Félix Quispe Osorio

El agua de la laguna de Paca no es azul; es de un verde que parece tragarse la luz. Anyel bajó la mirada a sus manos y el rojo de la sangre era tan vibrante que le dolía en los ojos; la viscosidad se le pegaba entre los dedos, mezclada con pedazos de piel muerta y escamas translúcidas. Los primeros rayos del sol de los Andes empezaron a filtrarse por las grietas de los cerros, lamiendo la superficie del agua y recordándole que el tiempo de ocultarse bajo las mantas sucias había terminado. El dolor en sus extremidades era un grito sordo, una pulsación que rítmicamente le decía que ya no pertenecía a la tierra firme.

***

Anyel no siempre fue un monstruo. Hubo un tiempo en que fue una niña de trenzas apretadas que corría por las orillas de Paca, aunque siempre con un nudo de miedo en la garganta. Su historia estaba escrita con la humedad de la tragedia. Su madre se quedó en la laguna una noche de tormenta eléctrica, exhalando su último suspiro mientras Anyel llegaba al mundo entre el barro y los truenos. Creció bajo la sombra de esa ausencia, jurando que nunca tocaría el agua que le arrebató el calor materno. Pero la laguna es egoísta y reclama lo que cree suyo. Años después, su padre, un pescador de manos callosas, no regresó de la faena. Anyel lo buscó bajo la lluvia torrencial, gritando su nombre hasta que la garganta le sangró, viendo solo las ondas frías que se tragaban el eco de su voz. Se quedó sola, habitando la vieja casa de tapia, acompañada únicamente por el balido de unas cuantas ovejas flacas y el vuelo circular de las parihuanas sobre el agua.

***

La transformación comenzó como una picazón inocente, pero pronto se tornó en una pesadilla anatómica. Una mañana, mientras se calzaba las ojotas, Anyel sintió un crujido seco: las uñas de sus pies se desprendieron con una facilidad espantosa, dejando al descubierto una carne viva, de un rosado purulento que pronto empezó a cubrirse de escamas duras y tornasoladas. El horror no era solo visual; era el olor a pescado podrido que emanaba de sus propios poros.

El aislamiento se volvió su única armadura. Se ocultaba de los pobladores, temiendo que vieran cómo su humanidad se desmoronaba. Lo peor ocurrió cuando sintió que la piel de sus muslos empezaba a fusionarse. Desesperada, recordó una navaja suiza que un turista había olvidado cerca del muelle meses atrás. Con manos temblorosas y los dientes apretados contra un trapo, Anyel hundió el metal en la membrana que unía sus piernas.

El corte fue sucio. La sangre, demasiado espesa para ser humana, bañó el suelo de tierra mientras ella intentaba separar lo que la naturaleza se empeñaba en unir. Cada tajo era un sacrificio a una identidad que se le escapaba entre los dedos.

***

En su desesperación por sentir un rastro de humanidad, intentó acercarse a una anciana que solía recoger leña cerca de su cabaña. Pero cuando Anyel emergió de las sombras, con su caminar errático y la piel cubierta de parches de escamas que brillaban bajo el sol, la anciana retrocedió con un grito de pavor, persignándose ante la «condenada». Desde entonces, el contacto se redujo a la distancia del agua.

Anyel ya no podía caminar. Su vida ahora transcurría en la laguna, donde el frío entumecía el dolor de sus mutaciones. La anciana, movida por una mezcla de lástima y superstición, regresaba a veces a la orilla. —¡Sal de ahí, hija! —le gritaba desde la orilla, extendiendo un plato con papa y queso—. El agua está helada, te va a agarrar el aire, te vas a morir de frío.

Anyel solo asomaba la cabeza, devorando la comida con una voracidad animal, sin poder explicarle que el frío de la laguna era el único lugar donde su nueva piel no ardía. Ella sabía que, para volver a ser gente, para caminar de nuevo hacia la plaza, debía mantener sus pies separados. Debía seguir cortando.

***

La última noche fue la más silenciosa. Anyel despertó antes del alba, sintiendo un peso muerto al final de su tronco. Ya no había dolor, solo una extraña y fluida plenitud. Al retirar las mantas empapadas de fluidos, no encontró rastro de sus pies, ni las heridas que ella misma se había infligido con la navaja.

Donde antes hubo dos extremidades humanas, ahora se extendía una poderosa y única cola de pez, cubierta de escamas de un verde metálico y azul profundo. Sus pies se habían fundido para siempre en una aleta caudal que golpeó el suelo de madera con un sonido sordo y húmedo. Ya no había nada que cortar. La laguna de Paca finalmente se había terminado de cobrar su deuda, y Anyel, con un último suspiro que sonó a burbuja rompiéndose, se arrastró hacia el agua para nunca más volver a mirar el sol desde la tierra.


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