Ximena Moreno

No me despido y cuelgo el teléfono. Mamá pregunta desde la cocina quién llamó. «Era Olivia», contesto, y sin precisar más palabras, ella entiende el mensaje. Una llamada suya es como un incendio difícil de apagar. «¿Otra vez lo mismo?» pregunta sin preguntar. No espera una respuesta; más que una pregunta, ella enuncia una sentencia. —Dice que esta vez es en serio —contesto igual—. Dice que lo siente moverse adentro. Mamá nunca se ríe, pero ahora lo hace. Y me asusta. Los cachetes se le hinchan como si le hubiesen inyectado un botox exagerado. La papada, esa masa floja que siempre le cuelga, se infla hasta parecer la de un sapo. No es una risa natural: es una carcajada grotesca, como si alguien le hubiese contado un chiste muy bueno. Como puede se agarra de la mesa con una mano y con la otra se pellizca el pecho. Se inclina hacia adelante como si tuviera una boca enorme en el estómago que le devora los órganos. Le duele, o eso parece. Se abraza el abdomen como intentando asfixiar algo. La risa a veces lastima, sobre todo cuando viene cargada de odio. Su cuerpo se va encogiendo de a poco y la baba se le prende como rabia en los dientes. Llora con el sentimiento de un niño y, mientras lo hace, se ríe más fuerte hasta que termina hecha un bollito en el piso, como un bebé en posición fetal.

Más tarde tocan el timbre. Es mi hermano que viene a cenar con su novia, como lo habían prometido. Renato trae una botella de champán en una mano y Olivia luce un vestido blanco. Sus manos descansan sobre la base de su pequeña pero prominente panza de embarazada. Mamá pone la ensalada en una punta de la mesa y la carne en la otra; se dispone a servir. Cuando Olivia intenta agarrar la ensaladera, mamá le pega en la mano con el tenedor: «No seas maleducada, esta es mi casa y yo sirvo». Renato se la queda mirando, pero no dice nada. A mamá no la desobedece ni le contesta. Yo tampoco. Con el tiempo aprendí que morderme la lengua es un acto de supervivencia. El calor de la plancha es una temperatura que mi espalda reconoce muy bien. ¿Mi hermano también tendrá cicatrices? Tal vez por eso nunca lo vi sin remera. «¿De cuántos meses estás?», intento saber, mientras observo el vientre redondo y simétrico. «De unos tres o cuatro meses» contesta, no muy convencida. «Cuando te haces la ecografía te dicen la fecha», interviene mamá, que en ese instante empieza a toser cuando se atraganta con una miga de pan. Mi cuñada baja la mirada, como si se sintiera incómoda por el comentario y finalmente responde: «no me hice los examenes para confirmarlo, no los necesito. Yo sé que espero un hijo».

Mientras mamá se pone los guantes para lavar los platos, Olivia va detrás intentando ser útil en algo. En ese momento Renato sale a fumar al patio y yo lo sigo.

— ¿Crees que esta vez…?

— No sé. A veces pienso que todo se va a repetir— da una pitada.

— Mamá dice que es una mentirosa y que ese nieto nunca va a nacer.

— No escuches a mamá, lo dice porque nunca quiso a Olivia.

Tira la colilla y mientras la apaga con el zapato, Olivia lo sorprende por detrás con un abrazo infantil. Se dan un beso que me incomoda y después le pregunto si puedo tocarle la panza. Ella asiente y sonríe mostrándome los dientes. Su rostro se desfigura. Tiene algo de bruja, pero es por la nariz larga que cuando se ríe se le arruga un poco. En mi familia sonreír es una expresión poco usada y muy extraña. Yo tampoco sonrío mucho. Debe ser porque me parezco a mamá y eso no me gusta. Olivia me agarra la mano y la apoya sobre su vientre caliente. «Está dura» pienso, y se me escapa el pensamiento en voz alta. «¿Querés que se mueva?». Yo le respondo que sí y ella hace fuerza. Su cara se pone roja y las venas de la frente se le endurecen como las raíces de un árbol. Algo comienza a desperezarse lentamente en su útero. Es como un gusano que va de un lado a otro, inquieto. Pero ese gusano diminuto comienza a aumentar su tamaño hasta que la panza se deforma con movimientos ondulantes. Aparto la mano como cuando te da corriente. «Perdón, me dio impresión», me disculpo. Olivia me explica que no todas las panzas son iguales y que la suya es así, que no hay nada de malo. «Ya te va a tocar a vos» me dice, pellizcandome un cachete. Pero yo no quiero tener hijos. Un bebé es como un náufrago en el mar de tus propios fluidos. Mi mamá me dijo una vez que el parto duele tanto que muchas mujeres prefieren que les rajen la panza con un bisturí. La cicatriz me parece linda y espero que Olivia tenga a mi sobrino por cesárea así puedo tocarle la herida.

Después de tres meses, la panza de mi cuñada es una abominación de la naturaleza. Le cuesta caminar erguida, tiene la columna arqueada. Durante ese tiempo sufrió algunas hemorragias que para mi hermano son severas, pero para ella no. Renato nos cuenta que los coágulos se endurecen como semillas. Que lo peor son los cuerpos extraños. Mamá tuvo que preguntar dos veces a qué se refiere. «Restos de tejido, mamá. Cachos de carne. A veces acompañados con pelos, otras con dientes incrustados». Por la expresión que pone, sé lo que mamá piensa: «De a poco lo está perdiendo». No se lo dice a mi hermano, pero me lo cuenta a mí: «Ahora es el pelo o los dientes, pero vas a ver que después expulsa un dedito, luego un bracito… y así hasta vaciar el útero infértil que tiene». Renato le insistió para que vaya al médico, pero ella no aceptó. En todo este tiempo no vimos ni una ecografía. No sabemos si es nena o varón. Mamá jura que ese hijo es de otro y que por eso evita los controles. Renato confía en su mujer. Debe hacerlo si quiere tener un hijo. Al fin y al cabo, es ella quien lo lleva adentro. Yo no sé qué pensar. O sí. Ese bebé no va a nacer, como los anteriores.

