Margarita Aurora González Ramírez

1.

Cuando mi abuelo murió todo se volvió extraño. Yo me sentía ajena a mí misma, a mi cuerpo. Me sentía otra. Mi cuerpo estaba cansado y adolorido por las constantes contracturas que lo aquejaban en el cuello, los brazos y las piernas. No sabía cómo detener el dolor, cómo apagarlo, aunque fuera por unos minutos. Sentía como si dentro y fuera de mí ocurriera algo, como si algo en mí misma se estuviera reconstruyendo.

Algunas cosas ya eran un poco diferentes días antes de que él muriera. Se sentía en el ambiente. Las plantas se marchitaron; parecía que ellas, antes que todos, sabían que estaba muy cerca el final. En el patio encontramos palomas muertas que misteriosamente desaparecieron. La luz de la casa se fue a la misma hora durante cinco días. La señal de los teléfonos celulares falló durante esos mismos cinco días. De la noche a la mañana, la casa se volvió gris y el calor que siempre la caracterizaba, se esfumó.

Esos días fueron muy largos y pesados. Y yo estaba extenuada. No tenía ganas de hacer actividad alguna; tampoco tenía hambre, y cada día representaba un gran esfuerzo. Dos días antes de que mi abuelo muriera, mi cuerpo se venció. No pude levantarme de la cama, mucho menos pensar en moverme. El cuerpo, mi cuerpo, ese cuerpo, simplemente no reaccionaba, y con ello apareció una picazón persistente que era insoportable. Estuve en cama, tratando de encontrar una explicación a mi condición.

Yacía acostada boca arriba, tiesa, sin poder cambiar de posición y contemplando los diferentes matices del techo. Me concentré en la blancura y las imperfecciones rugosas del tirol. Cuando por fin conseguí dormir, vi una tarántula negra, grande e inmóvil, que estaba en la misma posición que yo y me miraba con esos ojos redondos, inciertos e inquietantes.

Al día siguiente recuperé un poco el movimiento pero me di cuenta de que no veía bien, pues las cosas se presentaban borrosas, cubiertas por una neblina espesa. Además, tenía la piel reseca y se había empezado a cuartear. Ni siquiera la crema más humectante consiguió reparar el daño. Mi abuelo estaba muriendo y yo solo sentía el dolor que parecía disolver mi cuerpo y que estaba empezando a enloquecerme. El día que él murió, yo también morí.

2.

El dolor y la picazón nunca se fueron. Descubrí que estaba embarazada y más de una vez cruzó por mi mente la idea de abortar, pero no lo hice. Sabía que ese niño que crecía dentro de mí haría muy feliz a su padre, así como mi hija me hacía feliz a mí, y decidí tenerlo para después entregárselo. Se lo debía. Fue el único gesto bueno que tuve con él.

Ese embarazo fue terrible. Caí en una profunda depresión. Estuve en reposo durante los primeros dos trimestres. Entre el estrés y la picazón incontrolable que me recorría el cuerpo, no tenía tregua. Tuve un fuerte episodio de caspa que duró meses. Las costras blanquecinas se me desprendían del cuero cabelludo a la menor provocación. El dermatólogo dijo que la psoriasis estaba en una etapa severa y que debía tener muchos cuidados. Todos los días, frente al espejo, veía cómo mudaba de piel.

La piel que cubría mi vientre se caía en jirones y formaba una cáscara dura y blanca. Sentía una gran angustia en el pecho. Pasaba noches inquietas y tenía muchas pesadillas en las que aparecía la tarántula que soñé antes de que muriera mi abuelo. Estaba boca arriba: crecía y crecía.

El tiempo pasaba y yo seguía en cama, perdiendo la piel y siendo la mujer más infeliz, porque mi instinto materno despertó con mi hija y con ella se quedó. El último trimestre del embarazo fue horrible, las contracturas en el cuerpo eran más fuertes e interminables. Mis tobillos tronaban. Un mes antes del nacimiento del niño, mudé una capa gruesa y blanquecina de piel. Había escamas en ella. Yo estaba muy inquieta. Y después de eso estuve inmóvil un par de semanas. Solo quería expulsar a esa bola de carne.

Cuando el niño nació, no lloró: gruñó. Lo vi, era muy grande para ser un recién nacido y estaba envuelto en una capa blancuzca que crujía, y a su piel la recubría un vello negro e hirsuto, muy parecido al de las tarántulas que había soñado. Después de eso, se lo entregué a su padre y no volví a saber de ellos.

Mi piel se recuperó pero mi vista no volvió a ser la misma. De manera imprevista, aprendí a guiarme por las vibraciones de las cosas y de las personas. Ese día yo volví a nacer. Era la misma y era otra, había tenido otro hijo, que no quería, y me había quedado vacía de mí. La tristeza se alejaba. Poco a poco fui sintiéndome dueña de mí, de lo que fuera yo en ese momento.

Entonces te llamé.

3.

Llegué al departamento muy temprano. En cuanto abrí la puerta, me cegó por completo la luz que entraba en el comedor. Me recosté en el suelo porque no me sentía bien. Te vi, o eso creí. Me acerqué. Las imágenes se sucedían muy rápido, pero me pareció ver una foto de nuestra hija. No respondiste cuando te hablé. Yo caí en un sueño profundo. Cuando desperté, estabas frente a mí. Las patas delanteras de la tarántula te aprisionaban. Se acercó a ti y el mordisco que te dio fue agresivo y dulce a la vez. No dejabas de mirarme. Sentí cómo tu fuerza se iba perdiendo. Mi abuelo siempre te quiso. El veneno ya estaba haciendo efecto y pronto serías mi alimento.


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