada en mi torrente sanguíneo.

—Que ese día me enamoré de ti. Que te amo desde entonces. Que siempre he sabido lo que haces cuando nadie te ve. Esas llamadas falsas. Desde hace meses. El tono irritado, la respiración pausada antes de soltar la palabra «mil millones». Sé que ese «Federico» no existe. Tu vida es una puesta en escena, Alonso.

Arrojé el portafolio sobre el asiento trasero. El pánico era una mancha de café en mi traje.

—¿Me estás espiando? ¿Interviniste mi teléfono? ¿Qué quieres, dinero? —mi voz era un tartamudeo agudo, impropio.

—No, no. Lo que realmente nunca le dije a nadie es que soy especial. Tengo un don. No estamos hablando por teléfono, ¿verdad? Alonso, siempre estoy aquí. Siempre he sabido lo que sientes, incluso lo que te asusta decir en voz alta. Esa forma en que me miraste… también me amabas. Pero eres como yo. Somos almas gemelas. También tenías miedo de aceptar tus sentimientos. Pero ya no temas, mi amor. Ahora ya nadie podrá evitar que estemos juntos. Mi madre ya no puede evitarlo. Me deshice de ella hoy.

Me quedé estupefacto. Siento que toda la sangre se me fue a los pies.

—Sabes, Alonso, desde aquel Día de las Madres, me di cuenta de que serías mío o de nadie, y que tu sonrisa era un software. Eres el único hombre en mi vida que ha tenido el valor de vivir un vacío total sin volverse loco. Me obsesionaste y nunca dejé de seguirte. De observarte.

—Y lo que tampoco le dije a nadie, Alonso, es que no te llamo desde la CDMX… pero pronto iré por ti y estaremos juntos para siempre en el más allá.

Hubo un clic seco. El tipo no colgó. Simplemente se fue.

Desde entonces no puedo dormir, no puedo dejar de sentir que alguien llegará y me atacará, o abrazará por la espalda.

El terror no es lo que va a hacer, si es que hará algo.

El terror es que Octavio es el único testigo de mi soledad, de mi secreto.

Es el único que ha visto mi nada y mi verdad.

Y lo peor de todo: le gustó lo que vio.

Y en este país, el performance que le gusta a la audiencia… es el que nunca termina.


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