A Liv y los gatitos ferales en el mundo.

Lo único que encontraron los servicios periciales en el primer piso de una casa, ubicada a la mitad de una calle, de la cual el nombre es lo menos importante, debido a la cantidad de orden igualada al número de gatos en el lugar, la única que anocheció en silencio aquel 31 de diciembre. La festividad, unida a la costumbre de derrochar lo que no se tiene, en una desbordada pasión por augurios de mejora solo porque el reloj, supuestamente, marca una nueva fecha en el calendario, como si la miseria de algunos cambiara al comer la última uva y beber hasta el último trago de alcohol barato.

Pero , en esa colonia, en aquella noche, mientras las luces estaban encendidas, la comida yacía en los hornos, las botellas dispuestas en las mesas, los sonidos de equipos que reproducirían la misma canción una y otra vez, se fueron apagando poco a poco.

Así fue narrado por un repartidor de comida, quien realizaba uno de sus últimos envíos a esta zona, mencionando que jamás abrieron la puerta para recibir el paquete; nadie contestó las llamadas, pero extrañamente la música, los gritos y las risas se fueron apagando conforme abandonaba las calles de la colonia. Era como si su motocicleta trajera a la muerte arrastrando tras de ella.

Contrastando al corte de la avenida, donde la algarabía inundaba todas las casas, miró hacia atrás, donde la sepulcral melodía del silencio era fragmentada por el organizado maullido de gatos que avanzaban, todos juntos. Mientras se tomaba el tiempo para unir las piezas de un rompecabezas que inequívocamente no le correspondía, —pero el misterio siempre llama—, volvió la motocicleta para perseguir a la colonia gatuna creciente.

Pudo percatarse, de que algunos de ellos, salían de las ventanas de las casas, las puertas, saltaban vallas o entre azoteas, pero todos iban hacia un mismo lugar.

Conforme se adentraba a las calles, bajo la intacta iluminación y el incómodo silencio, la situación se ponía más turbia de lo normal.

Una de las calles, casi al final, donde cruza la carretera, todos los gatos giraron hacia la misma calle, organizados, maullando, casi entonando una extraña melodía. El repartidor bajó de la moto y sigilosamente persiguió a los gatos, quienes probablemente ya se habían percatado de su presencia, pero no era importante.

Todos formados, en la única casa, en oscuridad y silencio total, con las ventanas abiertas, donde todos los gatos fueron entrando uno a uno, hasta dejar, en silencio total aquel cuadrante del municipio.

Presuroso, el repartidor tomó su teléfono para llamar a emergencias, pero obviamente no hubo una respuesta favorable, más dejó el precedente para la revisión al día siguiente. Dio la vuelta para dirigirse hacia la motocicleta y dejar aquel lugar, el único en el mundo en el que tal vez, el silencio se tragó la algarabía, intercambiándolo por sensibles maullidos.

Los servicios de emergencia comenzaron a recibir llamadas el 1 de enero, muy de mañana, de familiares que habían ido a las casas ubicadas en aquel cuadrante. Las alarmas se encendieron, cuando llegaron los primeros reportes de personas fallecidas en los hogares. Al pasar el día, la situación fue general. Todas las personas en esa colonia habían fallecido en sus casas. Los signos de fallecimiento eran apacibles, todos dormidos en cualquier parte de la casa, al parecer sin dolor alguno, aunque otros con estertores que parecía, habían sufrido más que otros miembros de las familias.

Se realizó un rápido análisis. Los medios de comunicación llegaron hasta el lugar para cubrir la nota, a los chismosos de las colonias aledañas se les pidió no pasar, hasta no saber las causas de la muerte. Pero todas ellas, apuntaban a envenenamiento, aunque no sabían si era la misma causa, la misma sustancia y por qué solo en esa zona.

En medio de la conmoción, un elemento pericial se dio cuenta de una colonia de gatos agrupados que iba hacia un lugar. Así que decidió seguirlos, hasta llegar a la casa donde todo parecía ser un mundo diferente.