A las cuatro de la mañana suena el teléfono. Alguien del otro lado llama insistente. Intuyo que no va a colgar hasta que atendamos. Me levanto medio dormida, apenas un ápice de luz entra por la ventana del comedor. Hay luna llena. Una luna que deja ver medio cuerpo por la cortina entrecorrida. «Hola… hola». Silencio seguido de una respiración entrecortada. «Romi…». Es la voz de Renato. Está agitado. Parece que llora. No alcanzo a entenderle más que mi nombre. Le sugiero que se calme, como si eso funcionara realmente. «Es O… Olivia» se escucha entre sollozos. De pronto el sonido de las pantuflas arrastrándose por el piso me distrae. Es mamá que se acerca haciendo gestos de pregunta. «¿Qué pasó con Olivia?». La llamada se corta. Alerto a mamá que tenemos que ir a la casa de mi hermano ahora mismo. Ella me mira y se frota los brazos por el frío: «Como sea alguna estupidez de esa víbora, la mato por despertarme a esta hora».

El taxi nos deja frente a la casa; una casa que nosotras ya no conocemos. Hace mucho tiempo dejamos de venir, sobre todo cuando mi hermano decidió convivir con Olivia. La fachada es diferente a como la recuerdo; la entrada está en penumbras y los yuyos crecen salvajes hasta cubrir media casa. Las luces del porche están dañadas. Los restos de vidrio todavía descansan en el suelo como una ofrenda a la oscuridad. Mamá avanza sigilosa por el costado de la casa. De pronto se detiene. Escucho sus arcadas antes de verla apoyada contra un árbol, vomitando lo poco que tiene en el estómago. «¿Estás bien?». No responde. Se limpia la boca y señala algo a unos metros: una bolsa de residuo a medio abrir. El olor es insoportable, pero instala una punzada de placer en mí. Mamá se cubre con el cuello de la campera. Agarro un palo para hurgar entre el plástico. «Es carne y está podrida, Romina. Dejá eso», sentencia mientras regresa a la entrada. No puedo irme. El palo vuela lejos y abro la bolsa con las manos desnudas. Los pedazos están ahí, sumergidos en una sopa de sangre. Sin que mamá se dé cuenta, me llevo un trozo a la boca. Es fibra pura, pero la descomposición le ha dado una textura amable, casi blanda. La sangre me empapa los labios. Muertos de amor, pienso.

Mamá me llama para que la ayude. Intenta abrir las persianas. «Es mejor golpear la puerta de una vez», sugiero. «Toc-toc». Nada del otro lado. Nos miramos, hay un silencio que nos obliga a pensar que la casa está deshabitada. Tanteo el picaporte. A lo mejor no le pusieron llave. «¡Eureka!», susurra mi madre cuando se abre la puerta. «Hijo, hijo». «Vamos a su habitación», encaro hacia el pasillo y me freno en seco. Me doy cuenta de que no sé con qué nos vamos a encontrar. Mis pasos ahora avanzan lentos, con el miedo propio de quien no sabe adónde va.

«Rena… ¿estás ahí?» apoyo la oreja contra la madera. Mamá me pellizca el brazo. Insiste en entrar. «Romi, pasá», alza la voz Renato. «Estoy acá con el bebé, ya nació». Mamá abre los ojos. Me empuja y entra desesperada. Renato está acostado en la cama y sostiene un bulto envuelto en una manta ensangrentada. Miro hacia una esquina y veo a Olivia tirada en el suelo. «Tuve que hacerlo», confiesa Renato y señala con la vista el cuchillo a su lado. Mi cuñada todavía tiene los ojos abiertos, pero no está despierta. De pronto siento algo pegajoso debajo de mis pies: es su sangre espesa mezclándose con la mugre de mis zapatillas. Qué pena. Algo tan rico no debería contaminarse, pienso. Olivia tiene un tajo en la parte inferior del abdomen. Renato no aguantó. No pudo seguir viendo cómo su bebé se iba con cada sangrado. Mamá sonríe cuando la ve. Con la criatura en brazos, Renato se levanta. «Miralo, mamá. Es hermoso», extiende sus brazos para que lo alce. «¿Es varón?», pregunta emocionada. Me olvido de la sangre y doy unos pasos adelante. Parada frente a mamá, espero que descubra la carita de mi sobrino. «¿Por qué no llora?», miro a mi hermano. Mamá desenvuelve la manta y deja caer al bebé cuando pega un grito que parte la noche en dos. El sonido del golpe es seco y desolador. La sangre nos salpica la cara como en las películas de miedo. «¿¡Qué es esa cosa!?» trastabilla y cae sentada, mientras observa una bola de tejido deforme sin ojos ni boca. «¡Es mi hijo!» responde Renato. Es la primera vez que le levanta la voz a nuestra madre. Y es la segunda vez que agarra el cuchillo. Mamá ya no grita.


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