Frank Armando
“Después de la tormenta, siempre viene la calma”. Ello siempre lo creía. Ello siempre lo esperaba.
Aquella noche pude corroborarlo por un momento, al sentir aquella profunda y reconfortante calma, luego de lo sucedido. Con los sonidos del silencio más envolventes y plácidos que alguna vez había podido escuchar. Miré por la ventana de la sala. A través de ella pude observar, en el cielo plutónico, una gran luna llena cabalgando sobre un par de nubecillas, rumbo a la Sierra Madre del Sur. Aquella hermosa vista, en medio de tan profuso silencio, no tardó en cautivar mis sentidos.
Pero al rato comencé a sentirme debilitado. Sabía que se acercaba el momento. Decidí sentarme en aquel sillón, al lado de la pequeña chimenea, justo frente a aquella ventana que me mostraba tan plácida vista. Allí comencé a percibir un sonido, rompiendo con sublimidad el silencio dominante. Era el suave crepitar de la leña encendida en la chimenea que me arrullaba con dulzura
Mientras aquella débil flama bailoteaba con candor ante mis ojos. Mis párpados se fueron tornando cada vez más pesados. Poco a poco se iban juntando. Llegó un instante en que me fue imposible evitarlo, muy a pesar que aquello no quería, pues, sabía que al dormirme invadirían mí mente aquellas imágenes, las imágenes de aquel perturbador sueño.
Comenzaba entonces a ver como aquella débil flama de la chimenea se iba haciendo cada vez más grande y turbia, transformándose al poco tiempo en descomunales hogueras, y multiplicándose hasta alcanzar media docena de ellas. Aquellas ahora grandes llamaradas se esmeraban por envolver algunas estacas clavadas de forma vertical en la tierra a cierta distancia de donde me encontraba. No tenía certeza de lo que mis ojos veían al momento, pero parecía observar, atadas en la parte superior de aquellas estacas, lo que creía ser figuras femeninas.
Muy de súbito, sentí una mano sobre mi hombro. Volteaba sorprendido, casi asustado.
—¡Debemos hacerlo! — oía decir a aquel hombre, con su mano sobre mí hombro. La impresión por aquello fue tanta que desperté, con algo de sobresalto.
Vi mis manos: Aun era yo el mismo infame ser. Aquel que había irrumpido en aquella humilde casa al pie de la colina. Traté de levantarme del sillón, pero me fue imposible: Era demasiado el cansancio que plagaba mi cuerpo. Tanto cansancio que mis párpados nuevamente volvieron a juntarse, sin nada poder hacer para evitarlo. Y en mi mente volvían a aparecer aquellas turbias imágenes.
—¡No perdamos más tiempo! —Se indicaba aquel hombre.
Vi mis manos, y ahora en ellas se exhibía, oronda, una antorcha encendida. Caí en cuenta entonces que yo formaba parte de aquel grupo de personas que condenaba a la hoguera a aquellas brujas amarradas en lo alto de las estacas.
—¡Por todos los Dioses! ¡Qué significa esto?
—No pude evitar sentirme abrumado por aquella inesperada visión. Y volví a despertar, con el mismo sobresalto que antes.
Me encontraba aún allí: sentado en el sofá. En aquel momento ya no era solamente el crepitar de la chimenea quien quebraba aquel profuso silencio. Ahora podía oír, al exterior de la casa, voces que se acercaban. Voces desconocidas, algo alteradas.
Aún sumido en mi letargo, dirigí la mirada hacia uno de mis costados, hacia la puerta de una de las habitaciones de aquella casa, era la habitación de la mujer que allí vivía. La puerta se encontraba entreabierta, dejando escapar algo de luz de su interior. Vi como también escapaba de aquella habitación un delgado hilo de sangre, desplazándose como serpiente por el pulido piso. Aquel hilo de sangre se desplazaba a ritmo lento hasta donde yo me encontraba. Quise obtener algunas respuestas, pero aquel letargo era aún insoslayable por mi debilitada voluntad. Y sin poder evitarlo volví a claudicar. Me vi caer nuevamente al fondo de aquel escenario turbio de ensueño.
Nuevamente allí, mientras más nos acercábamos a aquellas estacas abrasadas por las llamas, las criaturas que se encontraban atadas en estas, se retorcían con descomunal furia, sin parar de mirarnos con una espantosa expresión.
—¿Trajo Usted consigo su crucifijo? Si es así manténgalo sujeto muy fuertemente. Pues ¡estas son las brujas más poderosas! — Me indicó, a gritos sórdidos, aquel hombre.
Entonces yo miraba entre mi camisa, sobre mi pecho. Y aquel crucifijo que siempre traía conmigo, allí no se encontraba.
Levantaba la mirada hacia una de aquellas brujas, la que destacaba al frente, en la más elevada y gruesa estaca. A ella le veía sonreír con gran frivolidad, mientras se iba transformando en una criatura de aspecto infernal: más grande, más fuerte, más espantosa. Le veía romper los amarres que le sujetaban. Luego, ya libre, de un salto rápido y brutal llegaba hasta mí, golpeándome tan fuerte que me hacía perder el sentido.
Despertaba una vez más, con el sonido de la puerta principal de aquella casa rompiéndose en mil pedazos.
—¡Allí está la Bestia! — Gritaban enardecidos aquel gran número de personas armadas con robustos palos, estacas y afilados machetes.
Vi mis manos por última vez: Estaba aún en el proceso de transformación. Ya no era el Lobizón que aquella bruja me había condenado a ser; pero tampoco era el hombre que alguna vez fui. Me encontraba en la fase intermedia de la transformación. En la fase en que era el ser de aspecto más abominable y repugnante que el ser humano pueda imaginar.
Emití un gran e intimidante crujido, sabiendo que aquellos seres venían a acabar con mi miserable existencia, por las tantas muertes ocasionadas. Muerte como la de aquella mujer que yacía tendida, parcialmente descuartizada en el interior de la habitación. Me abalancé hacia ellos, con la poca fuerza que logré evocar aquel momento.
Pude sentir una vez más el tibio y embriagante sabor de la sangre fresca en mis fauces, los desgarradores gritos de algunas de aquellas personas inundando mis oídos mientras los desmembraba sin piedad. Allí comprobé que: “también en medio de las más tórridas tormentas, puede devenir muy súbitamente la calma”. Dirigí la mirada hacia mi pecho, donde en mi antigua condición de humano colgaba un crucifijo y ahora sentía una aguda punzada ¡Ahora allí se mostraba una gran estaca clavada!
Salté a través de aquella ventana (aquella que mostraba el bello paisaje plutónico) y corrí hacia lo alto de la colina. Mi fuerza animal me permitió avanzar mucho, muy a pesar que me encontraba perdiendo la vida. Abría nuevamente los ojos, pero ya no saliendo de aquel extraño sueño e ingresando a la realidad como antes: solo recobraba la consciencia por un breve y agónico instante. Ahora sentía la calma, luego de aquel último momento tormentoso. La calma eterna: Ya uno de los Terribles Lobizones de las tenebrosas montañas del sur no castigaría más a los aldeanos.






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