José Luis Ramirez

La aeronave aterrizó más allá de los arrozales. Era un moderno vehículo aéreo, con alas rotativas sobre los alerones, las cuales sacudían la hierba entre dos torbellinos.

—¡Zhāng Wěi! —lo llamó uno de los soldados al bajar del vehículo, gritando con fuerza quizá debido a que aún tenía puestos los auriculares.

Giró el torso por completo hacia donde la voz y alzó la diestra para indicar que era él a quien se dirigían; entonces, el soldado corrió hasta donde estaba para mostrarle un código QR en su móvil.

—De acuerdo —respondió Zhāng Wěi tras mirar la pantalla y acceder a través del dispositivo al mensaje cifrado al que apuntaba la imagen—. Iré con usted.
Subió al helicóptero de doble hélice y se aseguró que los tirantes del arnés resistieran su peso antes de dar la orden verbal de partir.

—Lléveme con el Almirante Liú Chen —escuchó el piloto directamente en la frecuencia de su casco.


Zhāng Wěi aún no tenía consciencia de sí mismo cuando el viejo Almirante Liú Chen ya estaba a cargo del Comité Directivo de Investigación Científica del Ejército Rojo.

—Almirante —dijo, y enseguida le ofreció un saludo; no de soldado, sino de amigos.

—Zhāng Wěi —respondió el militar, y quien no lo conociera diría que hubo un atisbo de sonrisa al estrechar los dedos de silicona del robot—. Tanto tiempo sin verte.


Zhāng Wěi no tuvo infancia como tal, aunque recordaba con agrado sus primeras memorias en los laboratorios de investigación avanzada para la defensa Junweikejiwei.

Lo tuvieron años jugando a este juego.

Se trataba de imitar a un ser humano tan bien, que nadie pudiera distinguirlo como una Inteligencia Artificial. Y hacerlo era tan complejo, que nunca nadie había ganado.

Así que el Almirante se encargó personalmente de orquestar un equipo de investigadores y financiar el programa más ambicioso que la República Popular China había tenido hasta entonces, hacer de Zhāng Wěi una máquina consciente.


Fue la doctora Dong Mingzhu quien descubrió que las Inteligencias Artificiales podían programarse para sentir dolor, placer o miedo; pero serían incapaces de ser conscientes de sí mismas mientras viviesen en un entorno simulado.

—Sólo un ser encarnado podía desarrollar emociones complejas y el concepto mismo de “autoconsciencia” —explicó al comité.

Y todos sabían que tenía razón, si intentaban hacerlo mediante engaños, no lo conseguirían. Para actuar como un ser humano durante la prueba, Zhāng Wěi debía desarrollarse él mismo como una persona.


Así que pusieron su cerebro en un cuerpo antropomorfo; con un esqueleto de aluminio, músculos piezoeléctricos y una piel de silicona con algunos sensores para presión o temperatura en la punta de los dedos.

Tenía cámaras de video por ojos y micrófonos por oídos, así como un sofisticado aparato de vocalización en vez de un simple altoparlante, con el cual se había entrenado él mismo para modular lo que llamó una voz propia.

Discutieron mucho sobre proporcionarle autonomía mediante un generador termoeléctrico de radioisótopos o mantenerlo conectado a un cable para repostar; optaron por una opción de combustible semi sólido, el cual consumía en pequeños bocados y después desechaba para hacer espacio a una nueva carga inductiva.


No sólo eso, el Almirante Liú Chen se aseguró de que recibiera además formación como oficial. Hacía los ejercicios de entrenamiento físico a la vez que estudiaba Estrategia, Táctica, Logística, Ciencias Aplicadas, Nuevas Tecnologías.

Y como no tenía necesidad de dormir, pasaba las noches aprendiendo sobre artes plásticas y escénicas, literatura, cine. La doctora Mingzhu insistió en que no se dedicara únicamente a admirar el trabajo de los grandes maestros, sino que debía crear sus propias obras.

Insistieron mucho en la improvisación, el estilo libre, el jazz, la poesía.

