Como casi todas mis anécdotas, esto pasó cuando era una escuincla de unos siete años.
Mi mamá me llevó, como era costumbre, a la librería para escoger el próximo libro que formaría parte de mi pequeña colección. Recuerdo perderme entre miles de títulos, millones de ilustraciones y un sinfín de historias que quería devorar, hasta que unos gritos me arrancaron de golpe de ese trance.
—Guácala, yo no voy a leer eso —exclamó una niña que, como yo, llevaba vestido y el pelo recogido en una coleta.
—Pues te aguantas, mamá dijo que me tocaba escoger —replicó el que supuse era su hermano mayor.
—Dijo que era algo para los dos…
La discusión siguió, pero dejé de prestar atención cuando mis ojos se clavaron en el título del libro: El más asqueroso libro del cuerpo humano.
Sentí la tentación de hojearlo, pero no lo hice. Después de todo, no tenía ninguna necesidad de aprender sobre la viscosidad de los mocos, la pus amarillenta o cómo se formaban los pedos.
O eso creía.
Porque había otras cuestiones físicas —más perversas, más íntimas— que a mí y a mis compañeros de salón nos fascinaban de una manera casi ritual. Juegos que los adultos describían como bárbaros. Uno en particular: El Abecedario.
Era un “juego” sencillo.
Uno frotaba una goma de borrar contra la mano de otro mientras recitaba el abecedario. Al detenerse en una letra, quien recibía el castigo tenía que responder con algo —una comida, un animal, cualquier cosa— que empezara con esa letra. Mientras más tardabas en contestar, más rápido y con más fuerza te tallaban la piel.
Hasta abrirla.
Había algo placenteramente hipnótico en ver cómo la epidermis se desgastaba, cómo se levantaba en pequeñas virutas rosadas hasta quedar roja, brillante, viva.
A esa edad parecía que mientras más daño le hicieras al prójimo, más divertido era el juego.
No tanto por el dolor.
Sino por el espectáculo.
Por ver la sangre brotar de una nariz reventada en los quemados o la marca caliente de una quemadura por fricción inflándose sobre la piel.
Y aunque algunos adultos se escandalizaban, la mayoría de esas heridas no pasaban de ser accidentes menores. Una costra, un moretón, un raspón que con el tiempo se convertía en anécdota.
Hasta que no.
Escuché alguna vez que ser padre consiste, básicamente, en mantener con vida a una criatura que parece empeñada en destruirse. Y si no me creen, bastaría con llamar a mis padres para corroborarlo.
Porque aquella vez el juego no parecía peligroso.
Era una simple botellita en el jardín con mis primos. Verdad o reto. Comer algo asqueroso, hacer alguna ridiculez, aguantar humillaciones pequeñas.
Pero mi primo —que Dios lo perdone porque yo no— propuso un reto ejemplar:
Subir lo más alto posible a uno de los postes oxidados del jardín.
Y para demostrarle a absolutamente nadie que yo no era una cobarde, empecé a trepar.
Mis manos se aferraban a los fierros horizontales, rugosos, calientes por el sol. Un peldaño más. Otro más.
Ya me veía abajo, bailando mi victoria.
Hasta que mi pie resbaló.
Y el resto de mi cuerpo obedeció.
Todo ocurrió en un parpadeo: el cielo azul, las nubes blancas… y luego mi muslo abierto.
No recuerdo el golpe.
Ni el grito.
Ni la sangre.
Recuerdo otra cosa.
Las bolas de carne.
Redondas, húmedas, brillantes, asomándose desde mi pierna como si algo dentro de mí hubiera decidido salir a respirar.
En la caída, uno de esos fierros color óxido me había rajado el muslo como una navaja.
La piel se había abierto con una precisión obscena.
Y ahí estaba yo, mirando mi propio interior.
No como una herida.
Sino como una revelación.
Carne viva. Tejido expuesto. Líquido transparente resbalando entre fibras rosadas. Mi cuerpo convertido en algo ajeno, grotesco, como si me hubieran arrancado el disfraz de niña y debajo sólo hubiera quedado materia blanda.
No podía dejar de mirar.
Por shock, por horror o por puro morbo.
Mis ojos se quedaron atrapados ahí, contemplando cómo mi cuerpo salía de mí.
Sin saberlo, un juego de niños se había convertido en una película gore.
Y yo era la protagonista.
De camino al hospital no dejaba de pensar en aquel libro por el que los hermanos discutían.
Me había negado a leerlo porque creía que el cuerpo humano era asqueroso sólo en sus funciones más simples: mocos, pus, gases.
Pero ahí estaba yo, recostada en la parte trasera de un coche, sosteniendo mi propia pierna abierta entre las manos, viendo mi carne palpitar como algo vivo y ajeno, algo espeluznante que ya no me pertenecía.
Y no pude evitar preguntarme si aquellas bolas de carne, expuestas y temblorosas, también tendrían una página en ese libro.



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