Desde pequeños les criaron para florecer. A los cinco años les enseñaron los preceptos, los cuidaron del exterior corrupto y les hablaron mil veces sobre el Padre Obel y su bendición. El Niño tiene diez años, es el más joven de los aspirantes a la ceremonia. Con los otros tres muchachos no se lleva tan bien, pero Ada es su mejor amiga; solo frente a Ada dibuja sin avergonzarse, porque le apena no mostrar a los adultos un buen trabajo: una obra como los ángeles del Padre Obel, aterradores en su magnificencia. El Niño cree que si hace una obra magna será bueno como todos los demás. 

El día de la ceremonia, las mujeres los bañan en un cuarto junto al gran salón. Les dan una túnica nueva y tibia, muy diferente a la ropa usada que suelen portar. A su amiga le colocan una corona de flores y a los otros les cepillan el cabello; murmuran una plegaria todos juntos. El Padre Obel habla de esos cinco niños como tesoros invaluables porque han sido los únicos que nacieron allí, incorruptos por el exterior y sus ideas egoístas. Antes de salir, Ada se acerca a él y lo toma de la mano. Ella también tiembla. A él le preocupa no florecer porque no es sumiso como Ada, porque no escucha las voces divinas ni puede dibujar los ángeles del Padre Obel. Las puertas se abren y desde el dintel se observa al resto de los adultos, en silencio. Los están esperando. 

El Niño recuerda al Padre Obel más como una estatua que como un ser humano. Le ha visto solo un par de veces, siempre en un capullo de cobertores gruesos que dos chicas poco mayores que Ada acomodan constantemente para protegerlo del sol. Al fondo de la sala, el Niño puede ver su silla de ruedas y, al centro, un rayo de luz proveniente del domo ilumina el tapiz hecho de rosas. En las escrituras del Padre, las rosas simbolizan el dolor que sus fieles experimentan en busca de la salvación, y los cinco deben echarse sobre ellas durante la ceremonia. El Niño asume que le duele caminar sobre las espinas porque aún no es lo suficientemente puro. Observa en dirección al Padre, pero los cobertores no le permiten ver su rostro. Ese inerte cascarón le es tan ajeno a los dibujos, a los sermones de herejía y paz que le han hecho leer desde hace años. Antes de que la obliguen a apartarse de él, Ada le sonríe con ese brillo de sal en los ojos, ese que recuerda cuando se acurruca con él en su dormitorio, cuando se abrazan y lloran en la oscuridad. Ella quiere seguir tomando su mano; él quiere llevarla consigo y salir corriendo juntos, pero las mujeres los separan. Una vez recostado y con el sol contra el rostro, el Niño logra vislumbrar una silueta adulta que se detiene a su lado. Siente el borde inferior de su túnica levantarse y entonces se le echan encima, envolviéndolo en oscuridad. 

Hace mucho soñé con un niño igual a mí. Estaba descalzo junto a la pileta, mirándose; volteó a verme y no me habló, pero de solo verlo supe muchas cosas. Supe que era un niño valiente y que también le gustaba dibujar, que corría por el pasto sin miedo a que se le ensuciaran los pies y que sabía cómo era el mundo fuera de aquí. Él podía dibujar con esos trazos largos con los que dibujaba el Padre Obel y no le daba miedo que miraran sus papeles porque hacía muy bien las cosas y él lo sabía. Él no sentía culpa cuando pensaba en aquel hombre que echaron por decir cosas que no se deben decir, por querer sacar a los niños de nuestra casa enorme para que fueran parte de una familia. Así lo llamó, familia: es cuando un par adultos consiguen un niño entre los dos y prometen cuidarlo y quererlo más que a todos los demás niños en el mundo. A ese que se veía igual que yo no le daba miedo admitir que quería una de esas familias, tal vez con otro niño para jugar y pelearse y al que no tuviera que abrazar mientras llora por la noche porque no hay razón para llorar. Aún abrazaría a ese otro niño, lo dejaría dibujar con él, pero dibujaría animales como los que vuelan sobre su cabeza y no lo que dibuja el Padre Obel porque el Padre dibuja demasiados ojos y bocas, y eso le asusta. A ese niño igual a mí no le importaba florecer. Y en ese sueño di un paso hacia él para preguntarle su nombre y qué hace cuando tiene miedo, pero empecé a oír personas gritando como si todos los adultos vinieran a preguntarme por qué estoy con un niño como ese y no buscando la salvación. Los gritos se acercaban más y más, me dolía el pecho como si algo se abriera en mi corazón: algo grande y lleno de dientes, que quería gritar, pero yo no se lo permitía porque—  

Si florezco no voy a poder ver el mundo. 

