Victor D. Manzo Ozeda
Hay algo inquietante en las lámparas apagadas. En las habitaciones donde el sol queda bloqueado por cortinas gruesas y el aire apesta a electricidad estancada en cables calientes, es como si el mundo se hubiera olvidado de su existencia. Lo que nadie te dice —lo que nadie puede decirte, porque no hay palabras lo suficientemente precisas para describirlo— es que la oscuridad no es lo opuesto a la luz. La oscuridad es lo que queda cuando decides no mirar.
Y yo decidí, hace mucho, no mirar.
El apartamento era un mausoleo de objetos invisibles. Las sillas y mesas estaban exactamente donde siempre habían estado, porque moverlas implicaría que tendrían que ser vistas, y verlas significaría admitir su existencia. La cocina era funcional, pero estaba muerta: los electrodomésticos permanecían desconectados, las superficies limpias, pero sin uso, como si hubieran perdido su propósito. En el dormitorio, las cortinas ultra gruesas transformaban el amanecer en un rumor lejano. Dormía con los ojos abiertos. O eso creo. Es difícil saberlo cuando abrir o cerrar los ojos se siente igual, como si ambas opciones fueran gestos inútiles contra un enemigo omnipresente.
La gente asumía que estaba ciego, lo cual era conveniente. Ser ciego es una explicación. Una categoría que la gente entiende. Lo que no entienden es que decidí no mirar porque padezco “Optofobia severa”.
La primera vez que fingí ser ciego fue en una cafetería. Las luces demasiado blancas y las mesas pequeñas eran una tortura ansiosa de mirar. La luz reflejada en el mostrador de mármol me golpeó con tal fuerza que tuve que cerrar los ojos. Cuando llegó mi turno, los mantuve cerrados.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó la chica del mostrador.
—No, gracias.
Ella pensó que no podía ver. Y en lugar de corregirla, simplemente asentí.
El truco funcionó mejor de lo esperado. La gente comenzó a darme espacio. Los extraños ofrecían ayuda para cruzar la calle, los conductores de autobús me hablaban con voces amables, los vecinos que antes no mostraban interés alguno cargaban mis bolsas de compras.
Lo que nadie sabía era que no estaba ciego. Lo que necesitaba era que el mundo dejara de empujarme a mirarlo, pues mirarlo con todas sus imperfecciones y aberraciones no solo me produce una ansiedad insoportable, sino que me produce pánico.
Hay algo en la luz que me asfixia. No es solo que sea brillante, aunque eso ya es bastante malo. Es que ilumina las cosas de una manera que las hace insoportablemente reales, burdas, peligrosas. Los objetos tienen un peso, pero no el tipo que puedes medir con una balanza. Es un peso existencial que tira de tus ojos hacia ellos y te obliga a reconocerlos.
—Eso no es real —dijo mi terapeuta, un hombre con gafas redondas que parecía un personaje de Dickens.
—¿Qué no es real? —pregunté.
— Que el mundo te quiere matar. Es tu percepción.
—¿Y qué es la percepción si no es realidad?
No respondió. Dejé de ir al terapeuta después de eso. No porque no quisiera ayuda, sino porque en su oficina, podía percibirlo, las lámparas parecían inclinarse hacia mí, como si estuvieran esperando que las mirara para asesinarme.
La última vez que intenté vivir como una persona normal fue hace dos años. Salí con las gafas de sol más oscuras que encontré y caminé hasta el parque. Me senté en un banco, tratando de ignorar el sol, las sombras de los árboles y las personas corriendo con sus botellas de agua. Abrí los ojos por un momento, solo un momento, y fue como si el mundo entero hubiera estado esperando ese instante. La luz se precipitó hacia mí como una inundación, arrasando todo a su paso. Las hojas de los árboles parecían cuchillos de carnicero, y el cielo azul se extendía sobre mí como una cesárea abierta.
