Víctor David Manzo Ozeda
A Renata le salió un diente en la rodilla izquierda. Un molar, completo, con raíz. Atravesó la piel un lunes por la mañana mientras untaba margarina en un bolillo. Sintió el crujido antes de verlo. Bajó la vista. La rótula tenía una protuberancia blanca, del tamaño de un frijol gordo, con los bordes filosos y manchados de un poco de sangre aguada. Le dolió menos de lo que esperaba. Le dolió como duele un recuerdo que no pediste.
No fue al doctor. Limpió el diente con un algodón mojado en agua oxigenada, se puso unos pants holgados y se fue a trabajar. En el camión, la rodilla le palpitaba contra la tela. El diente crecía. Para cuando llegó a la oficina, ya sobresalía dos centímetros.
Renata tenía treinta y un años, un departamento de un cuarto en la colonia Doctores y un trabajo de capturista en una dependencia de gobierno donde nadie sabía exactamente qué se capturaba. Llenaba celdas en Excel ocho horas al día. Números de expedientes que no correspondían a ningún expediente. Nombres que se repetían cada tres filas. A veces, el mismo nombre ciento cuarenta veces seguidas. Nadie revisaba su trabajo. Nadie revisaba nada.
Su jefa, la licenciada Mondragón, tenía un escritorio pegado a la ventana y pasaba las tardes mirando el estacionamiento. Renata nunca la había visto escribir, firmar ni hablar por teléfono. La licenciada Mondragón existía en esa oficina del mismo modo en que existe un mueble que nadie se atreve a tirar.
El martes, un segundo diente. En la muñeca derecha. Más pequeño, incisivo amarillento. Salió sin sangre, limpio, empujando la piel hacia arriba hasta perforarla. Renata estaba tecleando. Escuchó el chasquido suave del tejido al romperse. Siguió tecleando. El diente rozaba el borde del teclado con cada pulsación.
El miércoles, le salieron cuatro más. Dos en el antebrazo izquierdo, uno en el esternón y uno debajo de la oreja. Los del antebrazo eran caninos. El del esternón, un premolar con una caries oscura que Renata no se explicaba: era un diente nuevo. ¿Nacía ya podrido? El de debajo de la oreja era diminuto, un diente de leche, blando, que se movía si lo tocaba con el dedo.
Fue al doctor el jueves porque el diente de la rodilla ya medía cinco centímetros y le impedía doblar la pierna. El doctor era un hombre joven con lentes de pasta y un consultorio que olía a pino sintético. Le pidió que se subiera el pantalón. Renata obedeció. El doctor miró el diente. Lo tocó. Lo movió. Sacó una radiografía portátil. La radiografía mostró la raíz hundiéndose en el hueso de la rótula, ramificándose y conectándose al fémur.
—Esto no se puede extraer —dijo el doctor.
—¿Por qué?
—Es parte de usted. Tiene irrigación sanguínea. Tiene nervio. Si lo arranco, le destruyo la rodilla.
Renata se bajó el pantalón. Preguntó si podía limarlo, al menos. El doctor dijo que sí, que podían limarlo. Lo limaron. El diente quedó plano, al ras de la piel, una superficie dura y blanca incrustada en la rótula. Parecía un botón de hueso.
Para el viernes tenía once dientes nuevos. Los contó en la regadera. Tres en el abdomen, formando un triángulo. Dos en la planta del pie izquierdo —caminar sobre ellos producía un repiqueteo contra las baldosas—. Uno en el párpado, tan pequeño que solo se notaba al tacto: un granito duro que le raspaba el dedo cuando se tallaba los ojos. Los otros estaban en la espalda. No podía verlos. Podía sentirlos contra el respaldo de la silla.
En la oficina, nadie dijo nada. Los dientes de los antebrazos ya asomaban por debajo de las mangas. Renata los cubría con curitas. Parecían verrugas. La licenciada Mondragón la miró desde su escritorio un momento largo y después volvió a mirar el estacionamiento.
El fin de semana, Renata dejó de contarlos. Le brotaban más rápido. La piel entre los dientes se tensaba, se volvía translúcida. Debajo se adivinaban más dientes esperando. Capas. Hileras apretadas. Una mandíbula que no era mandíbula, extendiéndose por todo el cuerpo. En la madrugada del sábado la despertó un crujido: los dientes de la espalda habían mordido la sábana y la habían rasgado. Quedaban tiras de tela entre las raíces.
Comer se volvió extraño. Tenía hambre, pero la boca le parecía insuficiente. Los dientes del abdomen salivaban. Los de la espalda castañeaban cuando abría el refrigerador. Los de los pies mordían el interior de los zapatos. Todo su cuerpo quería masticar.
El domingo en la noche metió la mano en una bolsa de cacahuates y la acercó al abdomen. Los dientes del abdomen trituraron los cacahuates. La piel de alrededor se tensó para hacer presión. No tenía lengua ahí, no tenía garganta, pero los cacahuates desaparecieron. Los dientes los deshicieron y la carne los absorbió. Renata se quedó mirando el triángulo de dientes del abdomen. Estaban limpios. Brillaban.
El lunes volvió al trabajo. Le costó sentarse. Los dientes de la espalda chocaban contra el respaldo y hacían un ruido de fichas de dominó. Se acomodó de lado. Tecleó los nombres. Los mismos nombres. Ciento cuarenta veces el mismo nombre. Los dientes de las muñecas golpeaban el escritorio con cada movimiento. Producían un ritmo. Renata empezó a escucharlo. Los dientes estaban marcando algo. No un ritmo arbitrario, sino un patrón. Una secuencia que se repetía cada ciento cuarenta pulsaciones.
Dejó de teclear. Escuchó.
Los dientes le estaban dictando algo. Golpeaban el escritorio y cada golpe era una letra. Renata sacó un cuaderno. Tradujo. Era lento. Los dientes repetían la secuencia con paciencia. La misma frase, una y otra vez, ciento cuarenta veces, igual que los nombres en el Excel.
La frase decía: ya casi terminas.
El martes, los dientes cubrían el ochenta por ciento de su cuerpo. Solo quedaba piel limpia en la cara, las palmas de las manos y la planta de un pie. Renata parecía un arrecife. Parecía algo que se encuentra en el fondo de una cueva y que los biólogos fotografían sin tocar.
Se miró en el espejo del baño. Los dientes de su cuerpo estaban alineados. Ya no brotaban al azar. Formaban filas, arcos e hileras concéntricas que rodeaban su torso, sus brazos y sus piernas. Era una dentadura. Su cuerpo entero se había convertido en una dentadura organizada alrededor de algo que no estaba ahí todavía.
Renata entendió: ella no era el cuerpo. Era la boca. Algo iba a comer a través de ella. Los dientes lo sabían desde el principio. La habían preparado.
Abrió la boca —la original, la de la cara— y lo que salió fue un sonido grave, largo, que no venía de sus cuerdas vocales. Venía de los dientes. Todos. Vibraban al unísono. El espejo se cuarteó. Las baldosas del baño se aflojaron. El sonido atravesó el piso y bajó.
Algo, abajo, respondió.
En la oficina, la licenciada Mondragón seguía mirando el estacionamiento. La silla de Renata estaba vacía. En la pantalla de su computadora, el Excel seguía abierto. La columna de nombres se llenaba sola. El mismo nombre, una y otra vez, hacia abajo, sin parar. Ciento cuarenta. Ciento cuarenta. Ciento cuarenta.
La licenciada Mondragón se rascó el codo. Debajo de la piel, algo duro le raspó la uña.





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