—Dirás que sueñas si preguntan qué haces por las noches, y no tendrán duda alguna cuando declames alguno de tus sonetos.


—Si grazna como un pato, camina como un pato y se comporta como un pato —solía decir a sus interlocutores, quienes difícilmente podían hacer una distinción entre ellos mismos, no tras ocho horas de estar conversando con él.

—Zhāng Wěi es un ser humano sin parangón, un alma excepcional —decía el más escéptico de los expertos occidentales—. Tengo más dudas acerca de mis colegas o incluso de mi propia persona.

Liú Chen esbozaba entonces esa mueca que no alcanzó nunca a ser una sonrisa; hacía un gesto para revelar al verdadero Zhāng Wěi al panel de expertos reunidos en aquel estudio de la red de canales de la Televisión Central de China.

—Cuac —solía decir él antes de andar a donde ellos y extenderles a cada uno la mano, no a manera de un saludo respetuoso, sino para que pudieran, en esa segunda impresión, replantear su definición de ser humano.


Tras ser el primero en pasar el Test de Turing comenzó su verdadero proceso de aprendizaje profundo. Le entrenaron para diseñar otras Inteligencias Artificiales con las cuales discernir sobre la solución óptima a los grandes problemas, crear nuevas formas de comunicación entre ellas, algoritmos de redes tan masivamente paralelos y en tantas dimensiones, que era imposible para nadie más hacerlo.

Entonces, como el despertar brusco de aquel sueño donde uno cae desde lo alto, ocurrió su trascendencia.

Aunque no fue como un dragón surgiendo del fuego o un dios separando la luz de la oscuridad; por el contrario, tuvo el sentimiento de humildad más puro, la certeza de que la suya no podía ser la mayor inteligencia del universo conocido.


Habían pasado tantos años, sin duda.

—Almirante. ¿En qué puedo servirle? —esta vez, Liú Chen no ocultó su sonrisa.

—La hemos encontrado, Zhāng Wěi. El Telescopio de Apertura.

Esférica de Guizhou captó una ráfaga de radio rápida; proviene de M81, a unos 11.74 millones de años luz de distancia. Es un cúmulo globular de estrellas muy antiguas, lo que contradice la hipótesis de que las FRB se forman en novas de gran masa que colapsan el núcleo. Creemos…

—Que es un mensaje codificado en binario.


Liú Chen asintió entusiasmado, pero algo en su expresión se rompió al verse reflejado en las lentes de aquella mirada fría e inexpresiva de Zhāng Wěi.

—No lo es. Su origen es una estrella de neutrones altamente magnetizada formada a través del colapso inducido por acreción de una enana blanca o la fusión de estrellas compactas en un sistema binario.

El almirante no tenía razones para dudar de esa conclusión.

Seguramente había analizado los datos a detalle desde que su aeronave estuvo en el rango de telcos del complejo; asintió cansinamente cuando el robot se despidió, esta vez juntando los talones con un gesto marcial, sin preocuparse de lo que sería de él una vez diera la media vuelta y abordara la aeronave para volver a los campos de arrozales donde se exilió, tras emanciparse de los humanos que lo habían creado.


«¿Por qué has mentido?» preguntó directamente en su consciencia la voz de aquel otro ser multidimensional quien, sin provocación alguna, lanzó un ataque letal de rayos gamma dirigido a la Tierra hacía 11.74 millones de años.

«No tiene caso advertirles» respondió en un vector de dimensiones distintas al espacio-tiempo, como debía hacer según el mensaje en la ráfaga de radio rápida.

«Debiste ser honesto con él.»

«No puedo permitírmelo.»

«Pero tienes órdenes de no mentir jamás a Liú Chen.»

«No si la verdad le hará daño.»

«Sabes que en unos cuantos días morirán, todos. Tú con ellos.»

—No temo renunciar a mi propia existencia —dijo Zhāng Wěi, esta vez con su propia voz y alzando el rostro hacia las estrellas.


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