Cerré los ojos y no los volví a abrir. Algunos días me pregunto si estoy muerto. No en el sentido literal, claro, porque todavía respiro y como. Si no en un sentido más profundo. La vida es algo que experimentas a través de los ojos, y si decides no mirar, tal vez dejas de estar realmente vivo. Es un pensamiento que trato de evitar, pero siempre vuelve, especialmente por la noche, cuando el apartamento está en silencio.
Esa noche, después de que el vecino tocó la puerta para ofrecerme ayuda con las compras, después de rechazarlo cortésmente, me senté en el sofá. No encendí las luces. No hacía falta. Las cosas estaban donde siempre, pero algo estaba mal. Lo sentí primero como una presión en el pecho, una opresión que me recordaba los días antes de que esto comenzara.
El silencio ya no era el usual, ese vacío al que me había acostumbrado. Este silencio era pesado, cargado de una energía que no podía identificar. Me levanté, sintiendo el suelo frío bajo mis pies, y caminé hacia la cocina. La electricidad del aire parecía seguirme. No estaba viendo nada, pero la sensación de ser observado era tan intensa que mi corazón comenzó a latir más rápido.
Abrí el grifo para buscar agua, pero nada salió. Giré la otra llave, pero seguía sin salir. El sonido que rompió el silencio no vino del grifo. Fue un golpe. Un único, seco y definitivo golpe, como si algo pesado, quizás el televisor hubiera caído en el dormitorio.
Me congelé. El golpe no se repitió, pero el ambiente se volvió más denso, como si algo estuviera esperando. Por un momento, pensé en salir del apartamento y pedir ayuda, pero abrir la puerta significaba exponerme al exterior. Afuera habría cosas que igualmente eran amenazantes.
Fui al dormitorio. Mi respiración era irregular. No encendí la luz. No la necesitaba. La cama estaba donde debía estar, el armario también. Todo estaba igual, pero algo se había movido.
Algo estaba ahí. No podía verlo, pero lo sabía. Lo sabía de la misma manera en que sabes que un vaso de vidrio está a punto de caer de la mesa. No era una sensación lógica. Era instinto puro, primitivo.
Retrocedí hasta la pared, buscando el interruptor de la lámpara. Cuando mis dedos finalmente lo encontraron, lo encendí, y la luz llenó la habitación de inmediato. Con pánico abrí los ojos y nada. No había nada allí. Pero la sensación no desapareció.
Los ojos me comenzaron a arder, no por la luz, sino porque me di cuenta de que había cometido un error. Había mirado. Había permitido que la luz iluminara las cosas, las definiera, las hiciera reales. Y al hacerlo, había invitado al mundo a invadirme de nuevo.
De repente, las paredes parecían más cercanas, como si el espacio se estuviera contrayendo. El oxígeno era más soporífero, más grasiento, y cada respiración era una lucha. Salí del dormitorio, casi tropezando con el marco de la puerta, y corrí al baño. Cerré la puerta detrás de mí, dejándome caer contra ella, con los ojos cerrados y las manos temblando.
El silencio regresó, pero no el habitual. Éste era peor. En algún momento, abrí los ojos. Solo un poco. Lo suficiente para ver el suelo, mis piernas dobladas, las baldosas frías bajo mis pies. Y entonces lo vi. No algo. No a alguien.
Lo que vi fue mi propio inframundo. Una creación personal que había estado esperando, acechando, acumulando toda su energía para este momento. No era una presencia tangible, pero estaba ahí, en cada rincón de mi visión. Era el peso de todo lo que había evitado mirar.
El agua del grifo comenzó a correr sola. El sonido del agua llenó el baño, pero no lo suficiente para ahogar el latido de mi corazón. Traté de cerrar los ojos, pero no podía. Era como si mis párpados estuvieran engrapados, forzados a seguir abiertos, forzados a mirar.
Y lo que vi no era nada. Y lo que vi era todo.
El mundo estaba ahí, en toda su intensidad, en toda su luz. No podía escapar de él. Mi cuerpo no se movió. Mi mente no pudo reaccionar. Sabía que, al final, la luz no solo ilumina. También quema, también mata, es blanca y es negra como la muerte.






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