En el primer piso de aquella casa habitación, vivía un hombre, de una edad desconocida, con más gatos de los que se pueden contar. Sin embargo, el lugar estaba limpio, organizado correctamente y con música de fondo para calmar a los felinos.

Entre libros, notas y muchos gatos, la policía encontró una nota.

“Estimadas autoridades. Para cuando encuentren esto, mi presencia no volverá a casa. De los gatos no se preocupen, ellos irán donde les plazca, de momento tienen alimento en todas las casas, esta mañana, silenciadas; justamente como ellos han silenciado por años a estas criaturas con maullido, pero sin voz. Realicé investigaciones por años. Me propuse aprender los maullidos de los felinos para entenderlos y que me entendieran. Fui experimento de mis propias mezclas para poder vivir lo suficiente y ayudar a los felinos. Urdimos un plan, después del sacrificio de felinos de color oscuro el pasado 31 de octubre por santeros en la colonia, de los cuales se dio reporte y nadie acudió. Entiendo que ustedes están coludidos con una mafia que ni siquiera puede invocar correctamente a los demonios, pero hoy les dejo un precedente que les va a dar trabajo en esta tranquila mañana donde creen que no tienen obligaciones. Encontramos una sustancia que no daña a los gatitos, pero si a los humanos. Esta espora especial, mientras el gato ronda entre las casas, los sillones, los cojines, los utensilios o la comida misma, van a generarle al humano, una especie de somnolencia y agotamiento, irá durmiendo lentamente sus articulaciones, tanto así que creerán que están ebrios o con demasiada comida en sus estómagos, que irán a dormir, para jamás despertar. Si creen que el envenenado en cuestión se va en paz, déjenme decirles que tendrán pesadillas, de las cuales espero no se libren, aunque pasen al otro lado. Verán a todos y cada uno de los gatos a los que han maltratado, perseguirlos hasta el final de sus días y reitero, más allá. Los cuerpos experimentales, créanme, prefiero no decirles donde se encuentran, es mejor para su salud. Gracias a la enorme red de internet, la red gatuna que ahora he creado en el mundo, sabremos quienes merecen este aterrador destino. Jamás van a encontrarme, viajaré por el mundo junto a mis amigos felinos y tendrán noticias en el mundo de un servidor. Si quieren una solución, hablen sinceramente con Menes, adopten gatos ferales y aprendan a brindar amor. Solo así se salvarán. Hasta entonces, espero recojan el tiradero que han dejado mis vecinos, quienes derrochan cantidades fastuosas de dinero en una festividad inútil, mientras continuaban maltratando a quienes no pueden defenderse. No tendrán paz, aunque los entierren o incineren. Sus mentes pertenecen a mi veneno y a los gatos que las han reclamado, como en el antiguo Egipto. Hasta entonces”.

Cada 1 de enero actualmente, se realiza una campaña de adopción gatuna en todo el mundo. Las muertes por envenenamiento han disminuido, así como la población humana. El control de natalidad gatuna también ha sido controlado y el respeto entre especies es mayor.

Algunas personas, han reportado observar, que sus gatos en ciertas fechas abandonan sus hogares, tal vez para recibir instrucciones del humano que aprendió a escuchar y hablar con ellos. Pero, lo que no saben, es que algunos de ellos, se reúnen en un viejo panteón, en una olvidada y vieja tumba, con un anuncio de jamás sacar el contenido de esta, donde crece un extraño espécimen de catnip.


Termino mi café mientras escucho maullar un gatito más. Los servicios de rescate no responden. La colonia es zona roja, dicen algunos, a mí me parece tranquila, tal vez porque soy invisible. Los crímenes hacia animales crecen y nadie nos ayuda. Escribo este cuento, mientras pienso si es posible hacer esto, porque son cosas que a nadie le voy a decir, pero sí a maullar.


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