Hay algo profundamente sospechoso en el cuerpo: el cuerpo nunca está completamente de nuestro lado. Late sin pedir permiso, enferma sin consultar y envejece con una terquedad casi ofensiva. Podemos tener grandes planes para el futuro, una agenda organizada y hasta una suscripción al gimnasio, pero basta con que una célula se levante de malas para recordarnos quién manda aquí.

Y, sin embargo, insistimos en decir que el cuerpo es “nuestro”. Como si tuviéramos las escrituras de propiedad. Como si hubiéramos firmado un contrato con el hígado, los pulmones o el sistema nervioso. La realidad es menos agradable: habitamos un sistema biológico que funciona por su cuenta y que, de vez en cuando, decide recordarnos que nunca tuvimos realmente el control.

Ahí es donde aparece el body horror nos obliga a mirar aquello que normalmente preferimos mantener fuera de nuestra línea de visión: la enfermedad, la deformación, la putrefacción, la mutación, la carne abierta y, sobre todo, la posibilidad de que nuestro propio cuerpo se convierta en algo que ya no reconocemos.

¿Por qué funciona tan bien? ¿Por qué algo capaz de producirnos repulsión también puede obligarnos a seguir mirando? Tal vez porque toca una de las mentiras más cómodas que hemos construido sobre nosotros mismos: la idea de que somos sujetos coherentes que habitan cuerpos obedientes.

Nos gusta pensar que somos “alguien” y que el cuerpo es apenas el vehículo. El conductor está adentro y el automóvil puede recibir mantenimiento. Qué tranquilizador. Y qué poco cierto.

No somos una conciencia que casualmente posee un cuerpo. Nuestra relación con el mundo ocurre a través de él. El cuerpo no es un objeto que llevamos encima; es nuestra manera de existir. No tenemos un cuerpo; somos cuerpo.

La frase puede sonar bastante bonita. El problema es que el body horror se encarga de demostrar lo desagradable que puede ser. Porque si somos cuerpo, no existe una distancia segura entre nosotros y la carne que se pudre, sangra, se deforma o enferma. Cuando el cuerpo cambia radicalmente, no estamos viendo cómo se destruye un objeto: estamos viendo cómo se tambalea nuestra propia identidad.

El concepto de lo abyecto, desarrollada por Julia Kristeva, de aquello que nos parece desagradable, pero que también pone en crisis nuestras fronteras: entre lo limpio y lo sucio, entre lo propio y lo ajeno, entre el sujeto y el objeto.

La sangre es un buen ejemplo. Mientras está dentro del cuerpo, significa vida. Cuando sale, cambia inmediatamente de significado. La misma sustancia pasa de ser parte de nosotros a convertirse en algo que debemos limpiar.

El body horror disfruta particularmente de esa frontera. La rompe, la estira y la perfora. Nos obliga a mirar lo que normalmente mantenemos oculto y nos recuerda que debajo de la superficie somos una mezcla de fluidos, tejidos y órganos, y hacemos todo lo posible por olvidarlo.

Vivimos obsesionados con optimizar el cuerpo. Dietas, gimnasios, cirugías, suplementos, tratamientos antiedad. Todo un mercado dedicado a convencernos de que el organismo puede ser administrado como un proyecto empresarial. El body horror responde: “Qué bonito. Ahora mira cómo se pudre.”

El cuerpo no es únicamente un organismo: también está regulado por normas sociales. Aprendemos cómo debe verse, cuánto debe pesar, cómo debe comportarse y qué debe ocultar. Por eso el cuerpo monstruoso puede ser también un cuerpo rebelde. Un cuerpo que cambia sin autorización rompe las reglas. Uno que no encaja, que se desborda o que deja de comportarse como debería demuestra que muchas de nuestras categorías supuestamente “naturales” son, en realidad, construcciones bastante frágiles. Y entonces aparece otro elemento fundamental: lo siniestro, el Unheimlich freudiano. Aquello que siendo familiar se vuelve extraño.

El cuerpo es perfecto para producirlo. Una mano sigue siendo una mano, pero si comienza a moverse por voluntad propia deja de ser tranquilizadora. Un rostro sigue siendo un rostro, pero si cambia lentamente hasta volverse irreconocible, algo dentro de nosotros empieza a gritar.

El body horror convierte lo familiar en amenaza. Y pocas cosas son más familiares que nuestro propio cuerpo. Por eso el género tiene una ventaja que otros tipos de horror no poseen: no necesita convencernos de que el monstruo existe. Nosotros ya existimos. Y ya estamos hechos de aquello que nos produce miedo. Pero si nos repugna tanto, ¿por qué seguimos mirando?

Porque la repulsión no siempre elimina la curiosidad. A veces la aumenta. Hay algo casi científico en nuestra fascinación por el horror corporal: queremos saber hasta dónde puede llegar el cuerpo antes de dejar de ser reconocible. ¿Cuánto puede cambiar un cuerpo antes de que cambie también la identidad?

Si reemplazamos una parte del cuerpo, ¿seguimos siendo nosotros? Si nuestro rostro cambia, ¿seguimos siendo la misma persona? Si nuestras células se transforman hasta producir algo completamente distinto, ¿en qué momento dejamos de ser humanos?

El body horror convierte estas preguntas filosóficas en imágenes. Y quizá esa sea su mayor virtud. Porque no habla realmente de monstruos. Habla de nuestra incapacidad para aceptar que somos materia: materia que siente, cambia, enferma y finalmente deja de funcionar. Podemos comer bien y enfermar. Hacer ejercicio y envejecer. Cuidarnos y aun así morir. Podemos tener todos nuestros planes perfectamente organizados y desaparecer antes de terminar la lista de pendientes. Es una idea bastante desagradable. Pero también es cierta.

Al final, el body horror nos fascina porque nos obliga a reconocer algo que preferimos ignorar: la carne nunca fue completamente nuestra. Siempre estuvo cambiando, deteriorándose y acercándose a su final. Nosotros simplemente preferimos no mirar. Hasta que una película, un libro o una criatura imposible nos obliga a hacerlo. Entonces descubrimos que el monstruo nunca necesitó entrar a la casa. Ya estaba viviendo en ella, y tenía nuestro nombre.


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