J. Azeem Amezcua
—Ya estoy grabando. No encuentro la luz, pero traje suficientes velas y dos reflectores que compré en una tienda china en línea.
Una chica de cabello largo, sin mucho cuidado, sus ojos maquillados tienen un sombreado oscuro alrededor de ellos. A su espalda se distingue un corredor largo con muchas sombras: el pasillo de las psicofonías de la Facultad de Psicología de la UNAM.
—Así que, si las lámparas parpadean por la mala calidad, y si las llamas de las velas bailan es por el viento. ¿Cierto?
Camina hacia atrás sin dejar de enfocar su rostro cansado.
—No me creyeron, pero aquí estoy, dispuesta a aceptar el reto que nadie más quiso. Esta es mi historia.
No estoy loca. Hace exactamente un año recorrí las ofrendas que presumían creatividad en toda la extensión de las islas, rindiendo honor —a veces en broma— a entidades que no crees que vayan a visitar un proyecto escolar. La pasaba muy bien con la inspiración verde que me robó la credibilidad. Ya estoy limpia. Entonces lo fresco de la noche y la cerveza hicieron efecto. Todos los baños disponibles de Química, Filosofía, Derecho y la biblioteca siempre tenían mucha gente por el evento, así que caminé más lejos hasta mi santuario de confianza en Psicología. El problema fue sentirme valiente —tal vez por los estímulos— e ir sola.
Entré sin problemas a la facultad, ese día estaba abierto, casi esperándome. De cualquier forma, apenas serían las ocho, no era tan noche. Llegué hasta este mismo baño, que tenía todas las luces prendidas, no las sombras de esta sencilla lámpara. Hice lo que debía, me lavé las manos y al salir al pasillo empecé a sentir la vibra del ambiente muy rara. Tal vez me pegó de más el cigarro, así que no le di importancia y caminé de regreso a las ofrendas. Culpé a mis gustos por la iluminación tan opaca que recibieron mis ojos.
La sorpresa fue mayor cuando regresé a la explanada. Mi celular parecía ya no tener batería, no supe la hora exacta, pero no pude haberme alejado más de media hora, sin embargo, parecía haber llegado la medianoche.
Así como el ambiente, que hasta se sentía extraño al respirar, la gente parecía haber cambiado. Es parte de la costumbre recorrer esos pasillos con disfraces, pero no todos, la gente que caminaba y se detenía en cada ofrenda parecía lista para una marcha de temáticas similares. Me confundí mucho y me quedé mirando fijo a más de uno, pero la mayoría parecía estar en trance. Algunas ofrendas eran muy buenas, ninguna para hipnotizar. Hasta el hermano del pobre Diego se veía extraño, tal vez era por ser el único ser que se me hacía familiar entre tanta gente extraña, aunque tampoco lo recordaba lo suficiente, supongo que lo vi en el memorial que le hicieron frente a rectoría. Muchos estarán pensando en lo que descubrí tiempo después.
Lo más difícil de todo fue no encontrar a mis amigos. Los dejé en una ofrenda donde podíamos guardar las botellas y los cigarros con seguridad, o fueron a comprar más o de verdad algo pasó con el tiempo que no tenía explicación lógica.
Empecé a sentir mucha presión por la mirada de aquellas personas que recorrían los pasillos de las ofrendas. Me sentía un bicho raro a pesar de ser ellos los de disfraces inusuales, tan pálidos y con vestuarios fuera de época. Así que caminé hacia la cafetería del pasillo cerca de la biblioteca, la señora no cerraría su puesto en toda la noche y me conocía bien, fui a buscar la seguridad de la compañía más que una bebida caliente. Si no era ella, algún amigo tendría que estar cerca o en el camino, tenía más esperanza incluso que ahora. El año ha sido muy complicado y hoy se acabarán muchos rumores que se hicieron sobre mí.
Contra cualquier pronóstico, cuando llegué ningún puesto estaba abierto. Tanto el camino como el pasillo estaban vacíos. No había explicación. El ambiente seguía sintiéndose turbio, la vibra con matices demasiado oscuros. Sentí pánico infantil, como perder a mis papás en el súper o en una plaza.
Regresé casi corriendo a las islas, con la sensación de que las luces detrás de mí se apagaban con cada paso que daba para escapar. Cuando llegué no fue mejor: las ofrendas seguían ahí, con todos sus visitantes disfrazados. Cada uno parecía tener un lugar propio, todos de pie hipnotizados viendo las fotos y la decoración. Hubiera preferido que se quedaran así, porque su siguiente acción fue verme a mí. De repente, todos me observaban solo a mí. Caminé algunos pasos para alejarme de la idea, solo sirvió para confirmarlo, ahora yo era el único centro de atención.
Me persiguió la desesperación; también ellos. Primero caminé en dirección a Insurgentes; ya no me importaba encontrar o esperar a mis amigos. Cuando todos empezaron a caminar hacia mí, troté; aunque no aceleraron el paso, tampoco se detuvieron. Siguieron el mismo camino que yo. Varias veces giré la cabeza; caminaban en procesión sin perder mi pista. Subí las escaleras, di vuelta en la biblioteca y corrí hasta terminar en el estacionamiento. Seguían ahí, también dando vuelta en la biblioteca. No regresé a Psicología, subí por el circuito escolar hasta Insurgentes y caminé hasta el metrobús. Solo hasta cruzar hacia CONAGUA dejé de ver a esos seres.
Poco antes de cruzar hacia Gálvez, volví a ver gente normal; sin disfraces. La luz natural de la noche regresó a mi vista; para mayor sorpresa también la batería de mi celular, que marcaba las ocho cincuenta. No respondí ni los mensajes ni las llamadas perdidas de mis amigos, los de la última media hora, ni los siguientes dos o tres días.
—Cuando vean este video sabrán quién estuvo conmigo, cuánto tomamos o cuánto fumamos y deberán recordar si tratarme de loca fue justo.
El video seguía mostrando el baile constante del fuego, mientras algunas velas se iban apagando. Uno de los dos reflectores falló por completo, el otro perdió casi toda la intensidad de su luz.
—Tal vez ganaron. Nada está pasando. Regresaré a las islas, a contemplar las ofrendas con todos los muertos que buscan la luz, el camino.
El resto de velas se apagó como si una ráfaga antinatural hubiera barrido todo el pasillo. La chica gritó y corrió, sin darse cuenta de que mientras grababa, sombras con forma humana fueron eliminando cada punto de brillo, hasta que los fantasmas se llevaron todas las luces. Su noche daba inicio.





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