—Ya te lo dije, no podemos salir del cuarto. No, no, no. Debemos guardar silencio.
Las manitas de Ernesto arden de la última regañiza. Las muñecas todavía no cicatrizan. Todos gritan allá afuera. Intento mantener la calma, pero también yo tengo cicatrices y me duele. —No vayas a soltarme —le digo.
—¿Recuerdas cuando fuimos a la feria? —le pregunto a Ernesto para que deje de llorar. Él asiente con la cabeza.
—Comimos chucherías hasta que nos dolió la panza. Nos subimos a todos los juegos que pudimos. Mamá nos veía desde las rejas, mientras tú y yo dábamos vueltas, girábamos; el cochecito andaba a toda velocidad. Estuvimos toda la tarde ahí, lejos de la bestia. No, no. Olvídate de él. Mejor acuérdate de la casa de los espejos. Mamá, tú y yo nos reflejábamos y nos veíamos larguchos y gordos, enormes y pequeños. Nos reímos un montón. Yo me perdí, pero logramos encontrarnos de nuevo. Luego vimos el show de cierre: la música, los fuegos artificiales en el cielo. Todo fue muy bonito. ¡Acuérdate, acuérdate!
—No, no pienses en esa noche. La bestia estaba enfurruñada, sí, como siempre. Fue cuando perdí mi ojito, pero eso no importa… Mira qué bonito parche tengo. Me lo dio mamá.
En cuanto cruzamos la puerta, nos escuchó. Parecía un perro rabioso. Mamá intentó calmarlo, recordarle que le habíamos dicho que saldríamos. Nunca logro entender lo que grita. Solo vi que tomó a Ernesto del brazo y se lo llevó arrastrando a la sala con sus garras. Yo quedé tirado en la entrada. No podía moverme; quería ir tras ellos, decirle a Ernesto que no dijera nada, que, si cerraba los ojos, tal vez todo terminaría pronto. Pero Ernesto gritaba, lloraba y yo me tuve que contener con todas mis fuerzas.
—Ernesto, mejor acuérdate de cuando fuimos a la fiesta de cumpleaños de Julio. El pastel era enorme. Había payasos. Muchos niños lloraron, pero a nosotros nos gustan sus narices rojas y sus tonterías. ¿Recuerdas que le pegaste a la piñata? Bueno, apenas le pegaste porque se movía un montón. Los niños grandes terminaron por reventarla. En cuanto comenzaron a caer los dulces, te aventaste. Eres muy valiente. A mí me da miedo quedar aplastado. Trajiste un montón de dulces. Sí, bueno, la bestia los tiró todos a la basura, pero qué importa, nos divertimos un montón.
Ernesto sigue llorando. No se escuchan los gritos de mamá. Sabemos que eso es preocupante. Ahora viene por nosotros.
—Escóndete bajo la cama o en el clóset. No dejes que te atrape —le digo a Ernesto, pero está paralizado de miedo. Se orina en cuanto ve la puerta abrirse. La bestia me patea y caigo en el clóset. Ernesto le suplica que lo deje, que no hará ruido, que se portará bien, pero la bestia gruñe, babea. Apesta a alcohol y no entiende de palabras. Yo no puedo romper mi promesa. Si intento defenderlo, Ernesto me odiará, me tendrá miedo, y no puedo soportar que me vea con los mismos ojos con los que ve a esa criatura despreciable.
—No llores —le dice—. Te tiene miedo, idiota. Cómo no va a llorar, tiene tres años. —No llores —le grita mientras lo jalonea. El primer bofetón en sus mejillas para que se calme. —Guarda tus cosas, nos vamos. —Le avienta una mochila—. Escúchame, tu madre no puede venir con nosotros. Ella te quiere lejos de mí, te ha puesto en mi contra, por eso nos vamos.
Ernesto sigue llorando, se queda quieto.
—Mira nada más. Ya te orinaste encima. Eres un cerdo asqueroso, como tu madre. Así nos vamos a ir. Cuando lleguemos con tu abuela, que ella te cambie.
Te toma del brazo y mete algunas cosas en la mochila. Estás por salir del cuarto, pero te acuerdas de mí, quieres regresar por mí.
—Deja esa cosa, ya te compraré otro.
No, no, no, no te lo lleves… No te lo lleves lejos de mí. ¡Jala más fuerte, Ernesto!
Ernesto se jalonea, quiere regresar por mí. Se suelta, corre hacia mí y me levanta. Me abraza.
—Nunca me haces caso. Siempre contradiciéndome como tu mamá. ¡Estoy harto, me oíste! ¡Estoy harto! —Me toma con sus garras, me arranca un bracito, luego otro. Avienta todas mis partes por el cuarto.
Ernesto llora. Se aferra a mi cuerpo, con el relleno saliendo por mis extremidades.
—¡No quiero! —escucho gritar a Ernesto. No puedo soportarlo más…
La casa retumba. La oscuridad se lo come todo. El padre sale disparado del cuarto. Aviento la puerta. Aquí no hay finales felices. Ernesto se queda encerrado en su cuarto mientras yo me hago enorme, físico. Me planto frente a él. Estoy libre y tengo hambre, mucha hambre. Yo debí comerme al niño, a la madre y después al padre. Mirar su desesperación mientras suplicaba por su familia… pero lo odio. Lo odio tanto. Le hago lo mismo que él a mí, lentamente. Disfruto ver cómo la piel se desprende, cómo los músculos se estiran hasta desgarrarse. Es lo más cercano que conozco a la compasión.
La madre yace en el suelo, con la sien abierta, los ojos muertos. La devoro porque ahora solo es hueso y carne. Solo falta él. Nos separa una puerta.
—Querido Ernesto. Tengo hambre, mucha hambre y no puedo controlarme, lo siento…
Abro la puerta, lentamente, para que él no me vea como soy realmente. Lamo sus lágrimas, su miedo. Él es muy valiente. En este punto ya no sé si sus ojos han caído en la locura o en la resignación.
—No vayas a soltarme —lo abrazo para engullirlo por completo.






Deja un comentario