Una sensación de ahogo lo devuelve a la realidad: el peso inmóvil del adulto sobre él le aplasta los pulmones. Alrededor se escuchan gritos, cosas que se desgarran y crujen. Por el rabillo de su ojo alcanza a ver a los adultos correr, borrones que sollozan y gritan pero que no logra enfocar. Entonces capta a uno de sus compañeros arrastrarse por debajo de una pulpa informe de la que sobresalen un brazo y un hombro desprendidos hasta el omóplato. Al Niño le parece absurdo, le recuerda a las patas de pollo hervidas que tanto asco le dan, pero eso era antes una persona. El muchacho que logra salir tiene la cara llena de sangre y vísceras, que contrastan con el verde olivo de sus ojos. En los jirones de su túnica no queda ni un poco de blanco. La túnica del Niño también está sucia, pero aún no puede respirar. 

La gente corre en dirección a la puerta, pero el Niño no entiende por qué no pueden salir, no sabe que las puertas están cerradas y que la llave se perdió en el tumulto. Él solo observa al otro muchacho llevarse las manos a la cara, abrir la boca y echar la cabeza hacia atrás. El Niño lucha por llenar sus pequeños pulmones de aire. Un dolor de cabeza le punza entre las sienes.

La boca del muchacho se sigue abriendo, la quijada se desprende y desborda hacia el esternón: dientes y lengua fluyen hacia los pectorales mientras la frente y los ojos migran hacia la espalda. Con un crujido, el cráneo se rompe y se hunde, mezclándose con las vértebras como un cirio encendido durante el sermón. El abdomen huesudo del adolescente se hincha hasta convertirse en una masa visceral, las rodillas ceden hacia los lados y se fracturan, girándose en dirección inversa. Lo que antes eran manos aún siguen manteniéndose contra la cara, pero los dedos se funden con los pómulos, brazos flexionados a la altura del codo se convierten en aletas improvisadas mientras la estructura ósea colapsa en un montículo de tumores y carne mitad licuada que escurre entre las rosas.  

El Niño no grita porque apenas puede inhalar. Sus dedos buscan tracción en el suelo, pero sigue atrapado. La criatura deforme parece querer hablar, pero su tráquea produce gorgoteos, no puede sino sacudirse como un pez fuera del agua, mirar alrededor con sus ojos verdes, estrábicos y obstruidos a medias por su propia corporeidad. Con lentitud, el monstruo antes muchacho se rueda sobre su rostro, ocultando su boca como las estrellas marinas. Se empieza a arrastrar entre susurros, una maltrecha oración. 

Cuando ya no le queda fuerza para seguir luchando, alguien libera al Niño del peso que presiona sus costillas. Su visión se aclara. No está seguro de cuánto tiempo pasó, pero el caos continúa. La aberrante estrella ya ha encontrado qué comer y otras dos criaturas atrapan personas con su perversa anatomía de depredador. Los pies del Niño no se mueven y entonces un grito le eriza la piel: un grito roto, cercano y familiar y, ¿Dónde está Ada? El Niño no se mueve, los instantes transcurren como cera al gotear. Huele a pus, muerte y rosas. Aún sentado, el Padre Obel continúa sin expresión, encerrado en su capullo, incapaz de moverse sin seguidores que carguen con él. Detrás del Niño, una sombra se alarga. Más que erguirse, la criatura se desenvuelve: brazos largos que casi rozan sus tobillos, patas palmeadas sobre las que venas enormes no dejan de palpitar. La absoluta falta de piel expone las fibras musculares en tensión. Debe medir unos tres metros de alto; en lugar de rostro, una boca enorme dividida en siete mandíbulas repletas de dientes afilados. El monstruo grita, levanta la cabeza como para ver alrededor, aunque le faltan los ojos, y el Niño continúa paralizado por la terrible magnificencia y por no abandonar a Ada. No la puede dejar sola.  

(Allí hay un ángel que puede dibujar).  

De algún modo, la aberración lo percibe. Se acerca a él y de su cuello aún cuelga una corona de flores. Así, tan cerca, el Niño puede oler su aliento de vómito y, al abrir las fauces, brillan incontables hileras de dientes que brotan de un núcleo oscurísimo, como una rosa que abre sus pétalos al sol. 


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