A Larry le encantaba Halloween, era la época del año en el que podía ser realmente él. En esas fechas dejaba de afeitarse y eso era realmente agradable. La comezón cesaba unos días, la irritación era en realidad una pesadilla que se esfumaba a finales de octubre.

Larry se paseaba por las calles a cualquier hora sin pena, con orgullo, y en ocasiones la gente le hacía cumplidos: ¡Qué gran disfraz! Eso le causaba gracia, la hipocresía de la gente era divertida, sólo a finales de octubre. El resto del año era mal visto y criticado, como si él hubiera decidido tener Hipertricosis. Y no sólo eran las críticas, sino lo afectivo lo que el resto del año era doloroso. Lo que en Halloween era un gran disfraz de hombre lobo, en marzo era algo asqueroso.

A sus veintitrés años Larry seguía sin una sola novia, cuando las mujeres se enteraban de su verdadera faceta simplemente se iban, tenía suerte si no eran groseras y se retiraban lentamente o en silencio. Había dado uno que otro beso, pero no había pasado a tercera base. Incluso en Halloween se reusaba a hacerlo. Las chicas se le acercaban, convivían y se tomaban fotos con él pensando que tenía un disfraz, si alguna intentaba ir más allá de un beso, Larry recurría al infalible dolor de estómago fantasma y desaparecía del lugar ¿Por qué? Porque al momento de quitarse la ropa y dejar al descubierto su cuerpo lleno de pelo, en ese momento en el que descubran que el disfraz no era disfraz, cualquier mujer lo rechazaría.

Eso pensaba, hasta que conoció a Denise en una fiesta de disfraces en un centro nocturno de la ciudad. Ella iba de mujer lobo, con una diadema con orejas peludas, con la nariz pintada de negro al igual que los labios, usaba ropas rasgadas y unos guantes de garras. Le colgaba cuna cola peluda por atrás, sujetada con un cinturón improvisado con una cuerda. Era una mujer delgada, de estatura baja y mucha energía, la misma que atrajo a Larry casi de inmediato.

La miró desde lejos, parecía bailar a cámara lenta, el pantalónrasgado en la pierna dejaba ver una piel morena y completamente suabe, parecía el lugar perfecto para morder. Movía la cintura con perfección, con movimientos fluidos, tenía el abdomen al descubierto y fue eso lo que terminó por enamorar a Larry. Decidió acercarse, con esa valentía que sólo tenía en esas fechas. Denise no fue la excepción, lo miró y de inmediato soltó el famoso “qué gran disfraz, parece tan real”.

Larry bailó con ella, la pasó bien, disfrutó la fiesta y la bebida, la compañía de Denise fue la mejor compañía que había tenido. En algún momento ella lo beso y fue el mejor beso que había experimentado, algo en el sabor, en la piel, algo en ese contacto era distinto, se sentía en el calor de su cuerpo, sobre todo en el calor de su entrepierna. Todo iba bien hasta que ella insinuó algo más, mientras estaban abrazados ella dijo—oye ¿y tienes casa sola?

Fue cuando Larry decidió que era momento de comenzar a fingir que le dolía el estómago, pero casi de inmediato Denise continuó—No finjas. Sé que no traes un disfraz—Larry la soltó, la miró sorprendido mientras ella sonreía—Nunca lo he hecho con alguien tan peludo.

Pero lamentablemente el miedo pudo más que todo lo demás, todo el calor y el cosquilleo, que el muslo desnudo, que el abdomen descubierto, pudo más que la sonrisa coqueta, los jeans apretados o el escote en el pecho. Y Larry corrió. Salió del lugar sin mirar atrás, se detuvo sólo al lado de la moto que en ocasiones le prestaba su hermano y comenzó a respirar con dificultad, y a lamentarse por su error. De inmediato supo que era un error, pero no se atrevió a volver. Se subió a la moto, listo para irse, pero se detuvo.

Habrán pasado un par de horas, debatiendo entre volver y buscar a Denise o irse a su casa aceptando que le había dado miedo perder la virginidad. Un par de horas hasta que vio salir a una mujer lobo, de baja estatura con la ropa rasgada de la mano de un vampiro insípido. El miedo de Larry se volvió otra cosa, algo entre coraje y frustración ¿Por qué ese hombre que ni si quiera le había puesto interés a su disfraz obtendría lo que él no pudo? Él debía estar en su lugar, de la mano de Denise.

Los vio entrar a un auto, un auto que de seguro era de él, comprado por él, por que a ese vampiro de seguro si le daban trabajo y no lo rechazaban por la hipertricosis. Los siguió, fueron hasta un hotel de mala muerte, y él entro con ella, de la mano, sin miedo y sin pena, con la seguridad que de seguro tendría todo aquel que nació normal, sin el dolor que la discriminación y la burla causa. Con su valentía. El vampiro obtendría algo que de seguro no iba a apreciar tanto como él lo haría, y todo por culpa de la inseguridad, la maldita inseguridad.

Larry bajo de la moto y los siguió, no tuvo problemas en saber cual habitación era, la voz de ella era inconfundible, se la había grabado como con martillo y cincel. Se quedó en la puerta, en medio de un pasillo vacío, escuchando risas, escuchando movimientos. Y todo se descontroló, fue el calor del cuerpo, el deseo, el imaginarse ahí dentro en lugar de ese estúpido vampiro… Larry golpeo la puerta con fuerza y en cuanto se asomó el rostro de un joven le soltó un golpe que le hizo caer al suelo, y ahí tumbado, Larry siguió golpeando. Pudo escuchar a Denise gritar aterrada—Suéltalo—Le gritaba.

Pero Larry no pensaba hacerle caso. Cuando el vampiro no se movía se puso de pie y fue a ella, dispuesto a quitarle lo ultimo de ropa que aún conservaba y saciar eso que, por puro miedo, no había conseguido. “De todos modos ya me lo habías ofrecido” pensó Larry mientras la obligaba a caer en la cama, mientras olía su cabello, su cuello, su pecho. Ese olor lo obligaba a continuar, no podía detenerse, no le interesaba detenerse.

—Detente, por favor. Animal—Le gritaba Denise entre forcejeos—Eres una bestia.

Bestia, siempre le habían dicho así, era la burla constante, esa maldita palabra. Pero esa noche ella tenía razón, esa noche si reflejaba lo que era, pero eso estaba bien, a la Larry le gustaba la idea, al fin, de ser esa bestia de la que siempre lo habían acusado.

Larry cual bestia sobre su presa, bajó la guardia. Excitado por ese instinto animal, Larry no notó cuando aquél estúpido vampiro se había vuelto a levantar. Tampoco sintió el cañón apuntando hacia su deforme cuerpo.

—No será una bala de plata, pero funcionará—le dijo el vampiro antes de accionar el gatillo.

Tal vez, si Larry hubiera sabido que aquél vampiro era hijo de un federal, tal vez esa noche, no se hubiera convertido en un animal, ni habría muerto como uno.


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