Beatriz Vázquez Torres

El mal que la llevó a la muerte empezó un día cualquiera con un dolor casual, insignificante, en el lóbulo de una oreja. Una sensación comparada a la mordida de un insecto, que pronto fue empeorando y que poco después sintió también en el lóbulo de la oreja derecha. Estaba acostada boca arriba procurando un poco de comodidad, cuando comenzó a llorar ante el súbito recuerdo de la hija. Habían pasado dos semanas, y por fin pudo sentir, quizá por el efecto antibacteriano de las lágrimas, un poco de alivio, pero las orejas continuaron descomponiéndose, podridas, sobre la almohada.

Nunca le perdonó a la hija que se fuera. A veces se quedaba sentada con la mirada perdida en el piso, pensando qué le impedía salir de allí. Mientras comía sola sentada a la mesa, divagaba pensamientos oscuros. Dejarme atar fue tan fácil, se decía, soñaba, como siempre. Creo que sueño que estoy bajo el agua porque muevo las piernas mientras siento que me hundo. Tan fácil que sería salir de esta poza. Hacía años que, aunque pudiera, ni siquiera abría las persianas. Deambulaba por la casa esperando una llamada, una carta, ahogada en los recuerdos.

Se abandonó a su cuerpo anestesiado, llena de rencor por haberlo dado todo: la ilusión de sus sueños, la juventud de sus órganos y la fuerza de sus extremidades. Había días en los que cocinaba con aparente gusto; le hacía feliz tocar una zanahoria, poder pelar una papa, oler las manzanas y saborear las fresas. A veces hasta horneaba galletas de mantequilla. Esos instantes fugaces de felicidad terminaban cuando terminaba de preparar la cena. Entonces se hundía en la penumbra del sofá, ensortijando mechones de cabello mientras veía televisión, y el cuerpo se le iba degenerando mediante signos imperceptibles. Una diminuta mancha roja se convirtió en una llaga inflamada y maloliente, aunque indolora. Creció alrededor del antebrazo y nunca cicatrizó. Los gusanos comían de ella bajo la manga sucia y acartonada del algodón.

Pasaron diez años. Para entonces, ella y la casa eran una misma cosa deteriorada y fea. Las paredes eran un tapiz mugriento por donde se paseaban los insectos en la oscuridad de la noche, el piso era un pegostle por tantos años sin barrer o trapear y había comenzado a crecer la mala hierba entre las fisuras del terrazo de la cocina. Ella, a su vez, era un cuerpo que parecía haber salido de ultratumba luego de haber sido enterrado vivo. Tenía heridas abiertas como resultado de costras arrancadas, en ambos brazos y en el cuello, que no terminaban de cicatrizar. El pelo largo, enredado y canoso, se adhería a la carne viva de la espalda, sus párpados caían pesados sobre las escleróticas purulentas y amarillas, como los de un gato moribundo

—¿Es usted Corina Saucedo? —preguntó una voz en el teléfono— Su madre ha fallecido hoy en la tarde.

Corina caminó desde la que había sido su habitación hasta el cuarto de baño. El linóleo del piso estaba despintado y descascarado por las esquinas. Pequeñas arañas se balanceaban de las paredes polvorientas y el Cristo, vigilante, colgaba de un crucifijo de madera pegajoso y sucio. El lavamanos estaba cubierto de una costra vieja de jabón y pasta dental. Una luz tenue irrumpía en la sala a través de la cortina contra la cual, años atrás, su madre yacía en el sofá con un brazo colgándole hasta el piso.

Mamá, te has quedado dormida, recuerda haberle dicho, acomodándole el brazo en el pecho.

Una vez culminadas las exequias, Corina no pensaba regresar al pueblo, así que realizó los trámites para registrar la casa como cementerio familiar y poder enterrar a su madre en el patio trasero, en el espacio donde, durante su ausencia, ella había plantado un jardín.

La ceremonia fue breve. Salvo el personal de la funeraria y un hombre que pasaba por allí y que se ofreció a ayudar a bajar el féretro a la fosa, no vino nadie más. En el jardín, sembrado de hortensias negras, con el ruedo del vestido blanco tocando el empedrado frío, Corina leyó en voz alta en el antiguo testamento el pasaje de la viuda de Sarepta, respetando la última voluntad de su madre. Mientras leía recordó que, de aquella historia, su madre siempre recalcaba la crueldad de que un dios te desgarrara el alma quitándote un hijo para luego devolvértelo, como quien te quita y te devuelve un caramelo. Con los dedos detenidos sobre el papel de lino de la Biblia, Corina recordó la forma en que se había marchado. Sin explicaciones. Sin un: Mira mamá, he estado pensando que aquí no puedo llevar a cabo mis planes. Necesito irme a otra ciudad, quizá a otro país. ¿Qué te parecería si me fuera un tiempo? No hubo nada de eso. Corina tomó la mochila con algo de ropa y unos cuantos libros. Corina cerró la puerta. Corina se fue. Le prometió que escribiría. Y escribió. Un par de veces. Mamá, ya llegué.  Mamá, ya me matriculé en el instituto. No te preocupes, mamá. No necesito un coche. Viajo en autobús y, si no, en bicicleta. Después pasó un año. Después pasaron dos años. Y ya no hubo cartas.

En la casa vacía, su madre recuerda. Mamá, te has quedado dormida. Está recostada en el sofá. Tiene la cabeza reclinada sobre el cojín y desde allí puede ver el crucifijo en la pared. Sostiene el bolígrafo frente a la página en blanco de la carta que no escribe. Mamá recuerda las clases de catecismo que Corina tomó cuando tenía siete años, recuerda el vestido blanco de la primera comunión; los zapatos le quedaban pequeños. Me dolieron los pies hasta el día siguiente. Mamá recuerda el nacimiento de Corina. Por poco no nace, reflexiona. Parpadea lento. No se da cuenta de que la piel se le ha ido desprendiendo, y un ojo se ha caído de su órbita. Corina hace un borrón en el papel y mamá se levanta como puede del sofá, dejando un rastro de tendones y tejidos y parte de la ropa que llevaba puesta. Corina toma otra hoja de papel, mamá, te has quedado dormida, y en la oscuridad polvorienta de la casa mamá abre la persiana. El aluminio hace un clac al abrirse y ella se queda inmóvil, esperando a que el eco se disuelva en la profundidad. Afuera era de día, podía ver el verde claro de los árboles y las rosas voluptuosas y rosadas que colgaban por su peso en los jardines ajenos. Entonces decide que ya es hora de salir de allí. Su voz, que es apenas un susurro, no puede gritarle a la persona que va pasando frente a la casa. ¡Oiga! La persona es un hombre y no voltea. Entonces arrastra los pies despellejados y se apresura a abrir la puerta. Se sujeta del portón de hierro y ve que el candado está abierto. Aún puede ver al hombre. Quita el candado a toda prisa y sigue susurrando oiga, oiga, ¡espere! ¡Qué guiñapo de cuerpo ha atravesado el umbral!

¡Oiga! ¡Por fin pude salir!

Está descalza y encorvada, sosteniendo con ambas manos las vísceras que brotan de su vientre abierto. Sonríe aliviada porque el hombre la ha escuchado y camina hacia ella, dudoso, lento, horrorizado por el cuerpo que se acaba de derrumbar ante él, en un charco de sangre y de órganos, frente a la puerta.

—¿Es usted Corina Saucedo? —dice la voz al otro lado de la línea— Su madre ha muerto hoy en la tarde.

Corina soltó el bolígrafo, y tiró el papel al cesto de la basura.


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