Hablar de la adolescencia, más específicamente de mí adolescencia, aún es un tanto doloroso.
Esa etapa de mi vida, a diferencia de las otras niñas de mi colegio, no estuvo llena de fiestas, pijamadas, idas al cine, y de los chicos ni hablar.
Sobra decir que entre mis dientes salidos, mis lentes, los cambios físicos y hormonales que vienen en esta etapa (sudoración extrema, acné, la deformación del cuerpo por el crecimiento de las caderas y el pecho), y mi baja autoestima fue un festín para el bullying en una secundaria tan pequeña que no únicamente sabías el nombre de todos, si no que sabías todo sobre la vida de todos, vidas creadas a partir de los chismes y los murmullos.
¿Y qué tiene que ver todo esto con los supervillanos? Se preguntará el lector. Fácil. Fue aquí donde la conocí.
Como una especie de demonio, no la veía solamente en la escuela, de algún modo se había apoderado de mí. Comía, me bañaba, me dormía pensando en ella, no de un modo romántico, sino de un modo aterrador. Incontables veces me hizo dormir entre lágrimas.
Todo el tiempo, cual sombra, me perseguía, escuchaba su voz aún en la soledad de la regadera. Ojalá me hubiera dicho palabras como “que feliz estoy de conocerte” o “mira que linda eres”, o “qué inteligente” o “qué creativa”, pero no.
Eran palabras tan llenas de odio que la idea de la muerte empezó a rondar por mi cabeza. “Nadie te extrañará” “A nadie le importas” “Le harías un bien a la humanidad” “¿Ya te viste hoy en el espejo con esos dientes salidos, cuatro ojos? ¿Para qué te arreglas si de todos modos eres fea? ¿De verdad crees que Diego se fijaría en alguien como tú? ¿Volviste a sacar seis en matemáticas? De veras que eres idiota… eres un fenómeno que no debería siquiera existir.
Intenté pararla muchas veces, pero siempre terminaba igual, escondida en el baño para que no me vieran llorar. Intenté hablarlo con mis padres, pero nunca tuve el valor de decirles, no quería ser una carga más para ellos, un motivo más para sus preocupaciones y discusiones. Era, o eso creía, mucho más fácil regresar con una sonrisa e inventar cualquier historia absurda en donde me invitaban a las fiestas, pero prefería quedarme en casa leyendo, repitiendo los chismes que escuchaba a la distancia, fingiendo que tenía amigos y que los chicos pasaban de mí, sí, era mucho más fácil inventar una historia cada día que romperles el corazón.
Pronto, sus poderes demoníacos aumentaron. Ya no sólo eran sus opiniones hirientes. Había adquirido la habilidad de leer la mente de todos y con gran gusto me lo susurraba casi con una sonrisa.
“¿Ya viste que Diego te está mirando? Ni te emociones, están hablando de ti, ¿Quieres saber qué está pensando? Está pensando en lo horrible que estás, que nunca había visto a una chica tan fea como tú, ahora se está imaginando besarte con esos dientes todos salidos.
“Las niñas están hablando de ti, qué mal gusto tienes, ¿acaso no sabes lo que es un cepillo? Ni aunque te regalaran el perfume más caro de París podrían quitarte ese horrible olor, ¿acaso no conoces lo que es el jabón?
Y no se detuvo ahí… Siguió con mis profesores, con mis padres, con mi hermana, con todos aquellos que conocía y quería… me dejó en una terrible soledad.
El único consuelo que encontraba era entre el movimiento de la cola de mi perro y mis libros, mis adorados libros. Eran lugares sagrados a los que no podía acceder, tal vez por la sencilla razón de que esos momentos no se trataban de mí, le pertenecían a alguien más.
Sobreviví, crecí, tuve amigos, amigos de verdad. Y cual exorcismo, la terapia me libró de su voz, y cual eucaristía en forma de pastillas poco a poco la fui olvidando, aunque de vez en vez aún trata de herirme, pero aprendí a vivir con ella, a sobrellevar su voz.
Ansiedad, la llamó mi psicóloga.
Así que sí, querido lector, aquel demonio que casi me llevó al suicidio, aquél super villano que me hirió tan profundamente no era otro más que yo misma, mi autopercepción, mi propia voz.
No digo que el bullying, y las burlas no existieron, que las risas con los dedos apuntándome fueron imágenes ficticias, qué más quisiera yo, pero me llevó muchos años comprender que lo que creía que pensaban y decían de mí, palabras que yo no podía oír, eran las cosas que únicamente estaban en mi mente, porque evidentemente, aunque la Ansiedad diga lo contrario, el mundo no gira alrededor de mí y claro está que aunque a veces se siente como verdadero no puedo leer las mentes, no puedo saber lo que la gente piensa con un gesto, una mirada o un saludo… Ansiedad, le llama mi psicóloga… solo es eso Ansiedad.






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